Por el sur,
hasta el inmenso sur indio


El avión aterrizó en Bangalore y aprovecharon la demora para retirar de la nave los desperdicios -no apean el pasaje en su intermedio de cubos y fregonas-; son excelentes pilotos y felices descubrimos Trivandrum. Hacia la playa de Kovalan se encamina el autobús de la excursión al estilo de aquí que abonamos. Las palmeras se acercan a la orilla y unos jóvenes se bañan en los labios de un pozo salobre cercano, consideramos cómo extraen con baldes la linfa de la Tierra, friegan sus cuerpos y peinan sus hermosos y oscuros cabellos -son una raza constantemente mojada, pulcra. En la mañana caliente, es agradable vagar descalzos por la espuma renovada que estalla en los pies. Por el levante, la bola de llamas incendia los dátiles dorados que otean el confín y los cuervos en su vuelo de luto rasgan con negro el esplendor que viene.
     Al mediodía, en la punta meridional, la claridad pasada a fuego ordena que el paseo sea más pausado; allí, tres mares se unen: el Índico, el de Bengala y el de Omán -son nombres atractivos en el saludo de las inmensidades y en la conclusión de un continente. Desafía a la vasta superficie sólida y a la abundancia líquida una isla menuda al frente, no mayor que el templo que guarda de tan colosal cita en el incuestionable despido de predios. Cabalgan de una infinidad a la siguiente, el mismo
viento sopla e hincha sus velas. Los límites pertenecen a la ficción humana, son el producto de un conocimiento compartimentado -islotes tomados, ¿se percibió que los ata la geología? ¡Divide y desnudarás las partes, y de ellas compondrás la totalidad!, parece ser la sentencia; pero... ¿y la Unidad?, la respuesta juguetea en el agua y orea su inquietud en el aire -la continuidad real quizá sólo more en la conciencia. En la arena, reparan los aparejos en grupos y alinean sus catamaranes recostados contra los dolientes bordes de otros -puestos a secar en la frontera del sinfín de olas y bajo el añil del cielo de Cabo Comorín. El indio duerme en un suelo de tierra apisonada -el techo vegetal filtra la luz vertical del día- y coloca las esteras en su única habitación llena de parásitos; el Islam le decreta que se limpie el ano, luego de defecar, con la mano izquierda -es dócil y está absolutamente resignado a su suerte. Sus mujeres buscan los adornos llamativos, portean unos bonitos cántaros de latón apoyados en sus caderas que las obligan a ladear los talles al intentar el equilibrio endeble de sus figuras exiguas; en el abrazo defienden pesadamente aquello con lo que agotan la sed y asean sus cosas en derredor de sus frágiles casas. Hembras y varones piden clemencia y amabilidad a los dioses -les apetece disfrutar de un futuro alimentario no más difícil con el que se conforman-; su posición no representa más que una ambición mediocre de subvivencia, vecina de la miseria, ¿es posible que aniden distintas esperanzas? Cae estrepitosamente la tarde, el disco solar renuncia a su arrogancia cenital y acude al gran consejo de horizontes. La atmósfera sostiene con obstinación un sabor a sal. Olor de litoral.
     La conversación, aunque siempre laboriosa por el característico inglés intrincado, distrae el tiempo del trayecto en el tren. Tímidamente al principio, una señora blanca y rubia interviene acerca de la vida que goza en Cochín -es rusa y sus vocablos son más comprensibles. Anima la charla en torno a las costumbres y lugares que ha visitado en el país; su mirada es casi de reproche al dirigirse a los naturales -los que supone molestos-; el gesto de desdén no lo suaviza siquiera la elegancia londinense del que comparte su asiento. Resueltamente nos impone el próximo taxi; imagina que la cola es un invento oriental propio de los que saben aguardar pacientemente la espera, y que nacieron desprovistos de su prisa occidental. La envarada dama cree que la buena condición económica de su esposo le da el derecho de invocar la prerrogativa del más fuerte ¿acaso la superioridad que exhibe no la determina necesariamente en la aplicación de ejercer un paternalismo generoso? -la firmeza con que arraiga tal avería de la solidaridad denuncia el deseo escondido de explotar a los más débiles.
     De más al norte, quedaron prácticas y objetos que los pescadores utilizan aún: los sombreros cónicos y las redes chinas; sobre sus cabezas y amarillentos por el salitre, apagan el sol en sus rostros mientras cruzan la bahía archipielágica montados en las piraguas que impulsan con pequeños remos de una sola pala. Los enormes artilugios de pesca cuelgan de mástiles pendulantes, abiertos en troncos a modo de paraguas invertidos que aseguran la verde hilatura. El barco atraca donde estuvo enterrado Vasco de Gama, aguardé en la puerta de la iglesia la vuelta de mi compañera; y es que repasé un poco, no mucho, la historia de ese conquistador ilusionado de mundos y servidor fiel a su patria. Fue descabalgado de la gloria cuando suponía inminente la llegada del reconocimiento merecido -se llevaron su tamaño entregado ¿no abandona el encanto a los sepulcros vacíos? En un mes de septiembre, años después, le conté en su tumba lisboeta de los Jerónimos algo de mi viaje y del fracaso de nuestro encuentro.
     En el penúltimo desembarco, detuve mi andar junto a un anciano que alonga su extremada delgadez en una humilde urdimbre de pelambreras de cocos y teje preciosos felpudos. El substrato es del color de la dureza ovalada y opaca; ¡qué baile sugerente el de las vistosas formas geométricas de pigmentos chillones!, se reúnen en su área rojos intensos y azul subido. Las piernas llagadas del menestral escalan y descienden por el angosto telar -no paran de moverse-, es el mortificante catre oblicuo en el que anuda exhausto sus sueños. Es fácil de adivinar la urgencia por las reformas y alojarse suspendido en el asombro ante las transformaciones que se exigen; apenas se advierte a nadie aceptar el reto, y por ello todos se notan forzados a desaparecer. El poder, en vez de proscribir estas situaciones lamentables mediante revisiones estructurales, las reglamenta por medio de retoques coyunturales ¿por desgracia, no mantiene así lo detestable?, ¿de qué vale el esfuerzo por aparentarlo más? Objetivamente, no quiere destruir a los hombres de la trama, más bien se inclina por retrasar su inapelable liquidación final y prolongar en su provecho la existencia decadente de aquel que trenza las hebras. No olvidaré nunca la expresión del artesano al restregar mis zapatos en esas alfombras de crin de fruta en las que dejo el barro y lo inmundo afuera. Utensilios de entrada, piel de cara machacada, de afuera, inmunda, de barrizal, sin entrada.