Próximo al final
del ciclo cognoscitivo y temperamental, la esperanza



     El hombre imita al pasado más en el sentido de opción del ideal invariable que como predilección, es consciente de que aquello fue expresión de una colectividad y de unas circunstancias e infiere que ni lo minúsculo nace bruscamente -el presente no es más que lo acaecido caducado, y contiene asimismo el germen del futuro. Aprende al someter a prueba y pulir las nociones aproximativas en las fases en las que los aspectos sucesivos coexisten -se sobreponen, sin embargo, se señalan con facilidad. No otorga cabida en su cosmos a la añoranza vana que suscita simpatía por los caminos añosos, aunque conjeture que son más sabrosos y sólidos, se aparta de ellos oportunamente y pisa con agilidad los nuevos -de las preocupaciones de anteayer escoge sus soluciones, y recorre las alternativas hendidas en las incógnitas. Se requiere una curiosidad siempre insomne, no es básico rehusar a la tradición el miramiento supersticioso y causar cosas frescas; su osadía descompone la atracción de lo viejo que perjudica el despertar y la prosperidad de las irrupciones renovadoras, ¡tan escasas y necesarias! -si se abunda en la dirección desenmohecedora, no es difícil ambular en la holgura de la intención ilimitada y por la fructífera acción generadora ¿su signo característico no es la búsqueda infatigable? La prevalencia de lo preexistente no atenta contra la virtud ni contra la ética ¿no copia por desgracia más un anacronismo que una paradoja?; franquea el paso a una especulación en circuito cerrado que impide al devenir la más nimia contingencia, comienza la esclerosis del ambiente y la parálisis de la inspiración; falsifica lo genuino a procedimientos rutinarios -el mando del individuo sobre su entorno no madura- y conduce a un fetichismo que incluye la incomprensión de nuestra legítima entidad ¿no carga la fidelidad a la letra en su abdomen la infidelidad al espíritu? -ningún alimento ahíta plenamente a los innovadores con métodos derrengados. Los extraviados se empeñan en el pretérito o precipitan el ayer al ahora ¿malviven?, aguardan la defunción del flanco de los difuntos ¿no es preferible el olvido ingrato?, al menos evita la nostalgia, y anima a apreciar el porvenir.
     La promoción de un pueblo ¿es por suerte asunto de la etnia?, inequívocamente, proviene de las disposiciones coincidentes de conservar lo satisfactorio, acoger completamente lo practicado al objeto de perseguir lo último, y en su acepción superior vulgarizar los conocimientos; sus gentes tantearán, discurrirán y construirán con entera autonomía ¿el auténtico perfume de la sociedad no amarra por fortuna sus raíces en la variedad?, la docilidad no es más que pacotilla infecta. Nada, innegablemente nada se modifica si se permite su perduración en el maldito engranaje del interés de cada cual: astucia y violencia -¡destructores implacables que minan el sostén moral! Este proceder no propicia la formación de los iniciadores, mantiene estacionaria la comunidad y destroza su adelanto -¿si no se fabrica cerveza hoy, qué fermentará mañana? Unos miden su ingenio frente a la añagaza de los celos ¿quién es la presa y quién el cazador?, los motivos que aguijonean a los rebeldes y los empellones que incitan a los oponentes están, con suma probabilidad, a cubierto de sus mentes ¡sobrado cordel enmaroma las cabezas de los donadores y donatarios de tantos argumentos! El que las lenguas vigentes sean corrupciones de las antiguas no veda que se organicen comités de "salvación de la integridad del idioma" ¿ceguera de metas?, ¿admiten de veras que disfrutan del don de suspender el crecimiento? Corrientemente, no se advierte que seamos un segmento de algún proyecto, y esta volubilidad nos aplica a gozar al máximo; el grito de guerra es inconfundible: seso, acatamiento a las ideas y humanidad. La tolerancia y el eclecticismo son cláusulas excelentes en el contrato del florecimiento cultural y, aun sin que se remuevan los fundamentos, una revivificación entusiasta del meollo origina fecundos progresos. De la rigidez de los ritos a la elasticidad del tino lozano, se filtra una disyunción: o la evolución generosamente reduce a escombros la parte más insoportable próxima a cancelarse,  o explosiona súbitamente en una revolución que generalmente es respetuosa con las ansias y simultáneamente consolida aquello que engloba el anhelo ¿Lo que más desconcierta?, ¿no es el sobresalto del ritmo?, ¿o se arriesga alguien a confesar sus tinieblas acerca de estas mudanzas?, ¿fruto del azar?
