El eclipse anunciado movió a desesperado
el ánimo de los kunas


A poco de aterrizar el pequeño avión de ANSA que nos trajo de la capital de Panamá, tuve que decidir en El Porvenir si seguir a Luis Burgos a su chamizo o acompañar al otro guía hasta su establecimiento de más categoría -en la cercana Wichubwuala desempeña sus tareas. Me agradó, a partir de ese instante, la calma deliberada y el porte franco que advertí en el ademán del más maduro, aunque atribuí entonces a la evidencia de sus pupilas colmadas por un brillo ingenuo el argumento definitivo que me impulsó a preferir sus servicios. Al recién llegado -no constituí una excepción- le impresionan el vigor y la armonía de los colores convocados en la vestimenta femenina, por encima del carácter pardo de sus chozas de material vegetal muerto; juro que hurtaré constantemente al descuido la visión del precioso traje de las kunas en su juego de conferir al ambiente, cargado con el verde del mar y el azul pendiente del cielo, el exotismo del rojo y el negro. Entusiasmó sobremanera mi ánimo el contemplar cómo las mujeres visten su andar con el gracioso gesto de hacer retomar al bello pañuelo azafrán la posición adecuada en su oscuro cabello, y quedé encantado mientras escuché sin descanso el suave murmullo del océano, que viene de lejos a recitar su eterna letanía del beso de ondas lamiendo la arena blanca ¿no fue erguido junto a la orilla de la diminuta Nalunega donde olfateé por primera vez aquí el aroma del salitre suspendido en el aire?
     El eclipse anunciado originó un rapto en masa en los nativos de San Blas; durante todo aquel día destacado me entretuve visitando sus poblados instalados en los islotes -los estimé agitados. Indudablemente, el fenómeno alteró en profundidad la actividad común de los indígenas, y el sobresalto ensombreció sus mentes previamente al tiempo fijado por los astrónomos para la alineación. Persuadidos de que su Dios Sol -Tab Ibe- no podría ofrecerles ayuda, temblaban por los grandes estragos y las horribles enfermedades que sobrevendrían; en cambio, a nadie, absolutamente a nadie noté que explicase la conexión de la anomalía en lo alto con las calamidades, simplemente las educían. En la conciencia de que no fui actor sino público, mantuve siempre alerta el sentido de la fascinación por sus modos recostados del lado de las tendencias del miedo que formulan sin recato y me atreví, únicamente, a poner un solo pie en su estructura. Citan a las fuerzas recónditas que traen el Mal con la intención de llegar a un acuerdo con su despotismo -se proponen contrarrestar la violencia centrífuga del temor-; no ignoran que la gravedad de los síntomas superficiales guarda una relación estrecha con la intensidad de la crisis que subyace. La desazón producida por el desgraciado encaramiento en el espacio alentó en el inicio la devoción y luego transformó su genio en exigencia centrípeta de cohesión; demandó concurrencia a la razón, y la emoción asimismo sucumbió: la práctica humana se organizó y garantizó desde que lograron reforzar sus vínculos en el ritual de la reunión del Congreso.
     En Carti Suitupu, también percibí que el estremecimiento inducido por el acontecimiento había provocado un brete en las pautas de sus gentes similar al que presentí en el trozo firme donde habito rodeado de un horizonte sin fin; y como allí, tampoco determinó la dirección en que debía evolucionar la inestabilidad. La inquietante situación corrió la máscara que oculta de ordinario el ángulo patológico del pensamiento ¡Uffff...!, ¡qué tufo!, ¿quizá pretendan resolver su angustia por la senda del pánico sin retorno?, ¿la destrucción salvaje?, ¿en el abismo que se opina innegable? La excitación es un vino nuevo pero ¿es preciso apelar a la memoria?, ¿no se reconoce, sin ambages, que el odre que contiene el orden es muy antiguo?; fue  la jerarquía, el perno sujetador de la dislocación, quien sostuvo inconmovible el linde entre orientación y anarquía. Útil prestación de la vocación de mando que sustentó el dique que frena a los irreflexivos y encauza a los desinformados -la cáscara de inteligencia simulada salvó la locura espantada. Próxima a la costa, una vieja, auxiliada por un joven, abría huecos con un azadón en la tierra apisonada, atesora frutas de sabdu decoradas con trazos de pintura rojiza -son centinelas que cierran el paso a los soplos dañinos- y supone que la validez de esta magia es irrefutable. Les pedí una y me regalaron el recuerdo sin adornos -no conviene que los espíritus salgan de su territorio, responden-; depositaron el obsequio en el suelo porque cuentan con que no es prudente traspasarlo inmediatamente de mano a mano -interrumpen así la transmisión del hechizo, y es obvio que no desean obrarme perjuicio. Resolví la perplejidad con una reflexión acerca de la neblina tras la que desaparece el arraigo cuando caen marchitos los principios que soportan el delicado andamiaje de los conceptos e idealizaciones de los individuos. Es incuestionable que los símbolos verdaderamente simbolizan, y efectivamente expresan significaciones, pero sin engaños... ¿cómo lo operan?; no lo sé, en cualquier caso, la fragilidad está a cubierto por la costra de su fe.
     ¿Les rendiría algún provecho el favor de quebrar aquellas figuraciones?, no presumí oportuno meter la nariz en esas remotas provincias del alma. Ciertamente, los afectos y críticas personales corrigen la atmósfera colgada de las largas tertulias al acabar las tardes en la Casa Comunal, e igualmente es seguro que la escala política y de clase señala el incentivo del prestigio -se repara en las preferencias de los asientos que ocupan; pero es su religión la que se encarga de completar y terminar de modelar la disciplina. ¿El hombre ha de creer aún antes de comprender?, ¿no es acaso un tremendo salto sin análisis en el vacío?, -desesperado riesgo en el encuentro ¿Cuál será su asidero en ocasión de extravío por la entrega? No juzgo la vida una representación teatral digna sólo de observación; al contrario, la confirmo una manifestación existencial -con trabajo, la perspectiva cultural vence a la predisposición biológica y a la imposición social-; sin embargo, confieso, sinceramente, que mi interés es mayor por el curso que toman las consecuencias de las resonancias conductuales que por las fuentes de los porqués. En ningún momento perdí de la mira la sutil diferenciación de doble cabeza: estilo y grado de la educación; no en vano he entendido con suficiente claridad que componemos una especie politípica. Incuestionablemente, la percepción de la realidad que sus signos y los míos construyen es distinta -imagino que cada uno de nosotros la tasa menos fuera del yo que dentro de él-; por esa consideración insisto en que si se llegase a desvitalizar el fondo de ojos, nos convertiríamos en animales de vitrina, disecados.