En Hyderabad el presente exuberante
vive por el Charminar y
el pasado se fue a Golconda


La transparencia de agosto es magnífica y el cielo se percibe más azul cuando rodea la blancura de los minaretes -rectos hieren el espacio a modo de flechas clavadas en el suelo. Aquí, en el centro de la parte más inverosímil y al lado del mercado de cualquier propósito, el efecto se multiplica. Es el Charminar, renunciantes de tierra, cuatro dardos erectos portavoces de rezos, anudan la menuda estatura humana a su destino eterno -cinco ocasiones de oración en cada jornada. Las mujeres ornamentan su cuello con collares de calidad -no destierran ni la plata ni el oro-; son preciosos los abalorios y zarcillos que cuelgan de sus lóbulos ¿y qué decir de los extraños y bonitos aretes que perforan su fosa nasal? Esta gente que pide limosna, extiende una mano mendicante a la vez que con la otra gestúan su necesidad de comer ¡tremendo movimiento acompasado con que ensayan apagar un grito en la orilla de sus labios! Me hablan con sonidos que parecen guturales: no entiendo lo que afirman, aunque sí infiero lo que precisan. La palma desnuda es quizá el mejor refugio de las incertidumbres y ansiedades propias de mi subjetivismo incontrolado de fondos deslizantes y repleto de antojos obsesivos. Ha refrescado, unos ingieren en cuclillas su régimen vegetariano -pobre en vitaminas- y los más erran en sandalias; el sol calló su rigor ¿no se desvaneció gastado del mucho dolor que vio?, testigo mudo que entrega lo suyo: resplandor y calor. Al cruzar un puente, advertimos a una pequeña que llora al costado de un cuerpo maduro tendido, y distinguimos a un bebé que desespera por succionar del pecho reseco; con lágrimas desgarradas y un zarandeo angustioso trata de despertar al ser que los ampara en la vida inhóspita, pero el sueño que la madre alcanzó es pesado, duro y de descanso absoluto ¿se sabe a ciencia cierta a qué hora apilan a sus muertos? Atrás queda un llanto, un canto, un llanto lleno de desencanto y unas bocas hambrientas. La patria de Buda oprime y produce vértigo, el miedo a lo brutal violenta. Libre, inútil y absurda es la opción que resta al íntimo y apasionado por una grandeza simple, ingenua y lógica. Frente a lo deforme y a lo irracional de la existencia ¿no es más triste notarlo resbalar despavorido hacia la abstracción?, ¿debe el hermetismo constituirse en su resguardo?
     De niño, por entre unos rancios libros de mi padre, paseé mis tedios mirando las reproducciones de personajes y de paisajes remotos -me acordé de unas peñas gigantescas en la imagen de Golconda. Fue un sitio de tesoros y riquezas incalculables, ahora distantes por el latrocinio descarado al que las sometieron. Al llegar a la fortaleza, el guía nos narra la historia que allí se dio cobijo, y cuenta de las batallas por conquistar sus murallas en las que el tiempo escupió su mueca desdeñosa ¿por desgracia no tiró muros y desconchó peldaños?, ¿y los agujeros en las estancias inexpugnables del poder, no los horadaron los siglos? -prepotencias de época, huecas. Recorrimos, en la calma de una mañana apacible, la fuerza descompuesta en la belleza. De pronto, alguien nos saluda desde el grupo de enfrente, los dos viejitos de Calcuta se alegran de reconocernos y nosotros también -amigos del tren, amables de sonrisas y de preguntas en un ardor agotador-; juntos vamos escaleras arriba en ascensión extenuante. A la derecha, un diminuto y hermoso ámbito sagrado se apoya en una voluminosa roca de forma ovalada, el conjunto coincide notablemente con una estampa de mi solaz de infancia que guardo en el bolso -fotocopiada. En la alta terraza de vigía del Fuerte, me preocupo por localizar el ángulo del que captaron la instantánea. Descubrí la perspectiva exacta, el arbolito de entonces ha cumplido estrictamente con su cronología; desarrollado es ya enorme: proyecta sus ramas de manera más ambiciosa e involucra a mayor área de la protección natural -el mismo peñasco ciclópeo. Momentos revividos y satisfechos de plenitud en órbitas que mi juicio cierra gozosas, peregrinación al encuentro de recuerdos que serenan el alma y rompen mi sed por aquel que guerrea, mata, se defiende, implora y se reconcilia con sus dioses. El panorama es un horizonte que se pierde en la lontananza, y abajo, templos y mausoleos de cubierta acupulada -rosario de semiesferas- que ocultaron, en fabulosas proporciones, a los ojos del pueblo, las opulencias preciadas y tiñeron de sombras los adornos femeninos que la supremacía solicita. Guardias de custodia de vanidades efímeras -los ladrones extranjeros y paisanos las esquilmaron, ¿y las que el devenir inexorable destruye? Son edificaciones vacías -¿anidan en ellas cosas distintas de la nada?-; las hormas redondas que tapian la bóveda celeste devuelven los pasos en reverberaciones sordas que excitan todavía más a las ausencias. Afuera continua el colorido diverso que socorre la grácil complexión en el andar trascendente de las hembras; me complazco del aire que ondea los saris en su intento de publicar la aceitunada piel y disfruto de sus seductores afanes por disimularla de nuevo. Los años, en su mandato inapelable, disciplinan el constante crecimiento o lo desechan ¿no envejece la mata al aumentar su tamaño?, ¿el derrumbe de las almenas no proviene de que por fin desistieron del papel de baluartes?
