La otra tarde vine a sentar mi añoranza
cargada de esperanza en la luz de Melenara


En la media mañana aún tiraban de la gruesa soga con que alargan la red; por la agitación del agua, notaba el momento en que la copa del cierre de la malla se aproxima al litoral -¡cómo disfruté del olor de la seba arrastrada! Marino era el eufemismo que apreciaban porque consideraban vejatorio el propio de su oficio; en cambio, digo que siempre me ha gustado como los he llamado. Por aquella época, estas gentes fueron los dueños de la playa; los veraneantes, ciertamente, los cogimos de improviso, y aconteció después que nuestros mayores empezaron con las habladurías en torno a las molestias por los trabajos del pescado -"ensucian la orilla", censuraban- ¿no advirtieron acaso que era sustento? Manifiesto por fidelidad a lo ocurrido que, al regreso de las barcas, constantemente reparé en un gesto de solidaridad entre los cercanos a los obreros del infinito líquido, y también recogí idéntica actitud de los que pasábamos allí la estación del estío: es empeño de ayuda por empujarlas p'arría. A intervalos regulares, al igual que en una armonía, todos pronunciábamos en alto un aviso corto, de ritmo lento al principio y enfático en su final "eeeh... ¡rei!" -nos asegurábamos de que la fuerza de cada cual se aplicara en sincronía.
     A la hora del baño, contemplé frecuentemente a las esposas del mar entretenidas en la labor simiesca del despiojo de sus hijas; pegado al vientre del que nacieron, las muchachas acostaron sus cabezas en los muslos que sostienen las greñas esparcidas. Registré sus símbolos dolientes -subdesarrollo y hambre- e imagino que cualquier cantidad -de lo que sea- representa por sí misma una ventaja espiritual. En tal cacería, las mujeres consiguen dilatar una porción de la espera con que aguardan el retorno de los hombres; sus conductas parecen abundar en que, realmente, se trata más de un síntoma de la pobreza que una causa originada en el rito. El resto de la jornada la ocuparon en los quehaceres de la comida ¿Qué dieta conservó a la familia del nómada del agua?, su supervivencia debió de exigir la existencia de sedentarios dedicados, tierra adentro, a la agricultura al objeto de completar su alimentación ¿Sucedió de veras así?, ¿quién sabe del dolor en sus abdómenes escondidos por detrás de las puertas de sus casuchas edificadas de cara a la brisa?
     Mientras el sol declina ampliamente y abandona para el siguiente despertar el rigor que dejó claro al mediodía, comienzan a salir de sus casetas -construidas con pedazos dispares de tablas y latas- los tipos rudos de pelear con la inmensidad. Vi a la mayoría sentada, a otros tumbados de barriga y apoyados en sus codos, y a otros recostados en los atardeceres pactando un ancho círculo junto al Bar de Fernando -desapareció, su solar es parte de un paseo-; los barqueros charlaban de sus asuntos y jugaban al subastao. Recojo con cuidado las impresiones que produjeron en mí sus sentimientos, porque en el despliegue del último acto de esos modos los leí en sus conversaciones y comportamientos a pesar de que a menudo afectaron ignorancia -quieren descubrir lo que abarcan los demás. Verdaderamente, coloreo la memoria al vivificar estas reminiscencias; en el recado del pasado, desvisto, poco a poco, los rasgos que no me son nada extraños, y por ese camino alcanzo a experimentar lo antiguo traído al presente con un nuevo y poderoso sentido.
     En más de una ocasión de tarde, observé montada en la colina de Clavellinas la bella plasticidad de la exageración y ostentación en las señales de aquellos conocedores de la vasta majestad -abanaban el viento con la camisa, inflada de esperanzas, que se acababan de quitar. El significado viaja, sin descanso, de boca en boca y de grito en grito: ¡manterío! Han oteado un banco de peces y juzgan oportuno ir a por el nutriente. En esas situaciones, los botes ceden precipitadamente su lugar del seco, echan el trasmallo y las más de las veces lo sacan llenos de recompensa compulsiva. Retengo frescas las estampas de avistaje y de nervios, apelo al testimonio de sus rostros tensos por el esfuerzo de remar con denuedo y a la exhibición satisfecha si la captura resultó buena. Luego llegaba el pesaje más acá de la efervescencia batida, el reparto y la venta. Hace ya mucho que se apagó aquel sueño hincado sobre el fruto extraído del sinfín salado, coleteando en el espejo negro de la arena mojada, y que expiró la hipnosis del montón de algas amarillentas revueltas con la espuma blanca de las olas reventadas ¿Quién presume ahora de Melenara con el hábito de entonces?
     Embebido en mis pensamientos anduve anteayer por los barquillos varados. Mantienen la quilla desnuda encima de los parales -maderos redondos y lisos provistos de una incisión, sirven de rampa y la embarcación resbala por ellos. En el vagabundeo tropecé con una piedra cuadrada con los vértices redondeados, delgada y de espesor uniforme -semienterrada reconocí la potala-; su peso muerto dormido en el fondo náutico ancla el casco que ondula a lo lejos. No permitiré que se separe jamás de mi mente la figura del puntón rodeado de un trozo de océano azul -del muelle, los temporales y los años desgajaron su extremo. Cuando niño me acerqué a esa mole por el lado del rebaje -el primer reto en mi aprendizaje de nadar- y desde joven coloqué en su escasa forma de peñasco emergido un gajo de mi espíritu que comenzaba a ser sugerido. Es obvio que vengo por aquí -escenario preferido- a reconciliar las desazones de hoy con mis ilusiones de ayer, pero afirmo abiertamente que la evocación de los elementos referenciales que dispuse en lo escrito no obstruyeron nunca en el recuerdo la evolución de mi estilo de proceder. En ningún período entorpecieron la progresión de mi sistema de pensar, más bien creo que contribuyeron de manera subyacente a situar mi pérdida circunstancial -durante los días bajos- en el espacio y centrada en su tiempo.