El sol arranca del mar de Bengala
el azul de India


Salían pocos autobuses hacia Mahabalipuram y tuvimos que esperar al próximo día para merecer la hora del baño. El trayecto, al igual que todos los que llevamos a cabo de esta forma, es un avatar de sorpresas súbitas que jalonan sus rutas infernales -constantemente entusiasma la profusa diversidad de tonos, auténticamente excitante. Al pasar por un copioso palmeral, nos percatamos de que en el asiento junto al cual aguantamos de pie, un hombre bebido babea continuamente. De cuando en cuando y por atrás, empujan su cabeza adelante; a la disposición en vertical le ayudan asimismo, desde los costados, gracias a los impulsos que recibe. El de más empeño es el pasajero que disputa su izquierda -el más pegado a nosotros-, que advierte con horror cómo aquella pertinaz saliva ensucia su camisa nueva. El borracho sostiene, escondida en sus faldones, la botella del elixir maravilloso que lo mantiene en tal estado, y no sé por qué razón reposa en medio de sus genitales -¿lo que da fuerza a los desesperados y les evita sucumbir ha de estar unido a lo que genera su energía esencial? Cedemos el sitio que ocupamos en la estación a una señora con un bonito bebé en brazos y un sinfín de chiquillos que cuelgan de su sari -en verdad no los conté, ¿es realmente posible adivinar su número aquí?-, ella permanecía erguida con su preciosa carga algún rato ya. No entendimos al principio su proceder, pues cerca distinguimos un lugar libre donde acomodarse y no resulta fácil de inducir, aunque determinadas expresiones y solicitudes pongan en sobreaviso, que una esposa es mal vista por los de su raza en caso de escoger el puesto contiguo al de un varón que no es su propio marido -a ello se debió, creo, que el que compartía el banco con nosotros también levantase el culo. El espacio de tres personas se lo adueñaron velozmente siete -¡capacidad infinita en compresión física por su levedad casi transparente! El del lado derecho, harto de la humedad en su pecho de las babas del beodo, abandonó su tormento mojado en cuanto pudo y señaló la primera oportunidad de que viajásemos descansados. Observan con afecto ingenuo y delicioso nuestra deferencia y delicadeza. Meditamos en la suma del desprecio soportado por este pueblo a lo largo de la dominación colonial: soberbia, marginante e históricamente feroz; ¿no impuso acaso su extraña lengua?, ¡triste vehículo!, ¿con qué objetivo?, trasladar su mentalidad e influencia; ¿no indicó de paso rotundamente a los subyugados las ventajas terribles de su avaricia? Víctimas eternas de la lógica del palo padecen unas ganas de siglos. Los espantosos pordioseros mutilados y los virtuosos venerados que orlan el camino son el punzante espectáculo de la putrefacción de cuerpos y del refinamiento espiritual.
     Por fin llegamos: la escapatoria fue defectuosa por la estrecha puerta del transporte; la angostó aún más la porfía tenaz de una vaca que pretende meter su hocico y averiguar no sé qué cosa -es difícil captar, particularmente por el fruto del exotismo reinante, su pensamiento paciente en los ojos inexpresivos-; la animamos a que desistiera de su alboroto. Negociamos con un guía -de inusitadas piernas desnudas y menudas- el precio de su cortesía y la enseñanza de los alrededores. Nos mostró el lienzo de roca en el que se representa la Bajada del Ganges y después de recorrer un par de kilómetros, descubrimos un santuario -por lo que a mí respecta, de irrepetible nombre-, él insistía una y otra vez que se fabricó de una sola pieza ¡Fantástico!, exclamaba yo convencido, ¿de una única piedra?, ¡locura de manos olvidadas y entregadas a esa labor compacta! Unas gráciles mujeres vestidas con luminosos colores pasean bajo los árboles de hojas rojas. La tierra ocre y las chozas con techos hechos de frondas datileras concluyen por describir en la retina el hermoso aroma de un paisaje imborrable. Se aprecian por decenas magistrales talladores a los dos bordes de la carretera; de sus cinceles emerge la completa diversidad misteriosa de su imaginería ¿no rastrean los oprimidos en los sueños y en las leyendas sus esperanzas?, ¿quiénes, si no las divinidades, solventarán sus destinos? En las inmediaciones visitamos la escuela, allí aprenden además pintura y terceros oficios; pedimos permiso y escuchamos una clase -repleta de alumnos y en dogmático mutismo. Por una empinada escalera, sorteamos el gentío que la excursiona en ambas direcciones, ascendemos a un mirador ¿construido de la misma manera?; se acerca a Juli un drádiva de considerable estatura -el taparrabos escaso oculta sucintamente el temperamento de su miembro- agitando el muñón en el reclamo de unas rupias ¡Dios mío, qué diálogo chocante!, confiesa en el silencio mendicante y testifica en el asombro ante lo absurdo y lo inaudito lo que las hablas recíprocamente ininteligibles no facultan manifestar. Recuerdo al atrayente primitivo, deformado en la ignorancia, roto en la belleza, miserable en la exuberancia y a la inteligencia preguntando en oleadas ¿por qué?, ¿cuál es el sentido? Veníamos a una vivencia amarga y de olor rancio; ¿y en las espaldas?, un año de experiencias pestilentes ¿almas encerradas? Seguimos subiendo, siempre. En las alturas divisamos el templo piramidal vecino del litoral -a lo lejos, el rezo en el que buscan los forzados la ilusión. Perduran, a pesar de ser los pagadores del enojoso tributo de la pobreza, la enfermedad y el hambre ¿Y su serenidad?, deviene de conocer y conservar su sabiduría ¡Tanta seducción fascinante en el corazón de tanta expectativa desvanecida!, al magnífico esplendor concurre el conjunto natural que encubre ciertas fealdades y la desagradable insalubridad.
     Anduvimos por la playa envueltos en el calor agobiante. La inequívoca claridad inunda totalmente el vacío entre el mar y el límite ardiente. Unos muchachos erran por los catamaranes de proa aguda en que acaban los troncos amarrados, sin calafatear. Los persuadí a navegar con un gesto amistoso y algunos billetes de tímido peso; me embarcan sentado y la pareja rema erecta en los extremos. Durante unos momentos de increíble encanto, la oración pétrea de alzada triangular se agranda cabalgando la costa. Un niño pequeño confunde mis rasgos y estima que soy Tamil -su piel oscura, inquilina del negro, evoca en negativo fotográfico a nuestro hijo-; se constituyó en compañero risueño hasta la caída a golpes de la tarde. Sonrisa en la luz -fuego de arena. Detrás, la blancura en la espuma del agua azul. Azul de India.