Una piel blanca se tuesta por amor
al sol de Petra


Una violenta sacudida partió en dos la enorme roca a lo largo de casi dos kilómetros; las caprichosas figuras que jalonan el angosto y hondo desfiladero trepan por ambos lados a la descubierta y convierten el raso en una accidentada tira azul; desde luego, no quisiera jamás olvidar por nada el característico sonido de las herraduras de los caballos contra los callaos -nos acompañó fielmente durante la marcha entera ¿Tal situación no quiebra por momentos los ánimos de cualquiera por continuar adelante?, el último impulso lo recogí con cuidado de la curiosidad por comprobar lo estudiado antes del viaje: lo encontré más allá del sobrecogedor recodo tras el cual se abre la garganta a la fachada del templo ¡Con qué magnífica soberbia cincelaron los nabateos sus monumentos veinte siglos atrás!; si la urna que corona el pabellón central la percibí más destrozada que los otros elementos arquitectónicos, se explica por los disparos de fusil con que los beduinos la apuntaron ¿el afán?, vaciarla de la fortuna amarilla que suponían. La capital de los camelleros de entonces fundamenta un lugar propicio a la leyenda ¿no tutela acaso los tesoros que los faraones autorizaron a enterrar?, nadie da señales de saber el sitio cierto, aunque todos los que merodean la osadía de piedra presumen de que las riquezas escondidas les pertenecen; y... ¿por qué diablos El Castillo de la Doncella es el privilegiado resto elevado por la mano humana que aún perdura erguido?, ¿aguardará todavía la joven el ansiado regreso de su padre que reinó en el Nilo al ordenar su construcción?
     Hundido en El Valle de Moisés noté que las montañas desnudas clavadas en el cielo constituyen la mortaja de la ciudad esculpida comentada por Plinio en la antigüedad. Eché un vistazo a una altura más próxima a mi estatura y lo que distinguí imperturbable fue la hechura original afectada por los milenios -llevo, a partir de ese instante, grabada en mi mente la colección más grata de columnas, frisos y volutas talladas. Sentí que el viento soplaba perezoso mientras recorrí fascinado los maravillosos frontis; a ratos, alivié el calor en las escasas sombras donde el aire descansa de su ardor ¡cómo me entusiasmó la elegancia de los jinetes en sus evoluciones ecuestres!, ¿ejecutan funciones de vigilancia?, confieso que me cautivaron las engalanaduras del tono de la sangre con que adornan sus monturas -compré unos fragmentos raídos, y a la vuelta, en mi casa de Telde, compuse a trozos un tapiz que colgué sobrepasado el zaguán. La diáfana transparencia exterior muda poco a poco adentro a la alucinación que motiva la ceremonia de los jirones sinuosos estampados en la arenisca con la brocha mojada en pastel y madreperla -orquestación de la geología reparable en las vetas ¿Y el agua?, no recuerdo río ni regato que llamara la atención ¿la traían exclusivamente de los arroyos de afuera por la acequia que advertí en la entrada de esta fantasía?, intrigado leí que el secreto lo escribieron horadando un complejo laberinto de galerías y aljibes entrecruzado bajo tierra -juntaron así las breves lluvias torrenciales de primavera y las del invierno.
     El espectáculo extraordinario de las innumerables cámaras equivoca fácilmente al inoportuno que considera únicamente el espacio, por colosal que parezca al individuo culto lo estima una perspectiva coja: el fisgón idea al ámbito ser un asombroso recinto de muertos -¡cuánta distancia le separa de la auténtica realidad! Las imágenes sin tiempo -derrotadas del tiempo al polvo de la historia del silencio- obligan al observador que cuenta con lo ocurrido contado a auscultar la dirección del murmullo, dilatado por los años sumados a los años, de las voces árabes, egipcias, mesopotámicas y chinas mercando en los pórticos; los domadores del desierto persuadieron al mundo que aquel punto geográfico resultaba una articulación primordial entre Siria y el Mar Rojo; el interés por anudar -bienvivían con los impuestos y el pago de sus servicios- ató también al Golfo Pérsico con el Mediterráneo -por allí pasaron el oro, el incienso y las sedas de India hasta que los romanos desviaron a Palmira su importancia caravanera. El demonio cobró el agravio del abandono con el milagro del retorno de lo obrado a la forma bruta de la que el hombre lo extrajo con una facultad irrepetible. Dejo constancia de que el sueño del conjunto tomó posesión de mi razón, e incorporé a mi intelecto la doble dimensión con que gozo plenamente de las circunstancias en cada presente; y juro que no caerá en saco roto la humildad que aprendí frente a la genial herencia.
     Paseo mi soledad por la otrora calle principal, absorto en el hechizo de la orografía extravagante; en un descuido del ensimismamiento divisé en la cima de enfrente la reliquia de una fortificación edificada por los cruzados -al retirarse nuestra fe, los europeos perdimos las coordenadas de Petra. Reconocí en los ojos verdes y la piel blanca quemada por el sol a la mujer de Nueva Zelanda de la que oí hablar: llegó con un grupo organizado y sucumbió a los encantos de un varón de aquí; ajustó su existencia al modo musulmán y nutrió con tres hermosos vástagos al Islam ¿no los contemplé jugar alrededor de la madre al tanto que ella vendía su variada artesanía menor?, el guía jordano tituló al pequeño toldo con mostrador "la tienda del flechazo", contiene una fuerza enraizada en el amor cuya magnitud no desmerece con el ímpetu del entorno. De vez en cuando, mis pupilas algo cansadas a la hora del mediodía por la audacia de los dioses y el valor de sus criaturas se empeñan en seguir el antojo divino del extravío a la grupa de los oleajes del color; las filigranas de la luz en los peñascos labrados revolotean en mi memoria a la par que los preciosos pareos de Madrás -no me cupo dudarlo nunca, expresan el esplendor de los crepúsculos que disfruté a la orilla del Índico-; en los parajes en los que me hallo ahora, experimento la extraña impresión de que la naturaleza desempeña, además de su papel, el de una increíble pintora -ya muy anciana- que trabaja sobre un lienzo áspero.