     Los discípulos que vigilan al maestro en el uso de sus disciplinas recogen más de su ciencia que los restringidos a escuchar dictados ¿existe fórmula más educadora que la de atender cómo, aclarado el proceso del hallazgo, se desarropa de enigmas? ¡Edifíquense escuelas de recia techumbre ensogada con la fibra de la pedagogía!, y con total garantía emergerán los hombres en los que se manifiesta la imaginación, el propósito y la delantera. La tempestad de la ineptitud no mojará las alas del entendimiento, y el despabilar por la cognición de un puñado de estudiosos no agotará sus efectos. En cambio, si los que se levantan a la entrada del educador reciben puramente unas reglas inmediatas, de incidentes locales similares a los obtenidos en un viaje bajo la guía de un anciano ¿llegarán a algo más que esbozos, ensayos y promesas?, no más que expertos en hallar la huella de un animal oliendo sus motas de polvo; de aquellos que sentados en los pupitres oyen unos preceptos enhebrados con dichos anotados uno a uno -sus aptitudes innatas serán brotes abortados. Maestro, -¡exquisita misión la de dar y dejarte tomar!-, a diario riegas a raudales los corazones de tus educandos con discernimientos hondos y universales -en cualquier época se les transmitió a cualquiera y en cualquier espacio a través de referencias comunes. Enseñas a examinar y a percibir los modelos con un estilo ordenado y asequible -asimilables al desarrollo y a su encadenamiento- ¿qué válidas son las conclusiones que ganan? Después del período de emulación, los prosélitos se consideran dueños de su cerebro y de su ceño ¿por casualidad, la dominación, que al principio aceptaron con deslumbramiento y reconocimiento, no pesará en exceso? Así, al igual que la diligencia se percata de su perfeccionamiento en el postrer momento -sucumbe ante el tren- y el velero alcanza su apogeo sobrecogido por el vapor -lo expulsa de la inmensidad-, el destino del orientador es disiparse con la calma que endulza la tristeza de la agonía ¿no entrega lo supremo de sí y se prolonga en sus subyugadores por venir?, los hijos de su doctrina. Para la carretera es lamentable compadecerse de que poco a poco las ruedas de los carros hieran con más frecuencia las sendas secundarias -¿no las echan los raíles de las vías principales?- y la tierra apisonada se aflige de estrechar su empleo -intercomunica las estaciones ferroviarias. Paralelamente, trabajado por profundas sacudidas, el profesor sufre a sus alumnos que, en el transcurso de la emancipación por la estúpida comparación, se dedican a una reprobación dura, agria y a menudo injusta de las representaciones que cursaron; lo acusan de que su dialéctica formal es la de los escolásticos -no instituyentes-, condenan su autoridad y lo destierran de su centro -inducen a risa sus escrúpulos hipócritas-; lo que les desahoga es la barricada -muela de molino anudada a sus gargantas ¿Y la antipatía que les aqueja, no es la veneración anterior vuelta abajo?, ¿y las náuseas?, ¿no las provocarán los meados y las mierdas que resbalan y ruedan por sus neuronas? -el acontecer demostrará que estos sentimientos son de una fenomenal delicadeza, sólo a la espera de los arrepentimientos. Ávidos de elaboración propia, sus orgullos ofendidos se convierten en fuente de estímulos  -les falta el freno que detiene a las hipótesis más peregrinas-; surgen los instructores novicios que configuran a sus seguidores ¿alinean en sus cuentas que la información a la que obedecen o desconocen está marcada por su enculturización?, ¿no es la consejera del raciocinio? Más tarde, las concesiones recíprocas apaciguan y zanjan las desavenencias, las molestias se moderan y la paz revela la tendencia a la unidad que se ocultaba tras las rivalidades; el Maestro se ataviará de Consultor, afluente -su actual talante no es exacto, no obstante, se ajusta al añejo de una manera escalofriante. Resta un rastro de esas pésimas relaciones y de las condiciones ásperas en que se llevó a cabo la separación. No debes, Maestro, morir ni ser muerto demasiado pronto -el enunciado plástico de la sedimentación del tiempo decididamente no alteró tu rostro ¿qué subsistió de Cartago en su verdugos? ¡Qué raro, hace un montón que degusto desabrido tu punto de sazón y no desapareces!, las materializaciones esculpidas o pintadas sustituyen a tu realidad evaporada ¿y la impresión pública de que eres un indiscreto, una reliquia con el esfuerzo agobiado y la veta seca?
