En Madrás, la vida, la muerte y
la trascendencia huelen a azahar


De Madrás me cautivó el perfume de los racimos de azahar que las hembras cuelgan en su moño negro. Es olor de por la tarde, cuando despiertan las yemas que duermen de mañana -¡qué fragancia en el ambiente alrededor de las seis! Las cuentas amarillas caen en la mágica luz extravagante del sari, por donde descubre la espalda su pigmento de aceituna. Nos apresuramos a encontrar sitio en la platea del teatro, detrás de una de esas elegantes criaturas: la danza nimbante y colorida que se escenifica y la embriaguez del naranjo organizan la atracción total. En el intermedio fumé con deleite unos curiosos cigarrillos -finos y marrones- de pocas rupias. En las escaleras exteriores, algunos permanecen sentados sobre sus piernas encogidas -no sienten calambres-, charlan de sus asuntos -indiferentes a la calle enloquecida- y parecen complacerse en el manso descaro de la atardecida -los extraños vehículos que corren como demonios y la muchedumbre constante prosiguen hasta la noche. Mientras extingo el tabaco en humo, me apoyo en la balaustrada y observo a los transeúntes con sus amplios trajes lúcidos y flotantes; fotografié a un varón hindú que en paciente rito orina enfrente -lo hacen en cuclillas, al modo de las mujeres. La función alucinante la presencié en las aceras y en el asfalto ¿no acaba acaso la sala de espectáculos en sus entradas? Lo fantástico, lo imaginario y lo misterioso pugna por cualquier parte ¿no aposté entonces y decidí rasgar completamente los prejuicios?, ¿aprender a ver?, ¿realmente queda algo más importante que comprender?
     Íbamos montados en un taxi de dos pasajeros -desprovistos de puertas vuelan al igual que condenados-, el chófer desempeña su oficio engastado en la mitad del asiento delantero y agarrado vigorosamente al manillar. Lo llaman trivi -supongo que es una corrupción de three-wheels-, es un triciclo diabólico con capota. Lo usamos por primera vez en Jalgaon -¡Dios mío, ya discutí de ese infierno nuestro! De pronto, dejamos atrás un barullo enorme de música y de gentes que bailan e insistimos con más preguntas en torno a la aglomeración -la respuesta resulta a veces difícil de interpretar y es imprescindible recurrir al mimo. Se trata de un entierro. Le mandamos parar y esperamos el paso del cortejo ¿A las sorpresas que asombran, no les suceden las sorpresas que llenan de estupefacción?, en una especie de camastro de bambú portean al difunto, su expresión es calma a pesar de que los párpados estén abiertos. Cubren su cuerpo con pétalos de muchas tonalidades -en este país surgen por doquier-, unos pocos orlan su semblante. Guardo en mi retina la atmósfera diáfana de julio y la compañía gozosa -o al menos eso opinamos- del fallecido; tocan incesantemente unos pequeños platillos, soplan trompetas y cantan. Sólo advertí un resto de grito amargo colgado en los dientes pulcros y en los tremendos ojos brunos de uno que mira al cielo pegando su rostro al cetrino. Conseguí instantáneas de una intensa aflicción, junto a otras de júbilo desbordante, abarqué más sus temples ante el término inapelable ¿Me atreveré a decir que lo hallé hermoso?, hablo de una belleza que flanquea despojada de angustias el pesar. Los acompañamos al cementerio y percibimos cómo nos franquean el umbral a través del que se accede al sufrimiento que padecen ajenos al temor; con entusiasmo encendido, nos percatamos de la forma llana en que obsequian lo trascendente que retorna continuamente -les agradecimos en el alma lo que nos permitieron y dieron. Desde ese momento ocurrió un día de paz, de infinita paz que recreamos después en la playa bañándonos en el golfo de Bengala, tomando el sol del Índico, de tan lejos y sin embargo tan familiar para nosotros por su carácter abrasador. Amo ese mar, me sabe a cuentos de infancia, a rincones con nombres intrincados y no obstante, ¿no estábamos allí, en la arena dorada mezclada con la sal de las aguas del Este? Del bolso -siempre tengo a mano la cámara-, extraje una flor de la pena y la entretuve entre mis dedos, la froté contra mi frente y reflexioné en la amalgama de alborozo y dolor de aquella celebración vertiginosa e inesperada. Suspendo todo juicio -las relaciones me cultivan más que el análisis de las orígenes-, probablemente no alcance la dicha, pero la humildad en la que experimento lo impenetrable indudablemente me conducirá a la bondad ¡Gracias India!
     Envueltos en una solemne serenidad, los enclaustrados en el Centro Teosófico pasean en la umbría, refugiados del fuerte calor. Viene a mi memoria aquel parque inmenso en las afueras; en su espacio se ordena sigilación, introspección e instrucción. Protegida, cerca del lugar principal hay una fenomenal cúpula vegetal -la del más viejo baniano-; multiplicó sus columnas a la tierra -lianas que proyectó en búsqueda de alimento y soporte. Construcción natural -Gaudí atormentado- de talles retorcidos y entrelazados en una savia común que se cita más arriba, -antes del astro de ascuas y por encima de los hombres. Rezuma la verdad que los doctos meditan en unos libros gastados ¿no siguen los documentos de los estudiosos pasados?, ¿no aplicaron estos sus conocimientos en unos folios de procedencia forestal?; de árboles anteriores que cayeron de la vida a la muerte, la materia transformó su clave secreta -armonía de sombras- a escritos -trazos oscuros en el blanco. Mantuve un rato los recuerdos unidos al ideal de mi padre -¡cuánto apreciaba esa omnisciencia!-, no lo entendí nunca -¡demasiadas cosas desdeña la juventud!, ¿en qué futuro el debido examen? Renuncio a la incomprensión que sostuve, me regalaste la existencia y sé que fuiste fiel a tu inteligencia, por ambos bienes te evoco con cariño y hondo respeto en el grandioso silencio del recinto consagrado. Tu substancia es hoy nutriente, distante, aunque creo que se enmarca aquí su fundamento merecido -descanso del ánimo intranquilo-: en el frescor de las ramas y en la robustez de los troncos ¿Quizá ahora en el verde de las hojas leas con ellos sus tomos despejados?