Aquel que se atreva
a mirar de frente al silencio de Jerash,
escuchará los pasos del tiempo


El Arco de Triunfo fue lo primero que divisé al agotar la distancia con que la geografía me separa de Amman... ¡y pensar que en la fecha de su obra el genio graduó la cumbre del memorial al doble de la actual! Eché a un lado los bártulos de viaje y toda la paz que traje; me senté en mitad del espectacular foro, y despacio enclaustré la mirada en la amplia dimensión interior de su extraña planta oval. Repetidamente, acompañé la huida del embaldosado a la periferia y su regreso a mis pies; después permití que las pupilas siguiesen el frágil rasgo de la cornisa que las magistrales columnas sustentan en el aire alrededor mío ¿Forjaría su amaneramiento la exigencia de una determinada característica del suelo, o quizá un inmueble ordenado previamente a su construcción? En verdad, casi nada debían importarme tales consideraciones, ¿acaso no se acallaron pronto?, tan rápidamente como me percaté de que el recinto abierto a un cielo inmaculado compuso el centro de una concepción urbanística cuyo propósito consistió en articular el temperamento del conjunto. En el adiós a los desiertos, al venir de Mesopotamia, los hombres levantaron la magia de Jerash, y en esa tórrida comarca las mujeres mezclaron su piel con el aspecto de la cera, ¡con qué garbo tocaron sus cabezas!, la gracia de sus pañuelos emula la luz que lucen las mañanas en estos parajes. Giré la atención hacia el Oeste e imaginé a la mítica Cesárea, ¿más allá no registran los mapas la salida al Mediterráneo?, nadie, nadie con su sano criterio se atrevería a dudar del privilegio de la posición.
     En ningún momento me dio la impresión de deambular por un pasado caravanero, ¿dónde se hallarían los grandes depósitos necesarios para almacenar las mercancías más exóticas? Los habitantes decidieron solventar su nutrición con los cultivos de cereales -las principales rutas comerciales de la antigüedad no incluyeron a la localidad vecina de las arenas. A pesar de la temperatura agobiante, subí la expectación que siempre llevo dentro a una vista sobrecogedora; allí regocijé la pasión por los espacios seductores que muerde continuamente mis entrañas en una vastedad monumental, reparé en que el perfecto diseño de las avenidas cuenta con el curso del río y, luego de sobrevolar con los ojos la descomunal voluntad desplegada, plegué las alas de mi alma encima del inusitado verde prendido en sus fértiles colinas ¿Y los imponentes edificios?, al parecer, con la riqueza que procuraron los nabateos florecieron sus fábricas, pero cualquiera atribuiría la responsabilidad de que el prodigio se hiciera inolvidable a su rigurosa y palmaria huella romana -disciplina caprichosa, hija de la historia. Hablo así porque el prescindir de las circunstancias que posibilitaron la textura de piedra que admiro hoy, y desestimar el fin que sugirió el gigantesco empeño, declaran captar de la particular maravilla únicamente su perfil más vago y abstracto, ¿en qué lugar quedaría entonces mi vocación por abarcar lo esencial?
     El día que descubrí aquel rincón del Medio Oriente certifiqué que en cuantas oportunidades la fantasía cautiva al artista, lo que un profano calificaría de informe y crudo toma resueltamente posesión de la belleza, ¿significan las manos humanas mucho más que simples instrumentos? Supe que en las cercanías vivió mi semejante del Neolítico, y en un corto descuido de lo real -¡con qué facilidad se extravía la mente en el país de los espejismos!-, creí adivinar la tremenda revolución que alumbró la sociedad sedentaria, ¿no me inspiraría la clara dedicación que intuí a su fecunda agricultura?, me conmueve intensamente el fondo de nuestra epopeya -por fortuna, no padezco del aturdimiento que a algunos ocasiona el pretérito insondable. El célebre vástago de Olimpias elevó al cénit la notoriedad del enclave, ¿estiman que me refiero con demasiada frecuencia a Alejandro?, ¿qué culpa tengo de encontrarme en estas tierras una y otra vez con ese que llaman el Magno? Leí que Pompeyo también arrimó el hombro y cogió del brazo a la Decápolis; Adriano disfrutó de su estancia, ¿preferiría en su intimidad a Palmira? El peso excesivo de la invasión de los persas, la conquista musulmana y una serie de cataclismos acabaron por reducir la población a un testimonio de la misma -hasta los comienzos del presente siglo el océano amarillo guardó a la ciudad en los sótanos de su abdomen.
     ¡Qué común siento ya la factura de las iglesias fundadas con elementos de templos paganos!, las nuevas directrices se visten con viejos ropajes, a ambos los juzgo harapos irreverentes. Confieso que me emocionaron la profundidad y el trazado lineal de la marca milenaria que las ruedas de los carruajes dejaron en la Via Colonnata -en vano intenté medir con mis pasos el tamaño de la nostalgia. A duras penas resistí el silencio delante del ninfeo, y es que no pude oír el sonido de las cascadas que alimentaron el estanque emplazado en el piso bajo -irremediablemente, la fiesta del agua pertenece al tiempo concluido. Cavilé en la sutil extravagancia que advertí al inicio de la caminata, ¿las hojas de acanto excarceladas de los capiteles?, ¿qué impulsó al arquitecto a esculpir el adorno, propio de la parte superior, en la base? Durante un rato a solas conmigo erigí con los materiales secretos de la ilusión -ligerezas del viento- una torre a la altura a que los dioses colocaron la inteligencia; contemplé el mundo de ahí abajo y me tentó el vértigo al examinar las cicatrices del enorme esfuerzo abandonado al reloj de las épocas. En la redondez del planeta existe una multitud de sitios en los que el talento produjo auténticos asombros; enterarme de su ubicación, estudiarlos, llegar y refugiar en ellos mis reflexiones constituye, desde bastantes años atrás, una faceta que destaco de la aventura que emprendí en pos de mí. Y aunque admito que muy pocos alcanzan a comprender su desconcertante destino, reconozco que el acto de aproximar una pizca de razón a los epicentros de la confusión, provoca en quien mantiene encendida la lámpara del buen sentido un cierto deleite que vigoriza su espíritu.