     No logro extirpar de la cabeza la expresión de sorpresa del desdichado conductor que nos acercó a las colinas de Banjara -atónito en el quicio de la puerta del hotel que toma su nombre del lugar-; el recinto, ¡tan próximo a la urbe tumultuosa y tan extremo en su brillo! Observé durante algunos segundos su estupefacción montada en el triciclo, opino que es el más excelente retrato que no hice jamás. Recojo, no obstante, en mi memoria la espléndida elegancia -soberbia en uniforme rojo- de la vestimenta del empleado cuyo cometido es franquear la entrada ¡cómo me cautiva el turbante!, ¿y acaso no me hechiza sobre él una cresta añil desplegada en abanico? La demasía y la miseria coexisten porque ambas no permiten el asomo: los afortunados permanecen indiferentes ante el sufrir de los desheredados, y los humildes ignoran sus lujos. La cena es de una composición primorosa, alojada en platos y cuencos exquisitos mientras corre en su auxilio una fina cubertería ¿Es traición escondida? ¡No!, escapes horrorizados que reivindican por unas monedas un respiro a través de los poros velados -de la intemperancia a un favor del reposo. Resultó patético oír, de un órgano electrónico, el ritmo de una musiquilla plástica, de ambiente, de espera impersonal. El tocador es un subordinado educado, de suaves dedos y de ademanes pausados -domado ¿A qué posición redujeron el señorío de su linaje versado?, ¿en pos de las teclas de ese instrumento? Vienen ganas de huir y arrancarles la indolencia que ofende, siento deseos de embadurnar sus rostros con el estiércol del derredor. Al circular en la noche por la carretera que bordea la placentera laguna, apreciamos la fuente iluminada en el medio. Son reflejos de posada cara en la negrura sin pan.
     Las familias pasan largos ratos sentadas en unos bancos -aguardan la prometida salida del cucú relojero-; es evidente que la repetición del suceso no malogra su magia, mecánica y fiel. En el museo de Hyderabad abundan tales artilugios -en la fecha colonial señalaron a los foráneos, pudientes e influyentes, el curso de los días. Fastidiaron con su arte, un arte de lejos: duplicaron las esculturas famosas de Europa -orlan el interior de sus salas inmensas sólo copias. Profanaron sus modelos y quebrantaron sus escuelas de una maestría antigua e inigualable -par de todo lo que es genio indudable. El mando impone sus gustos y los sometidos ofrecen los artífices que cincelan la piedra y el mármol, moldean el barro y tallan la madera. Un semblante oscuro como el carbón escruta las delicadas tonalidades en las valiosas pantallas de Bohemia que chupan su luz del techo -no las trajeron para su raza y menos aún para su rango-, hoy contempla extasiado lo abandonado en las prisas de la marcha. Es un espectáculo colosal admirar el pelo hirsuto y su manifiesto total y salvaje -un trapo encarnado tapa aislado el bajo vientre y su baja espalda-; al fenómeno del contraste lo seguí en mitad de las estatuas níveas, el cristal lúcido y los marcadores de las edades esfumadas ¡Te pertenecen, indio!