¡Te vi en América, indio!


En general, la irrupción de una cultura dominante con su potencial tecnológico modifica con tal rotundidad el ritmo tradicional de la cultura sometida que llega a destruir el sistema nativo que ha conservado el equilibrio de su sociedad. La apropiación particular del suelo quiebra la organización comunal del indio en personalismos exaltados, con lo que favorece la diferenciación de los sojuzgadores ricos -cortos en número- y la masa de desdichados. El conquistador apenas disimula su repugnancia por explicar y ampliar la nueva enseñanza a los vencidos, -pretende protegerse de las influencias disolventes que carga consigo-, siente que peligran la paz y el orden pero en realidad experimenta odio y recelo. La clase criolla instruida captó de cerca la fortaleza y el desmayo del conocimiento en la otra orilla; esa atalaya excepcional es la que le capacita para proporcionar los mandos de los movimientos nacionalistas, es la élite del pueblo sin el pueblo que con su paternalismo abusivo maniobra sin permitir que le contradigan.
     Náufrago en una república de descreídos, el indio, mitad hombre y medio bestia continúa aprovechado por los blancos y por los mestizos aupados; su imposibilidad de ejercer represalias legitima a los codiciosos el empleo de cualquier forma de coacción contra los que consideran homúnculos -seguramente héroes durante la batalla por la independencia, pero
ciertamente chusma en períodos de calma-: las dos civilizaciones -autóctona y europea- crecen separadamente. Desarraigado y sin estabilidad, la suerte del indio hermético y taciturno no ha mejorado en absoluto con las guerras de liberación. La soberanía política no ha sido más que un engañabobos porque no ha ido acompañada de una auténtica emancipación económica, no ha supuesto a los indígenas ninguna prosperidad: no han logrado más que cambiar de dueños; siguen siendo extranjeros en su mismo entorno y el fútil desarrollo que va a parar a otros bolsillos aleja de ellos toda esperanza de redención: no les alcanza la democracia en los asuntos del dinero. En los rincones de pobreza -del tamaño de países enteros- los agobiados ansían que se reforme este mundo y se entinte el enfoque del otro; no entienden que el actual paradigma ideológico fue edificado para entretenerlos vivos, no por incitación filantrópica que acabaría con su infortunio, sino por su utilidad como fuerzas productivas; la docilidad promulgada funciona por añadidura como una coartada no excesivamente impresentable para la justificación de su explotación. Los desgraciados, a su vez, componen con fe unos argumentos -reunidos del revés- que se nutren a dentelladas de sus aflicciones para que su vida ínfima no sea tan intolerable.
     El indio estima que ha adelantado cuando abandona la choza de adobe y se traslada a la casa construida con materiales menos blandos, pero percibe que su color de tierra decreta un obstáculo para el ascenso social. Este dique insalvable le impone permanecer lego y obcecado por el alcohol al margen de la actividad de gobierno: la mayoría numérica se ve así condenada a no ser más que una minoría sociológica. Poco se le prohíbe, pero nota en el ambiente que se le discrimina y ofende y lo llevan a cabo en titánica medida los pequeños individuos: el más estúpido y vil de estos borrachos es superior al más distinguido de los oprimidos, es una relación semejante a la que se da entre el caballero y el caballo -de grado o por el látigo. Subsiste el indio vegetando en una penuria atroz tratando de arrancar a los surcos de raquítica ventaja su anemia habitual y en un caos insostenible penetra con herramientas primitivas en las entrañas de las montañas para extraer el mineral residual. Su religiosidad es cristiana a la luz del día, oculta e inabordablemente demoníaca en la oscura noche de las minas y mientras deambula por los mercados, los chuanes y charlatanes a beneficio de sus dioses prenden las excitaciones de las que derivan los síndromes afanados motivados en sus carencias. Aquel cuyo destino es el mal comer aspira a una suavización de su espantosa indigencia; viaja comúnmente a pie porque las carreteras, los caminos y los transportes se han establecido para evacuar rápidamente los bienes en bruto sin atender a sus necesidades: son los accesos por donde entran los salarios reducidos y los comerciantes que ofrecen cómo gastarlos -componentes de la ruina del indio-; se requiere el paso de una administración colonial a una nacional para subsanar este estado de cosas.
