El rito de las vísceras y
el mito de las maragullas


Detrás del antiguo Bar Manolo -hoy renombrado la Tortuga- tuvo su carpintería de ribera maestro Cristóbal. Al hombre al que atañó más lo acordado que el contrato, lo recupero hoy del olvido con su aspecto maltratado y el caminar indeciso; vestía con ropa próxima al desgaste y sus pies jamás encontraron acomodo en el calzado por el empeine ancho de andar en la arena. Desde que me percaté de él en la infancia, me impresionó su semblante del que se había esfumado la nariz -los otros comentan que un cáncer llevó a cabo el desgraciado estrago. De cuando en cuando, le sorprendí alardear de la terrible batalla que libró contra el mal con las armas del consejo de hechizo y los dones de las vísceras. En la puerta de su taller y atada al techo con un alambre, reconocí, colgada, una botella inflada con entrañas apretadas, sumergidas en un líquido algo transparente y por demás viscoso. Su carácter agrio disimulaba a duras penas su indefensión, exclusivamente la chiquillada huía espantada; en cambio, los mayores distraían su tedio -no valoro el comportamiento pueril- acarreándole molestias con dimes y diretes ¡Esmerado personaje que frena la temible enfermedad y no alcanza a dominar su peonaje de la necedad! No consiguió con la edad mantener su empecinado modo de ser, porque la base de su organismo quejumbroso se hundió trabajoso en la vejez.
     Por los años de mi pubertad, un navío para la pesca de altura embarrancó a medio centenar de metros del muelle. Al verlo por primera vez en el verano siguiente al accidente, del cadáver maderero únicamente restaba la osamenta de sus cuadernas. Puedo sentir aún el placer que saboreé casi ayer al margullar tratando de escurrir el cuerpo a través de su armazón, mientras procuraba esquivar los grandes clavos herrugientos ¡Desmesurado animal desescamado en la orilla!, tumbado sobre la espina dorsal, desgranó su historia de embarcar el alimento de humanos. En su interior, franco al oleaje, al sol y al viento, probablemente percibí los lamentos y risas de aquellos que amasaron en la hechura desgarbada sus oficios de sustento. Los días y el hurto actuaron en su naturaleza vencida y disolvieron su apariencia.
     No me enteré de nadie que en algún momento observara a las maragullas, ni recuerdo que alguien ahondara en los conjuros apropiados ¿con qué artimañas se evitarán sus calamitosas influencias? Los niños sabíamos de sus recios antojos de rapto si éramos reacios al regreso a nuestras casas a la hora en que la tarde no apaga todavía su luz ¿No aceché en más de una circunstancia los sollozos de esas bestias dañinas donde finaliza la inmensidad salada y con la noche encima?, me sobrecogí siempre que estuve a punto de escucharlas. Estas emociones del miedo quedaron desvanecidas por la brisa, desaparecidas con la distancia y perdidas a lo lejos. En cierta ocasión, el hermano de un amigo se entretuvo en los juegos de charco y no resolvió debidamente la obligación de vuelta; precedidos por su padre, los adultos marcharon a buscarlo: gritaron su nombre y alumbraron con fuegos de lumbre prendida las rocas que fijan la frontera fluida de la batida. El muchacho persistía inmóvil resistiendo al desabrido gusto del susto por el oscuro concurrido; atónito dijo que oyó -o quizá se impuso oír- el sonido ingrato de la alimaña marina. El retorno temprano es la conquista benéfica de la leyenda; aunque si la venida no sucede antes del incidente inoportuno, la parte nociva del mito paraliza completamente la acción emancipadora del sujeto que transgredió la norma -la insubordinación a la costumbre dispuso la inordinación ¿Con estos brochazos en la piel del tiempo lograré acaso dibujar los trazos de la atmósfera que aspiré?
     De pie en la franja mojada, coloqué en el Roque de Gando mi interés por navegar hasta él; lo consideré una cita adecuada en la que contemplar con mis propios ojos las noticias acerca de la abundancia y el excesivo tamaño de las lapas y burgaos que atendí en los relatos de la playa. Ya en los principios de mis juicios, soñé con nadar saltando de la punta de Las Cuevas y subir a la baja de Taliarte. Nunca llegué a efectuar tales cosas, tampoco me importa demasiado ¡Qué entrañables son estos peñascos varados allí eternamente!, opino que sus permanencias sostienen suficientemente la seguridad necesaria en mis períodos de extravío. Parece cumplirse la ley de que los atributos potenciales se transforman íntegramente en actuales al intimar plenamente el individuo, agotado de pruebas, con sus elementos referenciales. Me figuré cruzar lo que entonces califiqué de umbral de la hombría en el instante en que imité a los más experimentados y zambullí mi audacia en el agua soplada por el aire que comprime el océano en su embestida al entrante mordido en el risco: ¡bufadero! El bramido resuena en todas direcciones a la manera de la voz ronca de un gigante dormido -proviene del fárrago de bufa y mar que sale impelido hacia arriba en forma de columna blanca de espuma ¿Qué es en realidad este índice de vínculos sino un estilo sugerente de acuñar las coordenadas que rigen una vida?
     Por la dilución que confiere, quiero dejar en las afueras de esta evocación la mezcla hedionda del odio rumiante y el despecho precariamente contenido del que se dolieron las gentes del substrato; furiosos frente a lo obtenido por el que goza del estrato desahogado, no disculpan su debilidad al advertirla: la hieren ¿Cómo proceder diferentemente?, ¿por desdicha no deciden constantemente sus deseos quienes habitan las tierras más sólidas?, ¿alivian las angustias que los atenazan? En cualquier caso, es un factor que obra fuera del mandato del entendimiento, y por esa razón les resulta incontrolable la fuerza que escapa por las aberturas del embrutecimiento. Existe una única vía de salvación -remedio del caos instintivo-: el conocimiento ¿Pero qué estoy afirmando?, en aquella época de hambre, el padecimiento por sus estómagos vacíos les dificultó la digestión de argumentos.