Una oración de siglos
quedó atrapada en Ajanta y Ellora


Aligerados de las mochilas por un pago exiguo, descubrimos las famosas cuevas. Un guía local nos explica los pormenores y la gran historia, cuenta ajeno al descanso del majestuoso monumento y recuenta el orden, dispuesto por un sinfín de autores, que ganó al maravilloso paraje la obra extractiva. Me entusiasman aquellos santuarios hermoseados con frescos, las viguerías de piedra misma que siguen al techo, sus estupas rotundas al fondo y las diversas posiciones estatuarias del Buda sentado. Ajanta es una excelencia de siglos y de creencia. La herencia, conferida al tiempo que ha de llegar al escarpado macizo, agotó en las manos resecas que cincelaron en el canto áspero sus vidas retiradas... Y luego, ¡el prolongado reposo!, hasta que, hace un centenar de años, un oficial colonial mientras acosa a un tigre escurridizo franquea la gloria confesada en la elevación. Soledades devueltas a la clausura del silencio en el olvido que, al igual que en la música, adereza el ritmo; y más tarde, el murmullo del gentío de visitantes que reconoce, en recogimiento, la armonía de la eterna oración atrapada en el conflicto del rigor con el amor.
     Aurangabad nos proporcionó un buen motivo para considerar la duplicación del Taj Mahal que edificara el hijo del constructor original de Agra; con menos dinero, no accedió con semejante profusión al mármol, pero es bello ¡Qué magnífico resultó el contemplarlo en la perspectiva de su estanque longitudinal!, ¿es de recibo pedirle al aire una cosa distinta de la alegría y autonomía que perfuman su ambiente? Un pequeño se acercó con la mirada confiada -idéntica a la del resto de los chiquillos del mundo, trata de desnudar lo ignoto de los adultos-, mi mujer le obsequió un caramelo y antes de tomarlo lo consultó con su padre más allá, vino corriendo atolondradamente entregando abiertamente su deseo, -¡los mayores no contenemos misterios, niño: es huérfana inocencia extraviada!, pensé. En razón de su corta edad y por el obstáculo que entraña mi desconocimiento de su lengua, no alcancé a comentarle nada del despliegue de gigantismo con que el poder deslumbra: los dignatarios exclusivamente se mantienen en el mando a base de sostener una clientela devoradora y son los primeros prisioneros de las intrigas que sustentan ¿no fue, en realidad, Aurangazed rey de esclavos y simultáneamente cautivo de sus protegidos? Saciamos la hambruna de días en una mesa servida de comida internacional -recordamos paladares más suaves- ¡demasiado fuerte y peculiar es la cocina hindú!, ¡y con qué delicadeza funciona nuestro equilibrio inmunológico! -al europeo le comportan unas pautas alimentarias temerosas de romperse. Maldita barrera sanitaria que impide el avecinamiento a sus costumbres y a sus ritos, impone la profilaxis de un exquisito malabarismo en la prudencia, ¡intolerante diabetes que me persigue incluso en los viajes!
     Son formidables los templos excavados en Ellora, de nuevo las filigranas esculpidas juegan con las divinidades sin cuento que desfilan inmóviles por los bajorrelieves, las cornisas y los soportes; configuran los símbolos singulares de un bloque monolítico agujereado por artífices que divierten meticulosamente a cada paso su virtuosismo. Sinfonía de formas cambiantes, destinatarias de la suma de rezos, de las súplicas y de esperanzas ¿Por qué el juicio creador se regocija constantemente de la oportunidad de emocionar? Retener por un instante la locura del hombre en su búsqueda desesperada del auxilio de los dioses es posible si sueñas en Ellora y ¡es tan fácil cerrar los párpados allí!; continúo el recorrido, palpo las paredes y las imágenes -mendigo ciego-, imploro e insto luz a la luz que percibo en las grietas del cielo de Kailasa. Por entre los huecos de roca excomulgada, se adivina la astuta cúspide que promueve la tarea inmensa: consigue entretener a los cultos, ¿no serían molestos ocupados únicamente en reflexionar? ¿Es una ficción calificarlos de rehenes levantados en un pedestal?, no, puesto que la superior ineptitud de tales individuos se corresponde con lo más alto en la jerarquía y se les ve cómo cargan a los sumisos con sus privilegios ¿No gozan los humillados también de algunas horas de apacible siesta, a salvo del entorno que les es inhóspito y de la inseguridad bien manifiesta?, los peldaños más bajos del recinto guarecen. Queda el talento convocado por la dirigencia, porque si la iniciativa ya no es de su patrimonio, no sólo las ideas sino además la autoridad se desarrollarán fuera, y la facultad se obliga religiosa por necesidad de subsistencia.
     El tren se desliza pesadamente arrastrando trashumancia impenitente de millares de seres que se agolpan contra sus dolientes interiores, es un desperezar de vejez que parece de acecho. Alojados en un vagón de clase preferente -de un lujo de anteayer que se da de bruces en una renuncia de presente inhumanable- admiramos por la ventana móvil la evasión hacia atrás en fuga lineal del paisaje verde inmergido en un vapor húmedo. El esplendor e insolencia se convirtieron en negligencia de pintura, y es que las reparaciones solicitadas se atendieron a duras penas. Insistentemente, acompaña una extraña sensación de que todo pendula próximo a caer en cualquier momento, desbordante de uso y de melancolía occidental por una tecnología caducada que ojean indiferentes ¿no es cierto que la montaña comprime la huerta y que el nómada rechaza al sedentario? Vislumbro el drama, los avances técnicos aquí -en el Tercer Mundo- matan las actividades de siempre, el genio se deja pervertir en lo que tenía de más sugestivo y se imposibilita aún más la mejora de los retrasados. Desde su vasta sabiduría, desprecian las tentativas que les incitan al progreso definido al poniente -es una fórmula de regeneración que fracasa, contestan negándose a claudicar ante esa horma de evolución- ¿acaso no se apreció en su red ferroviaria el mecanismo más eficaz de la dominante persistencia británica?
     Dos ancianos de Calcuta nos observan extrañados; curiosos de mis periplos por tierras dispares me interrogan sobre las impresiones que he recolectado en los peregrinajes. Vestían modestos: el de escasos cabellos a nuestro modo hemisferial y el otro, a la manera blanca de India. Ambos leían durante bastante rato vueltos a la serenidad de sus intimidades. Procuré liberarme de sus aspiraciones infatigables de conocer fotografiándolos en varias ocasiones y logré echar de mi entendimiento el dificultoso inglés que suena con fonética recóndita -cultivo ahora en la parte de la memoria reservada a lo grato sus compañías. Al habla con que los disciplinaron sus sojuzgadores, este pueblo la desprovee de las palabras que por brevedad de sílabas suponen artificialmente incrustadas ¿no constituyen la causa de que ese idioma se halle hoy en la ruina que pretenden?; componen así locuciones de extravagante largura y trabajosamente descifrables. La comunicación oral, renqueante como el transporte, encontró solaz en el intercambio de sonrisas de esbozo escueto, ávidas con bondad infinita de llenar los espacios abandonados por la voz ¿comprensión en el mensaje de las calmas?; refresco a menudo aquellas amables pausas ya en el amanecer indio. Me gustan estos viejos que se enfrentan huyendo por rostros anónimos ¿no es la obsesión de los que ansían su emancipación en acuerdo permanente con sus intenciones, actitudes y la propia naturaleza de sus actos?, son una minúscula porción de espuma lúcida en el enorme mar sombrío. Unos desmesurados peñascos redondeados esparcidos en las colinas inmediatas desmenuzan la incógnita de la parada en Hyderabad.