A media tarde contemplé cómo la luna
ahogó la espléndida luz solar de los kunas


Hace ya años que el viento de la monetización y el individualismo disolvente se encargaron de perturbar el régimen tradicional de solidaridad, a su compás unos y otros ganaron el alimento con mayor independencia de sus vecinos, y así el armazón social se agrietó aún un poco más. No obstante, a Luis Burgos no le convino, en aquellas circunstancias, transparentar la rajadura de su fe, ni poner en tela de juicio los fundamentos de la creencia, y acudió a la choza del congreso al igual que otro de allí; de esa manera, trata de evitar el encono de los demás que perjudicaría su negocio, puesto que a pesar de que el mundo atemporal de las deidades norma la vida temporal, los hábitos también en Nalunega se tejen sobre la urdimbre trenzada con las envidias y desconfianzas. En el cónclave se provee de forma a la ecuación del sitio de reunión y recinto de dirección: se discute del eclipse y se orienta su misterio. Oí a la mujer que cohabita con el guía Burgos murmurar con desdén de la conferencia en la que perseveran desde que escucharon lo que sucedería los originarios de la isla; y como las lacras florecen en la oscuridad, sus habladurías tomaron cuerpo algo después de que la noche comenzara su andadura. En la piel clara de esta hembra, releí el drama escrito en los encajes dolorosos del mestizaje desquiciado: Grisella es hija de un norteamericano del Canal y una kuna de San Blas -los dos apellidos que lleva son hispanos porque -me dijo- su padre no aceptó el lazo indio hereditario.
     En el calor del mediodía, nadé alegre en las aguas del color de la esmeralda que se acercan a la playa. Si me fuera factible, zambulliría el espíritu en la marea de símbolos de estos aborígenes. Ansío extraer de la arena bajo el océano y del fondo de sus pautas la significación más profunda que descifra las ambigüedades humanas. El kuna con patronímico de ciudad española se excusó de la imposibilidad de salir de excursión tras el almuerzo; la tensión prendida en el aire aconseja no abandonar tierra: advertí que la preocupación susurra refractaria a la dispersión. Todos -él aparentaba no incluirse- intuyen que no respetar el aviso divino es algo malo y pronostican que las canoas serían atacadas por los tiburones, serpientes y monstruos marinos: sus mentes y manos las observé atadas por las ordenanzas que dictan sus leyendas. Tendido en la orilla -libre todavía la estrella- cavilé en el paradigma del interés de la lucha que arranca del poder de unos tramados en la urgencia de otros por despejar su alarma, consideré cómo desapasionan la inquietud de los más simples ¿no descubrí acaso a los fuertes situados en la perspectiva de la fuerza del grupo? -inteligente maniobra de distracción que retrasa la desesperación más allá de que se consumara el suceso. Me es difícil reprimir el impulso de echar un vistazo a esos semejantes que llegan a gobernar a terceros, los distinguí al darse tono con un bastón dignatario enroscado por una culebra de madera. La pretensión que sustento no encaja en ningún momento con la ilusión de juzgar, aspiro solamente a estudiar los modos en su contexto común alterado por el fenómeno celeste; supongo que este pueblo bien unido por sus costumbres no requiere abogados que celebren sus desemejanzas ni detractores que estigmaticen su cultura con el epíteto de primitiva.
     Ya en la mañana, me inquietaron al desembarcar los desorbitados glóbulos oculares de Juan Amado Iglesias;  enrojecidos por el alcohol, sobresalen del rostro conforme forúnculos maduros, y juro que espantan. La mata enmarañada de cabellos apenas calla sus pensamientos sin tino y recuerdo sus roncas risotadas en el volumen de las carcajadas del maridaje de lo perverso y el ridículo. En la turbulencia del nieto de Luis, reconocí, en el punto en que el atardecer tocó a su término, al ateo de aldea que deifica la insurgencia ¿No es esta clase de rebeldía el movimiento compulsivo que promueve el aturdimiento por la anomia?, lo comparo con la cizaña que crece en cualquier huerto. En su actitud de resignación imitada, despojada de
ingenuidad, se nota que necesita con prontitud atribuir un sentido que aprehenda su permanencia en aquel entorno ¡con qué obstinación resiste el pacto alcanzado por su comunidad este transculturado! ¿Reformador?, su abuelo es restaurador ¿cuestión de edad?, ¿asunto de índole muscular? Ignorante de las consecuencias a causa de su juventud y por cosas del ron, no sabe a estas alturas que los modelos conductuales -aunque algunos parezcan estúpidos-, en conjunto, informan a cada cual en un medio que escapa a la comprensión, ¿por desgracia no oye rechinar el laborioso ritmo de la antinomia entre estabilidad y cambio? ¡Extraño animal el hombre que precisa captar su procedencia, la propia esencia y hacia dónde se encamina su descendencia si prefiere que no fracase su existencia! Para su colectividad, no tiene cabida ni provecho la opinión subjetiva que atentaría contra la autoridad y disgregaría la sociedad sino el enfoque objetivo exigido por la persistencia de sus estructuras.
     El sol no fue derrotado, ni siquiera acorralado; únicamente a los ojos consternados de las criaturas, la luna mantuvo oculta su pasión de orgía en luz. La experiencia de que no ocurrió la catástrofe promulgará la bondad deífica con los kunas; su gente sentirá que constituyen una nación predilecta de sus dioses -no están solos en el cosmos de la subsistencia inhóspita ¡Vieja zorrería de prostitutas gastadas en el vicio!, nadie declara la verdad de lo sobrevenido, simplemente utilizan y encauzan en su ventaja lo que recién acaeció; ¿a fin de cuentas, no resultó sólo un espejismo? Idéntico a una sonata, el acontecimiento impuso su planteamiento, los naturales se obligaron a seguir el curso de su peculiar complicación, y antes de que se cumpliera la jornada, el accidente luminar resolvió su anomalía indiferente a la recapitulación de las personas. El día inquieto agotó su excitación y vino el alborozo del próximo ¿no decretó paralelamente la evidencia el desenlace del rato de sombra en la tarde del escondite astral? Cierto que el impacto anímico ha sido de corta duración, pero conjeturo que el precipicio del trauma psicológico, inevitablemente, prolongará en el tiempo sus efectos; ¿hasta cuándo colgará de su razón esta conmoción?, concluirá en el instante en que la imaginación ahogue su ímpetu en lo familiar. Probablemente, la plácida confianza emocional se halle inmediata a un determinado alejamiento que nos emancipe del concurso de la oscilación continuada entre satisfacción y frustración. De la fragilidad del equilibrio entre la sujeción fijada y la periferia recorrida por el extremo del péndulo, no se deduce fatalmente su utopía.