¡Nadie es perfecto!...
unos más que otros


Me asombra la eficacia con que los granujas de la política reavivan día a día el pesar del desánimo: acallan una voz en medio del griterío sordo de la gente aquí y motivan allí el discurso de un sicario en mitad de una multitud indecisa. Hurgan bolsillos honestos y saldan con los felones de oficio su obediencia bastarda. Continuamente estigmatizan a los que no proceden conforme a sus criterios -dominan el torcido mecanismo para obligarles a la dependencia. Fomentan el que la ley no disponga de suficiente consideración en el solar patrio y cargan a la ciudadanía con las cadenas del descaro más impune -¡amigo mío!, ellos amos incondicionales de la situación, tú y yo cautivos. Ya en tiempo de los egipcios llamaron filetas a los ladrones que simulando abrazar estrangulaban, ¡Dios mío qué asfixia crónica padecemos todos ahora!, creo en que el espíritu del pueblo forzará la garganta antes de perder el buen juicio por falta de oxigeno.
     El desencanto sucedió al cansancio, ¿en qué remoto rincón de los sueños embarrancarían estos miserables la esperanza necesaria? Sus cabronadas generan en la mayoría apatía e inhibición, en unos pocos despiertan indignación y en escogidos provocan la sana rebelión. El cuerpo entero me pide a cántaros arrearles puntapiés en la diana del trasero; ¿cómo explicarlo?, en esos momentos me acuerdo de las tremendas ganas que sentí durante la niñez de golpear la espalda del atrabanco con que acababa de tropezar. Afortunadamente, cada vez engañan a algunos menos: la rígida cáscara del desplante permanente no logra esconder un interior en avanzado grado de corrupción. Escuché que la memoria histórica actúa siempre de fiscal; con certeza ¿qué ocurrió?, ¿la mandaron a casa en excedencia?; cualquier pelafustán campea por sus respetos, germina de nuevo la semilla pútrida de los compromisos quebrantados y la minoría reinante apesta irreversiblemente a carroña.
     A menudo, los eternos majaderos recurren a la sofistería perversa con apariencia exculpatoria de "¡nadie es perfecto!"; entonces les replico -serio por fuera y lleno de risa amarga por dentro- "hombre sí... unos más que otros"; a sus persistentes insistencias histéricas de "¿acaso equivocamos el rumbo?", les oriento "por ahí, el camino llega a las letrinas" -igual que las pastillas de jabón se gastan nadando en la porquería. Los ineptos meten la pata hasta el fondo y de cuajo cortan el pie a los testigos, ¿en los próximos años quiénes circularán por el país sin muletas? ¿Y cuando descubran que no disparan más que ideas estériles?, ¿segarán cabezas a barlovento y sotavento?, no, en absoluto quiero pertenecer al jodido cortejo de "a lo mejor cojo y a lo peor decapitado".
     Los demagogos zamacucos que maniobran con las ilusiones desprovistas de malicia andan cerca de pagar caro el infausto desatino de pretender ser más listos que el resto, ¿olvidaron que en los dientes del diabólico engranaje de las cosas torpes también quedan atrapados los más tramposos relojeros? Diría que alumbran, e incluso que deslumbran, aunque... es bien sabido que los tristes soles de invierno no calientan. Por tanta santa paciencia rota no podrán acusar del fin brusco que sobrevenga a la descomposición de su penoso régimen -cuento demasiadas las insoportables infamias que cimentan sus éxitos y opino que ni siquiera una sola debió producirse. Nada hace pensar que el tiro de gracia a un estado terminal de tales proporciones configure un crimen. Oí que los héroes sudan sangre... ¿qué nombre darles si de sus poros no manan sino coágulos?