La Universidad duele


Considero indispensables las garantías individuales, el arbitrio equilibrado de los conflictos y el mantenimiento de la seguridad de cada cual; ¿que por qué doy tanta importancia a unos hechos aislados?, ¡endiablada argucia facciosa!, porque con demasiada frecuencia la transgresión del derecho imprescriptible que asiste a una sola persona -incluso el de rebelarse frente a un atropello- constituye el prólogo del insolente atentado impune contra el resto -cuestión bien notoria de simple oportunidad. La falta de imparcialidad en las autoridades origina de forma ineludible un ambiente de auténtica incertidumbre e incomodidad donde los saludables choques de una convivencia académica jamás tendrían que haber rebasado el plano de la sensatez característica del saber -permanecer en pie a costa de adhesiones inquebrantables no mide ningún grado del conocimiento que se calcula. La situación irrespirable favorece a que los perjudicados, hartos de la desigualdad, descubran que el engaño metódico, la grosera bellaquería y el abuso de violentar la frontera del buen criterio componen el Norte; a lo peor esta gente abandona el sano camino de reclamar, toma por su cuenta los privilegios de la camarilla que mangonea y con ella precipitan el culo en los lodos hediondos ¿La historia?, una mujer que los siglos preñaron en toda esa suerte de casos; un cierto poder ejecutivo pasa entonces de los órganos presuntamente responsables a las manos de cualquier juez de sus causas particulares o vengador del vil castigo que padeció. Por culpa de no imponer cordura a tiempo para acabar con el endemoniado ciclo, unos pocos decidieron buscar asilo en los tribunales y del éxito cabe imaginar que la cola de peregrinos irá en aumento -unos y otros necesitan fármacos que combatan el atroz dolor de cabeza. Debido a que antepongo la prescripción de Locke a la de Hobbes, apuesto por la coexistencia pacífica en lugar de prolongar una pelea irracional; no conviene avergonzar con la moneda de las promociones dudosas una marcha normal, tampoco tratar la perspectiva futura de cargos como un asunto de beneficencia, ora tú y ahora tú -soborno y espuela, ¡malditas conductas viciosas!-; creo mejor dejar de lado rápidamente la bochornosa zafra de voluntades que convierte a trabajadores ejemplares en cómplices vulgares -¡adviértase que guardan reverencia mientras sacan provecho propio!, ¡ay por los recursos presupuestarios que tornaran escasos!, crecerían los desgarros. Y es que si prima regir con la tiranía del voto -traidor disfraz de la democracia- el número esconde la horrible cochambre de las vivezas que empleó en conseguir su objetivo ¡Vuélvase al consenso primero y sincero de cuantos participaron en que fuera posible la Institución! ¿Cómo ocurre que con tal abundancia de ciegos nadie vea la ruina del país?, la crisis entre gobierno y sociedad hasta ayer exclusivamente ética devino ya en debacle generalizada, ¿los astutos preferirán quizá las alegrías sofocantes de las prostitutas y ganar a río revuelto alguna pendejada? Recuérdese el viejo proverbio castellano "cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto".