La urraca, el tucán, el loro y las chicharras
sustentan en el aire la magia de Tikal


Temprano anduve lento bajo la inmensa bóveda frondosa; aspiré el vaho húmedo de selva y transpiré la sudoración del trópico. Mi compañera leyó, al paso y en alto, las incidencias de piedra y el sentido de los monumentos mientras la mujer de la otra pareja tomó el relevo en sus silencios para indicar el recorrido. En el complejo de las Pirámides gemelas Q experimenté una soledad semejante a la del prisionero recordado en el bajorrelieve del altar cilíndrico y chato; los granos que deja caer el rostro mutilado de la estela -de horma próxima a la rectangular- hundieron incluso más mi ensimismamiento. La belleza lineal del arco maya y la gracia con que enmarca la perspectiva binómica del altar por delante de la estela rescataron al espíritu ahondado. Como el suelo nutricio no tiene una profundidad mayor de los treinta centímetros, las raíces serpentean por la superficie y rodean en un abrazo de muerte a la dureza esculpida; así, descubrí la preciosa lápida tumbada y quebrada en su medio por una ceiba corpulenta erguida indiferente al arte roto ¿o es a lo mejor una nueva composición estética que preciso aprender a interpretar? ¡Cómo disfruté de la anarquía urbanística de esta ciudad! ¿Para qué las calles, si los grupos arquitectónicos por donde paseo y aún más allá no disimulan su desorden aglomerado? Este sitio no es un refugio ¿y si no, dónde está la fortificación que no distinguí? Aquí los indios durante siglos únicamente vinieron con sus ofrendas a la adoración. Esperanzado aguzo el oído, tal vez escuche las voces que eventualmente dicen oír.
     ¿Qué minoría decretó erigir las gigantescas pirámides? La exigencia para mover al pueblo fue a lo peor tiránica, pero como la dirección se evidenció mística, probablemente el trabajo inexcusable fue considerado un honor; ¿y el significado de esas erecciones descomunales?, sin duda es el propio del ara -mesa que se reservó para sí el mando de aquella teocracia. A pesar de que nunca consiguió la animación de la urbe, este lugar fue algo más que un núcleo para la celebración de las ceremonias adecuadas al ánimo excitado por la veneración ¿No llegó acaso a poseer una cierta vida metropolitana constituida de sacerdotes, funcionarios y esclavos que residieron allí establemente? De la alimentación de esta gente debieron de encargarse sus vecinos, porque es seguro que jamás gozaron de una tierra preparada para la agricultura ¡Qué lujo!, y así, apenas asomó el período clásico por detrás del preclásico, quedó inaugurada la segunda mitad del tiempo en que persistió un Tikal activo. De la primera época, no hay testimonio escrito; en cambio, cuando el devenir de los ciclos dobló la esquina de las eras, el talento abrigó con el enigma de las representaciones jeroglíficas toda su gloria. En estricta disciplina intelectual, el genio del autor acudió para sus signos a los motivos de la flora y también recurrió a la figura humana y animal ¿Sobre la roca tallada, la inconfundible elegancia del estilo no se afecta quizá de un carácter hierático? Aquí, donde los susurros, el artista dio cuenta de la fecha más antigua de su civilización.
     ¿Qué vino a obrar en el corazón del Petén un pedazo de la gran familia mayesa?, ¿a talar aquel vergel para sembrar su maíz? ¿No explicará la religiosidad que todavía inspiran las eminentes ruinas adornadas con apogeos ondulados el interés de su industria? El incienso que obtuvieron de sus plantas resultó ser una valiosa mercancía, porque siempre fue indispensable la esencia para agradar a los eternos creadores ¿es concebible un rito sin humareda y olor penetrante? La fabulosa abundancia de las resinas aromáticas que aún es posible procurar en la espesura petenera, y el elevado precio que alcanza este tipo de producto en las poblaciones que no disponen de la obligada vegetación, pudieron asegurar a Tikal unos pingües beneficios que permitieron a sus moradores soltar las manos de los quehaceres del campo ¿Y el agua?, no percibí ningún murmullo de manantial suficiente, ni atravesé un riachuelo que bastase a sus habitantes; en el clima lluvioso del boscaje, supuse la respuesta y supe que subterránea, en forma de vastos depósitos, se halla la incógnita resuelta. La magnífica cultura que destilan sus piedras asemeja nacida de cuerpo entero del vientre de una deidad; sin embargo, esa fuerza sobrenatural no logró detener el afán de la floresta por estirar su hambre insaciable sobre la edificación colosal ¿Ni tan siquiera un dios es capaz de parar al monstruo vegetal que se devora a sí mismo?
     Descansé del sol aplastante que trae la mañana amparado por el único festejo verde que enraíza su sombra en la Gran Plaza -creí adivinar a la muchedumbre reunida hace más de un milenio. Sentí la vigorosa presencia de los Templos I y II imponer la dignidad de sus hechuras, y fue al querer medir sus alzadas con la vista cuando permanecí pendiente de aquella majestuosidad asentada en el Este y al Oeste. Más sosegado, retuve la tregua mientras recreé la mirada en dos enormes nidos de oropéndolas; las aves de Mocthezuma colgaron su vacío, casi del tamaño de los petates indios, del otro árbol que enfrente noté deshojado. Las acrópolis fijadas en ambos laterales aparentan proteger las proporciones de la armonía del recinto. Pero si es verdad como parece que la preocupación del conjunto no inquietó a sus alarifes ¿a qué tanto orden en el centro de la capital?, imagino al acicate enganchado en los secretos más hondos de su fe. Por las escalinatas de las pirámides treparon sus constructores para levantar el santuario encima; después de acabada la fábrica, los tonsurados ascendieron para encontrarse con sus amos, mucho más tarde los estudiosos y luego los curiosos. Desde que once años atrás visité México y admiré desde su base la Pirámide del Sol en Teotihuacán, indiqué con claridad que a ras de hoy en la historia son las divinidades y su corte quienes adeudan su descenso peldaño a peldaño, si en realidad desean hablar con el hombre. No es soberbia, pero decidí ya entonces no subir. Además ahora, cruzado el meridiano de julio, los vientos de verano soplan con demasiado calor.