     El creador se anticipa a la erudición que penetra por sus facultades y compromete actuar su intelección ¿posee un movimiento peculiar hacia la sensación?; en un arranque irresistible, capta la verdad de una ojeada y no pilla asiento al emprender lo inédito mientras prepara la utopía -empuje vigoroso de la soberanía que apetece, ¿no se sospecha de las psiquis exoneradas? ¿Qué le precave de él mismo?, es la intuición de precursor que flota en los pliegues de sus incertidumbres la que se impone decisivamente a su brío. Cruza a nado los ríos que encuentra, menosprecia a los visionarios embusteros que portan finísimas túnicas de muselina, y a sus lacayos, que los transportan en literas de mano -se cuentan secretos en los visillos- ¿no comenta de estos hechiceros que son profetas devueltos atrás? Escandaliza a sus contemporáneos por sus audacias y triunfos que avivan su arrebato plasmador ¿y aquellos aficionados, por qué no doblan sus rodillas delante de su fantasía? Se aloja en una sempiterna excitación de su perspicacia y nota el poder de su juego en la transformación con que consigue comunicar un resultado -ignora su talento hasta que lo aprovecha ¡caprichoso desorden del temperamento! Ensancha su yo en una milagrosa unción del rigor de la norma con el sueño apasionado de su inaudito barullo extravagante -la creación, por designio, no tiene en absoluto que ver con la habilidad apoyada en el hábito. Y concretamente sobrevive por su voluminosa fertilidad en la erección constante de mundos, atado a unos pactos extenuantes que retoca sin cesar entre las vehemencias desencantadas en lo ausente, las exigencias dolosas a su idiosincrasia en lo reciente y las pocas ilusiones que custodia medio listas ¿por ventura aún en continuo desacuerdo? Hablo de ese vencedor y de su fogosa diversidad con la sublime licencia de investigación y de pensamiento que trastorna la esencia y reclama una posterior calificación. Su engrandecimiento es prolífico por la impaciente perseverancia por abarcarlo todo -capaz de reverenciar ¿sorprende que se niegue a detestar? De la extrema heterogeneidad de sus detalles, se desprenden los rasgos que distinguen a los personajes enérgicos -lo único no suprime el reverso, ¡jamás!, exclusivamente lo dilata ¿No son los contrastes que bullen en su temple, en sus gustos y en sus pretensiones, el regalo idóneo de los dioses a su competencia?, funde los elementos dispares y dota con ellos de apariencia a su empresa singular. Ciertamente, el espectáculo del chapotear de los titanes en el caos lo antepongo al de los bobos en el lodazal -lo escribió Hugo ¿Dudas de que el soplo abra las ventanas en los océanos y aliente dónde y cuándo quiera?, el encargo encierra un despotismo.
     La grandeza de algunos de mis idénticos es la que espeta el desafío descarado a las deidades -atrevimiento inverosímil en el encaramiento intraducible. El juicio de uno de ellos desencajó la Tierra del cimiento teórico -el canon envenenado soldó la bola achatada al vórtice- y la lanzó excéntrica en la materia, que se desparrama desde el desgarrador estallido del monstruoso átomo primitivo ¿No es en la agudeza de la observación, en la finura de la concepción y en la elegancia de la ejecución o quizá en el tumulto de la pasión, el lugar en el que se repara en la constitución del gigante?; la perspectiva conquistada por la imperiosa tensión de la situación y la figuración desbordada ponen a vibrar un elevado número de cuerdas reservadas, que desvelan copiosas resonancias y calientan determinados afanes recónditos de su naturaleza ¿Los tesoros del fuero interior acaban siendo utilizables?, dentro de un noble arquetipo de control, subordinados a una proporción que les confiera la sencillez adecuada a una armonía flexible -propensión pulcra y ligera- y protegidos por una pertinente compostura reflexiva exenta de inquietud -¿si la alegría la ubicamos en la ocupación, en qué ocasión interrogaremos al alma? El acuerdo en el que la lógica, la emoción y la sabiduría acordaron una alianza, respalda una tentativa admirable en la exaltación de esa persona; su genio anda escudriñando con fervor lo inexpresado, y apenas delatado el alto grado de su intimidad, acaso prematuramente, se desvanecerá desvestido por una ascética austeridad. En este o aquel caso -¡olvidemos el fracaso final!- es su voluntad firme la que efectúa la reagrupación de fuerzas ¿sus consecuencias no se perpetuarán en la memoria de la multitud?
