Parada en Jalgaon, enlace para Ajanta


Atraídos por franquear las existencias de los que moran por aquí, experimentamos la influencia de un impulso centrífugo que nos arroja al noreste -los férreos carriles del tren no regalan dudas. En el estricto compartimento, unos pasajeros se sientan frente a nosotros sobre una litera -de día se trastorna en banco- con las piernas dobladas adelante a la manera india -es que son indios-, almuerzan lo parvo cuando se encorva el mediodía sin más utensilios que sus manos. Mientras se entretienen con el masticar, dejan caer los brazos -maniobra de descanso- y masajean sus plantas y empeines desnudos -serenan con frugalidad las iras de sus vientres y relajan la tensión de andar-; tragan y contemplan erguidos el paisaje exultante que escolta el trayecto ¿La poesía, acostumbrada a envainar con su ensueño las carencias, es capaz de saciar la abundante hambruna? A nuestras interrogaciones, responden con un vaivén lateral de sus cabezas y la señal que debo pensar afirmativa parece gestualmente negación -códigos diferentes de culturas diferentes-, es cuestión de respetar, aceptar y comprender. Amablemente, a media tarde nos indican la llegada a Jalgaon, es una ciudad pequeña de enlace para Ajanta. Cerca de la estación buscamos alojamiento -el sueño se aproxima-, preguntando ahí y allá topamos con un empleado que duerme su sopor de siesta estirado en el mostrador de lo que opinamos recepción de hotel. Sujeta la entrada del cuarto un candado en obligación de cerradura; la suciedad de las sábanas resta lealtad a la penumbra y el baño no es más que una laguna profunda con dos islas emergentes a la deriva: el lavabo y la vasija; la tina es un barco estático y arrinconado en el que el desgaste infinito practicó una abertura honda a modo de desagüe invertido. Lujo asiático fracasado, charca íntima, ínsulas de cerámica, nave destripada y fuente de interior en la soledad e infortunio. El flaco precio no logró retenernos. Nos fuimos.
     El paseo arrastra tierra en las calzadas polvorientas y remolca chiquillería sorprendida -amplía nuestro silencio rodeándolo con risas y corridas-; son testigos que piden algunas monedas y distraen su curiosidad extrañada por la aparición de seres distintos; somos individuos faltos de sentido en el lugar que descuidó el abandono. Las vacas vagan impasibles con su ligera carga de carne; los niños y los cerdos rastrean una paz difícil -sus estómagos se quejan de la ausencia alimentaria. En el mercado, las moscas cubren las caras de las vendedoras de viandas -despejan la alteración de espanto y callan sus hermosos labios con oscuro móvil-; mojan sus patas en los hilillos de savia que manan por las angostas comisuras -abrevaderos en los campos quietos de sus facciones. Un grupo de mujeres comparte la infusión -¡tan británica!- derramada de las tazas a los platos -multiplican de esa forma los cuencos pero dividen la solución-; sentadas en el eje de la vía charlan y beben el líquido castaño que harta la sed -es un alto en la espera- y entretanto aguardan la caída de la claridad, se empachan de luz. La comida insuficiente y la distribución del trabajo convertida en reparto de miseria constituyen un ataque a la justicia, a la piedad y al buen rumbo; saber de esta crueldad -abuso privado- y permanecer neutral ¿no es con seguridad complicidad?; se hace arduo argumentar la imparcialidad -¿en qué bando?- aunque se nombre en coartada una engañosa razón pública ¿de unos pocos privilegiados?
     Visitamos en las afueras de nada un templo vacío de fieles y profuso en matices detenidos en los frescos, copioso en imágenes de dioses y de inocencia roja, colmado de un azul más firme aún y de naranja azafrán -el ocre no está allí, sólo la calle y el té le son favorables. Los colores son a las divinidades como su rapto es a las criaturas, y tamaña disparidad se acrecienta con el apego que las separa, la estrechez. Surgen por doquier rezantes que son familia y allegados al principal religioso, la mayoría ríe y quiere salir en la fotografía que jamás admirarán -les da igual-, son pobres y no pueden permitirse el disponer de una propia -entienden que en alguna parte figurarán pegados a una cartulina, recordables. A mi compañera le fascinan los anillos metálicos con que adornan las hembras los dedos de sus pies; advierten el deseo y los obsequian -no temen perder su escasa materialidad. Los que en absoluto tienen, donan sus tesoros, y los guardadores de alhajas, sin percatarse de qué en verdad les pertenece, almacenan rapiñosos sus ridículas nimiedades ¿Nos adaptamos a la solidaridad en la organización del dolor a causa del escollo en el intento de cambiarlo por un simple ejercicio de voluntad? Empieza parda la noche, más abajo un conductor limpia su taxi metido en el río, y es que el agua es de todos, y por muchos, de nadie.
     ¡Qué vigilia de calor insoportable!, el ventilador ahorcado en el techo desenreda con energía la fiebre, las cortinas de la ventana ascienden -globos hinchados por el aire repleto de temperatura que huye del suelo. Resistimos en cueros, tapados por unos magníficos pareos que adquirimos en Bombay -ansiosos de aprehender el torbellino de fuego que con posterioridad descubriríamos en Madrás- en un afán por entorpecer la avidez de los tenaces mosquitos en la espesura de la prórroga interminable por un alba prometida. Un semejante diminuto del aspecto dogmático de las tinieblas toca la puerta hacia las diez brunas, un sucinto taparrabos oculta sus vergüenzas y de tono idéntico un turbante aprisiona sus cabellos -en realidad, si es posible hablar de ésta en aquella irrealidad, reconocí trapos granates suspendidos en una exacta negrura indiscernible del entorno-; pretende asear la habitación inhabitable con una escoba de varas datileras. Preferí custodiar la suerte que le antoja arrebatar de mi recinto en viento huracanado -siento míos al ruido mecánico trepidante y a los enemigos volantes- y acechar el amanecer fumando por entero una cajetilla de rubios americanos.
     El primer recorrido a lomos de autobús en India lo comenzamos en mitad de la mañana; con el viejo trasto cruzamos las inmediaciones de las chocantes aldeas -segmentan el largo camino-, y consideramos sus chozas vegetales -cobijo de humanos- en las laderas de colinas y alrededor de lodazales insanos que los desdichados moldean con sus pasos -casi descalzos por unas sandalias exiguas de un tinte avinado. En aquella incierta jornada, ¿por desgracia no me informé de la misma vida herida?, medité en aquellos desheredados -náufragos en la desesperanza frágil de su ambiente natural- y me apercibí de sus cuerpos con apenas rostro ¿y su voz?, ¿no es mudez encendida? La apariencia de los personajes ocasionales es exótica -de aventuras de piratas en películas de mi infancia-; escapaban e irrumpían varias veces en la ruta lenta con ademanes de excusa y de mirada resignada, dispuestos los más afortunados a padecer los incómodos asientos -¡apretujados de espacio y soltados del tiempo!-; sus destinos resueltos a la distancia que el vehículo revela en cada parada ¿Por qué otros ofician esas fuerzas inhumanas de perfiles dantescos que aplastan a estos hombres?, ¿acaso no ven el mundo distorsionado que crean al doblegarlos en su calamidad? ¿Y esta gente, ha de penar su ruina exclusivamente por ese acaso? El chófer viró en completo redondo, y el vertido de viajeros anunció Ajanta.