Donde sentó su fuerza una raza,
me acerqué a hincar aquello que aprehendí


Sobre la rocosa soberbia de la montaña singular y en el punto en que el día se parte en dos mitades, vengo a forjar la conciencia de mi pasado en Las Tirajanas. La deslumbrante claridad del mediodía de agosto carga de misterio su piel rugosa alrededor de las sombrías entradas a las cuevas aborígenes ¡Gigantesco monstruo duro!, tus escrutadores ojos del color profundo reservan la historia y observan el hoy expuesto al sol, ¿adivinarán así de cautos el futuro? En la dirección secreta de la voz, en medio de la atmósfera del mutismo de siglos, transijo con una revelación que me saca del cosmos iluminado de La Fortaleza a la esfera de las sensaciones íntimas ¡Qué dulce sentido es el de las horas muertas!, en esos dominios, no participan las alharacas, únicamente los argumentos y los sentimientos expresados en palabras quebradas. Cuando se difunde el olor de la tarde, los pensamientos persisten envueltos en una alegre ligereza -resumen evanescente destilado del entusiasmo serenado por el magnífico encuentro ¿Acaso en estos espacios no concluye por recalar subrepticiamente en el alma preparada una blanda indiferencia próxima a la melancolía? ¿Mereceré domar mi crónico desasosiego?
     Es cierto, no acerté de niño con el móvil de la prohibición de contar con los dedos; luego advertí que ejecutarlo mentalmente es una actitud más refinada del juicio; después, alcancé a captar que el esfuerzo de dilatar deliberadamente la respuesta frente a los estímulos a la debida puntualidad, manifiesta una actividad cerebral ya desarrollada, y hace ya bastante discurrí que la individualidad no era obligatoriamente una excentricidad. Aflojé desde entonces las amarras caprichosas de los prejuicios y comencé con dificultad a derivar por falta de calado; más adelante conseguí navegar con alguna facilidad por el mar de los naufragios -lo llaman "las vidas humanas". En las aguas peligrosas, señalé cómo se hundían un sinnúmero de ideas desmañadas bajo el peso insoportable de lo meramente decorativo. La borrosidad propia de la incredulidad movió casi siempre mi curiosidad en el rumbo donde se deshoja el fracaso de la percepción que es la paradoja. A pesar de que los sucesos relevantes corren el riesgo de flotar en la masa fluida de los años y extraviar sus señas, al traer a cada rato lo ocurrido hacia el presente a través del recuerdo, resalto determinadas regularidades y constancias ¿no decanto por esta vía poco a poco los rasgos esenciales? Opino que el propósito sostenido de llegar a organizar mi existencia, sujeto a la práctica, modeló mi sistema de entender lo que acontece, y, en la disposición de perfeccionar la auscultación de la realidad, ahora gasto más libertad para buscar o evitar la intervención que prudentemente anticipo de interés o desvío. El afán por descubrir el ordenamiento de nuestro proceder compuso el acicate que me impulsó a escudriñar sus significados; sin titubear, los hallo constantemente hipotecados de enigmas, y por esa prueba creo que la reificación y la reducción son los vicios opuestos más demoledores que obstruyen la labor. Lo digo directamente: el objetivo impuesto fue pretender aprehender tras la apariencia, en principio extraña e incomprensible, la verdad que esconde la cáscara de las criaturas -aprenderé a bucear en mi naturaleza y, con cordura, la conduciré con mejor calidad.
     Parece no tocar en suerte la duda: el hombre ascendió por la escala filogenética al puesto privilegiado de la cúspide; se suavizaron las prominencias encima de las órbitas y las mandíbulas abreviaron su tamaño, el cuerpo encefálico creció y surgió lo efectivamente fantástico: la creación y el uso de los signos con que ha declarado sus dolores y amores, sus desvaríos y las tesis. Adquirió el mayor margen de actuación fuera de la predisposición orgánica y por este motivo, precisa normar su gobierno ¿no esquiva audazmente la confusión echando mano de los símbolos? La cultura no es por tanto un complemento, ni mucho menos un ornato, sino una exigencia constitutiva de nuestra condición; es una cuestión por la que se viabiliza la inteligencia a la grupa del instinto, resulta ser la oportunidad de ser o no ser. Comprender las pautas conductuales implica toparse con las personas cara a cara y dejar de lado la intención de restar ímpetu a sus peculiaridades; estoy seguro de que de su examen pueden obtenerse los procesos que las sustentan y, al abarcar su diversidad, se me antoja que el estudioso está más cerca del conocimiento general. Si alguien lograse, a modo de síntesis definitiva, transformar todo este saber en sabiduría, hablaría con apenas temor a la pedantería de que habría recorrido completamente el camino.
     El fenómeno evasivo de aquel final del atardecer levantó una niebla en derredor de las oquedades abiertas en el macizo; filtró su andar la noche ineludible que despoja los efectos de la luz difusa y diluye las figuras en un arreglo con el inmenso volumen del caos negro. En el fondo del barranco hondo, consideré, por última vez, la garantía universal de las piedras abandonadas a sí mismas -rodaron tercamente sometidas al curso a oscuras del decurso a ciegas del mundo. En esos momentos y lugares, presiento a la calma grande, fachada adentro, consagrarse a concebir, a definir el temple y a concretar las emociones. Como si se tratara de una ósmosis anímica, la magia de la defensa indígena conquistada atraviesa la membrana tersa del aire hasta mi sensibilidad subyugada. Durante unos segundos, sorbí quedo el silencio cautivo y la sed de hechizo la experimenté saciada; rasgué esa recóndita eternidad y tomé la vuelta del inolvidable escenario -¡extraordinario! Solté en la cama las fatigas de la jornada y puse a trabajar la influencia de la razón en los soliloquios que mantengo al borde del sueño; no cabe callarlo más: aprecio sobremanera el sabor de la sigilosa elocuencia cansina al término de la vigilia. Cavilé, en aquellos frágiles instantes, que es la raíz causante interior, templada por la violencia del conjunto exterior de restricciones, la que se compromete con la evolución de las situaciones dadas en la edad anterior a las nuevas de la época posterior. Es, sin vacilación, la trayectoria de la marcha del tiempo en la que la forma progresiva brota con más frecuencia a borbotones enérgicos que de manera continua -en los períodos de los hechos agotados se retiene el avance, pero al acabar el duelo, las acciones se expanden sin freno.