     Detrás de la gloria efímera galopa el descontento, un revés conlleva el abandono y el desprecio. Se digiere mal, muy mal la cosecha favorable, y peor el éxito, y lo que es más terrible: a la magnanimidad del autor ¿no le regatean las monedas y con mezquindad la fama? Ordinariamente, las adversidades no aniquilan su esplendor, tampoco liquidan y ni siquiera logran atajar su envite, empero aceleran su decadencia al obstaculizar su estabilización. La actitud de aquel cuyos hados lo descuidaron, más que el remate de una expansión, es la evidencia de un repliegue: se refuerzan las particularidades que lo sentencian a demorar su desenvolvimiento, y al repetir indefinidamente las etiquetas equivalentes amanera su donaire. La letargia a la que le avasallan no se interrumpe más que por instantes de resistencia ¿y si el hálito primero desiste de bufar?, el dinamismo cederá su turno al estatismo y se asemejará al insecto que quedó enclaustrado en la gota de ámbar -coartándose a no perecer, pierde su arrojo persuasivo. El fariseísmo de los demás instiga al sensible a lo sarcástico y amargo, disminuido a residuos está al caer en lo uniforme traumático: la expiración. Ruina, cuyo valor dimana de su arcaísmo, es el testimonio mutilado, diferente e irreconocible -tal vestigio no incumbe ya sino a lo meramente histórico. Los que mejor superan la crisis son aquellos que escapan de la partida y callan en la oscuridad, la mayoría se quita la vida o la rinde. Con independencia de su término ¿no se les roba por añadidura el recuerdo?
     ¿Adivina alguien la posibilidad de descifrar al escindido por el temor de la fe, encandilado por el libertinaje y que no arrincona nunca el desespero por fundar sus engendros, a pesar de su impotencia?, ¡pero si se complace conjuntamente en la secuencia de los inversos: sopor y diversión, amor y odio! Aparenta que resuelve las posturas antagónicas enviando el achaque inoportuno al rincón más aislado de la razón; ¿cinismo?, lo experimenta porque el truco le ha funcionado. Con la piragua de balancín no conviene luchar con la brisa ni ir lejos aunque uno se sirva de cartas náuticas dibujadas en varitas de bambú -es una improvisación empírica y bragada. El piloto de un junco plano maneja un timón -con estampa de remo y reo de su pequeñez- y se tira a navegar más allá con viento en popa. El gobierno de pala ancha y vertical de la carabela obra con su quilla a merced del aire o ciñéndolo. Son reformas, evoluciones -no se desea que la expedición apure a la fatalidad-, o eventualmente revoluciones ¿Y desentrañar por la creencia en las criaturas la luz en su ostentosa desnudez?, es una tremenda clarividencia que categóricamente convulsiona el ánimo y supone positivamente una mutación ¡impetuoso impulso estremecido que nos substrae del sinsentido en un minué mágico! Desgajado definitivamente del ámbito del disgusto y de lo criticable corre todavía un fluido sutil, una cadencia misteriosa, una música que hipnotiza, una especie de levedad y de gracia danzante; es el acento, el gesto del que sugiere discretamente -¿recela de insistir?- y esa mirada que se desliza por el espejismo dorado de las aguas sosegadas -demanda el descanso en la línea ardiente de las estatuas blancas que recorta el horizonte azul tardío ¿Codicias seducir a las estrellas fugaces y exprimir su miel?, presume entonces que el Hacedor, en el modo de redactar su partitura, implicó un asentamiento que la comprensión obligatoriamente produciría en los pechos honestos -un afinado en el banco de los milenios ¿No opinas, amigo mío, distinto el poema inacabado del hombre?; sobresale su deambular tranquilo, amplio, rico y magnífico ¿no es su canto rotundo y majestuoso?