Cada vez que la tierra se irritó,
la fiebre de resistir crepitó
en La Antigua Guatemala


El día de Nuestra Señora de Septiembre de 1541 cayó una lluvia desmesurada sobre la primera cabeza de la colonia y anegó la caldera del Volcán de Agua. La furia líquida venció con violencia la resistencia del cráter y vertió una corriente de ira que arrasó media Ciudad Vieja indefensa. El gobierno marchó entonces a Santiago de Guatemala y también hasta allí persiguió a sus habitantes la fatal corte de devastación en 1565, 1577 y en 1586. El siglo XVII tampoco acercó el alivio a la tierra dolorida por el quebranto de su suelo: el mal impuso a 1607 ser el inicio del infortunio, y fue en 1651 cuando sobrevino uno de los tres seísmos más tempestuosos del centenio -los otros dos sucedieron en 1663 y en 1666. Las sacudidas de 1717 campearon por sus fueros y casi todo lo construido y reconstruido sucumbió su factura a la secuencia de los temblores. El pánico volvió a señalar el rostro de los santiagueños en 1751; apenas descompuesto el espanto, levantaron con ahínco una ciudad aún más ostentosa. A despecho de sus desplomes, la capital llegó a ser no sólo la principal del istmo americano, sino la más importante desde México a Lima. Cuando el terrible terremoto de 1773 hincó el enojo en sus cimientos, se puso punto final a tan destacado privilegio porque, para entonces, la autoridad y parte de la vecindad decidieron trasladar su categoría a La Nueva Guatemala. Así, de un tajo, se acható la cima de su florecimiento comercial y quedó menguada su fertilidad en el arte. Es cierto que una tragedia trajo el esplendor a Santiago y otra catástrofe le arrebató el derecho, aunque no es menos verdad que, fiel a su historia, en muda rebeldía contra la decadencia traída por la partida de su consideración, la Ciudad Monumento amparó constantemente la gloria que logró convocar. Y desde aquellas fechas su nombre fue Antigua ¿Faltaré al pudor si declaro que hasta el momento es uno de los lugares más hermosos que conozco en el Nuevo Mundo? El gentío que se aglomera en la procesión del apóstol ha postergado los tristes hechos del pasado y parece ajeno a lo que acontezca en el futuro.
     Los que acordaron permanecer en el sitio de la desgracia después del horror y la confusión de los materiales se las arreglaron para detener al calendario en el empedrado de las calles y contuvieron el deterioro en el semblante de sus viviendas; está claro que la nobleza de aquellas casonas nunca otorgó residencia a la ocasión de visita del desgaste -pareja de baile del olvido. En la alineación de los frontis, percibí que los faroles prendidos en la madrugada son señas para informar de su decoro, y al doblar en las esquinas, advertí la fuerza de su hechura española. Creí oír al silencio de esa hora arrancar pedazo a pedazo la voz de su leyenda extraída de la conciencia de su esencia india ¿un espíritu sensible no siente con agrado indohispánica a La Antigua? Los antigüeños respetaron asimismo la acción del cataclismo en las iglesias -no me dieron jamás la lúgubre impresión de fantasmas. Todavía es posible contemplar hendidas sus heridas, porque el vendaval de la rapiña telúrica desmontó para siempre las techumbres y desinfló sus cúpulas; ¿y los rezos degollados por el desastre?, ¿no tuvieron de igual modo allí su sepulcro? Las puertas y ventanas renunciaron a sus funciones y la naturaleza verde reasumió la licencia de crecer en sus interiores ¿no vi arbustos en las grietas y encima de los muros? La extremada quiebra arquitectónica hizo incurable el hechizo que sufrí en oleadas de fiebre al mirar hacia lo alto y complacerme en la bóveda azul en el espacio destinado para el cierre curvo de fábrica; imaginé, inmergido en el compacto raudal de luz despeñado en la plenitud de la mañana, que aquellos testigos del estrago aguantaron de pie como designios de lo que significaron. A pesar del riesgo de derrumbe, resulta llamativo que, donde los templos se rindieron al cielo, la superioridad ordenase tapiar las entradas de su consuelo universal a los hombres ¡Qué extraño contraste configura la ruina destechada con la obra recuperada! ¿No hace esta suma comprensible la actitud de fascinación y reverencia del viajero, absorto en su ensoñación, de figurarse a este asiento como el ayer viviente en el hoy? Paralelamente, cavilé que obtuvo además su atmósfera de dignidad porque retuvo el transitar de cada época mansa y con generosidad juntó toda la paz en este tiempo.
     Entré en la Catedral y reparé en que allí moran el hervor aplacado de La Plaza Central y los pasos fatigados de los creyentes. No cabe dudarlo: el culto católico constituye aquí una herencia trascendental y fue España quien trajo la Religión y plantó su fe en este país. Cuando abandoné el recinto sagrado giré a la derecha y, bajo las enormes arcadas del Cabildo, apoyé la espalda en el soporte de dos curvas elevadas. Como la tarde está de fiesta, ahí mismo me entretuve largo rato en el entusiasmo de seguir la manera que tienen los marimbistas de golpear con las baquetas el sonoro artificio de madera -en ésta y en otras oportunidades reconocí a siete músicos tocar el instrumento autóctono. Al frente del gran santuario de fachada amputada, la edificación es también de portales, y ahora como antes están asentados los mercaderes y abiertas al público las pulperías. La mitad cansina de la jornada recogida en ese lado de la plaza forzó mi rumbo al establecimiento donde tomé el hospedaje, y allá, en la Posada de Don Rodrigo, despedí a las ansias y eché la siesta. Afirmado en el portalón del cuarto, después de que dejé atrás la dilación del sueño admiré el frondoso pino que señorea la simetría del patio, aunque fue sentado en el ancho corredor que cerca aquella platea de piedras donde tasé la gracia de alojarme en el hotel más antiguo de Centroamérica, ¡y pensar que lo encontré en Antigua! Mientras saboreé el mejor café de Guatemala y gocé de la juerga de los colores reunidos en el jardín, confieso que me juzgué afortunado por la compañía de aquel reposo de años. Más avanzado el atardecer, alcancé a La Merced porque al fondo de la travesía el convento más anciano de allí concluye el paseo recto. Desandé el camino y valoré la forma elegante en que el arco de Santa Catalina colabora con la alegría del alma y redondea al cruzar la vía la magnífica perspectiva aguda del Volcán de Fuego.