¿Es extraño sentir la saudade en India?


La lluvia torrencial -cascada tropical- halla coladeros por las hendiduras que el orín venció en el viejo auto. Somos retén de espera a las puertas del aeropuerto por culpa de que un pasajero complete el vehículo -colectivización del transporte individual-; por fin aparece una excesiva estatura humana de sobrado peso que obliga a un reasentamiento de los que aguardamos tal acontecimiento -necesidad de la búsqueda del equilibrio newtoniano. Emprendemos la marcha, el único equipaje a la grupa del coche es del recién llegado; amortigua el estrépito del chaparrón en la chapa -el sonido que se oye es de choque y de su penetración en el cuero. Las observaciones y protestas del propietario dejan indiferente al taxista -los demás callamos sonriendo en silencio. El gigante es el primero en apearse y el chófer afloja pronto el freno ¡Qué listo!, consigue evitar las últimas maldiciones del pericón iracundo ¿no resulta lamentable contemplar su maletín mudado a surtidor en la acera?, los empleados de la fonda lo ojean de reojo porque moja la entrada.
     Recorrer Goa es franquear el paso por sus soportales, se impone esconder el paraguas y sortear alegremente las chorreras distraídas de su cañería original. Su carácter es jovial, tiene un aire quizá menos tenso que otras. En la fantástica fuente de piedra, todos llenan sus recipientes cada mañana y se remojan, los cuervos componen con su canto un clima que descuida el pesar -aquí, solamente aquí no es llanto. Como el puente aún no está concluido, un transbordador continuamente acerca las márgenes; y si alguien no sabe en qué entretenerse, cruza el Mandovi en la plataforma flotante de una orilla a la opuesta -son gratis la ida y el regreso. El espectáculo es un fascinante flujo de personas que salva el caudal formidable ¿Se dirigen a algún lugar estos seres?, me entusiasma ese tránsito ininterrumpido -subida y salida de gentes. La magia erguida y muda acecha el próximo atraque -no importa a qué lado-; la anchura no es frontera, sino cabalgadura líquida entre riberas. Pocos buques lo navegan ya, se evaporaron definitivamente sus fechas esplendorosas de comercio incesante -cedió su consideración a Bombay ¿No descubren los portugueses y entregan sus mejores hijos?, los ingleses reciben el premio y tratan el negocio.
     Un barquito remonta al atardecer la afluencia, en la cubierta agradecemos el frescor de la brisa y la fiesta del sol que baña su oro en la abundancia húmeda. De su vientre, de abajo, se anuncian fados, son recuerdos gozosos de la colonia, de épocas gastadas. Los indios se disfrazan de lusitanos y entonan sus ajenas melancolías -las de sus conquistadores huidos. Ondula en la atmósfera algazara y libertad ¿qué se le pide a la melodía?, el ambiente. Se arruinó la furia que los persuadió, revestida con el nombre hipócrita de civilización -de su fuga quedó la nostalgia. Ropas y diluvios monzónicas, letras y músicas de lejos ¡qué rara combinación de armonías desemejantes! Brasil asiático. Del Oeste, el ritmo y la saudade. Del Este, la raza y el colorido vuelto luz.
     ¿No es verdad que el olvido arropa lo desaparecido con el verde follaje intrincado?, ¿y si no, por qué la vegetación exuberante ciñe los despojos de aquel templo cristiano a las afueras de Velha Goa? -la Goa de antes del horror sanitario que precisó la evacuación. La obsesión dorada tiñe de amarillo el transcurso de los momentos, la riqueza traída fue arrancada a despedazos cárnicos de los africanos sometidos. La piel negra, cuando se torna roja por el látigo oportuno, es el envoltorio apropiado del codiciado metal de opulencia -magnificencia en la oración de hombres aceitunados, también violentados. No está muy retirada la Bella de la nueva población -distan más en el tiempo- ¡cuánta agitada actividad circuló en estos centros del poder político y eclesiástico! Desde el interior y a favor de la corriente, se alinea la fundación porticada; peldaños arriba se afronta la fachada de una gran Iglesia -La Concepción-, y más alto el Altinho -zona residencial de entonces, hoy bancarrota que se hunde. Medito seducido mientras aprecio la suntuosidad de los monumentos que jalonan su historia, la especial aptitud que se les nota; ¡cómo crean el encanto!, la decadencia inexorable me arrastra irremisiblemente a una impresión de derrota.
     Al término del trayecto, el muro que protege el cauce de la invasión de la ciudad y al ciudadano de sus salpicaduras cambia a balaustrada añosa -le faltan piezas, pero es hermosa-; la urdimbre musgosa agasaja la mirada y oculta trozos de río y de arena. En su dorso desaliñado, se apoyan las palmas en brazos extendidos o se refugian los codos que sostienen pensamientos dilatados -recoge entendimientos y acoge sentimientos. En el encuentro de aguas, el empuje dulce triunfa en su abrazo al mar contra la escalada de la sal disuelta; los dos sabores extremos arremolinan su hallazgo en lucha desesperada. Es irremediable: subordina el salitre a su existencia de avenida en gravitación atendida. La expansión es enorme, de bordes que se reputan conducentes a océanos en oleajes de soberbia ¿Debemos deshacer en un determinado instante de la vida el gusto en la tristeza agria para lograr la soledad carente de metas? De pie en la calle, una hembra guapa y elegante con un precioso sari  -de azul dominante-, abre sus piernas rectas y resbala la orina -manantial íntimo, en bajada.
     El microbús parte a su hora del hotel Fidalgo, corre veloz, abandona a la de ahora y a la antigua capital. Discurre por carreteras de asfalto sumergido -impertinencia del curso que no juzga caminos ni límites -su ley parece constituirla el nivel. Un pinchazo en cualquier rincón arracima curiosos -no comprendo de dónde surgen-, incluso en aquel paraje en medio del campo -convaleciente de tierras inundadas- ayudan y luego se desvanecen -misteriosamente se citan y sin apercibirnos se van. Dos jóvenes italianos comentan tímidamente su arribo de hace sólo tres días al país, por la ansiedad con que se comportan expresan desasosiego y ganas de desertar -irse de inmediato, en cuanto les sea posible-, supongo que han alcanzado en su mente "el punto de pánico de retorno imposible". Conozco la sensación, anduve en ocasiones por merodeos angustiosos de escapar, es demasiado intensa la aspereza esencial, me contuvo la tremenda fortuna espiritual que aspiro en los modos de los que nacen en estos contornos, la ternura de sus gestos, su dolor pecuniario exento de amargor reseco, el porte distinguido y su religiosidad maravillosa, sin cuento, contada.