     La mezcla explosiva de penalidad e ignorancia con su cortejo de plagas -enfermedades contagiosas por la higiene deficitaria, la alimentación restringida y el apetito escondido debido a las ausencias de los elementos indispensables para el sustento que provoca la famosa apatía, el fallo de la voluntad y la indolencia- es la responsable del corto rendimiento que obliga a una paga exigua con el que no puede solventarse la desnutrición y disminuye aún más la eficiencia; es un terrible círculo vicioso que se rompe junto al altar -iluminado por las llamas de los cirios- con el fallecimiento del más débil anunciado por un toque de campanas: la subalimentación le origina al indio su gran fragilidad física, pero es la subculturización la que le induce a su precariedad moral. No es designio divino sino antojo de los intereses déspotas y de la ineficacia e incompetencia arbitrarias de quienes cooperan con una asimetría injusta; constituye un desafío a la dignidad. La existencia de estas gentes ha quedado como un conjunto de procesos químicos a baja temperatura, sus cuerpos andan descompuestos y rotos en el vórtice del desenfreno de una abundancia extravagante; no conviene jamás confundir este daño con la herrumbre que arrastra, ni su situación de excreción con un fin estructural -apreciado como el método más perfeccionado para poner en faena a los desventurados. Con comprensión por el dolor, un hondo caso sin sordera y algo de bondad por parte de quienes adeudan oír sus quejas se consigue eludir los manejos por derrumbarlos anímica y positivamente.
     Al prepotente le preocupa que no se disipe la cortina de humo que tapa su lucro a partir de los que nacen al tormento y al sufrimiento: "todo es relativo", "hasta los más infelices son dichosos a su manera", son las frases tranquilizadoras más corrientes con que apacigua las conciencias que les interrogan por unas ganas vagas de curiosear sin molestar; ¿se plantea concretar lo objetivo en términos de expresiones subjetivas?, es complicado, e inevitablemente le conduce a unos desacuerdos de sobra formidables que debe rehuir. Con la caridad característica de señoras desocupadas de tez clara, fomenta la idea de que hay que hacer lo posible por ayudar a estos desafortunados y tras el disfraz de impulsar soluciones, amortigua las
transformaciones hábilmente para impedir las verdaderas realizaciones, de tal modo que en esa obra global no tiene cabida nada que liquide la servidumbre: es una perversidad atenuada pero nunca eliminada. Manifiesta un egoísmo aberrante que contempla la superpoblación -en la que campean la ineptitud, la escasez y la avidez del vientre- como una amenaza, y desde una postura de cinismo delirante contiene a los faltos en las reservas, haciéndoles sentirse tan inferiores que no cazan siquiera el vano aliciente de la protesta: esta resignación que los condena a la regresión no es más que una adhesión desesperada sin reflexión. El tipo poderoso padece un embrutecimiento al que no le desagrada el trabajo de la naturaleza salvaje que mantiene a raya a los estropeados en la calamidad donde moran -próximos a la muerte. Es monstruoso que la triple maldición de la insuficiencia, el analfabetismo y el terror prosiga insistiendo sobre las cabezas y en los estómagos; por miedo y mezquindad -unos brazos y unas manos baratas- no se aplica el tratamiento adecuado: saber, autonomía y riqueza. O ¿serán las deidades la conexión desconocida, invencible y fatal entre las acciones de los humanos y sus resultados?.
     En algunas ocasiones, la autoridad, alentada por la inteligencia progresista, intenta modernizar por la vía de la occidentalización -se engendra otra alienación-, pero si se hieren las convicciones que hunden sus orígenes en los privilegios, se tropieza con la costumbre apoyada paradójicamente por los miserables a quienes se procura promover y la apuesta por el mañana se frustra: ¡cuñas inimaginables del lado de las energías de estancamiento colectivo!, emerge una violencia que agrava todavía más los trastornos que se proponía remediar y se comprueba que los vínculos de subordinación son complejos y que es insensato linealizarlos en una simple cadena de causas y efectos. La confianza que provee la instrucción exige bienestar y no soporta más la tutela -es inútil desanimarlos del goce de la libertad que corrige irrevocablemente el desigual juego de empujes entre los subyugadores y los subyugados. La sentencia parece ser: "es que si no son demasiado desvalidos aprenderán a repartir su éxito, pero si además están informados acertarán a proyectarlo". Desde el punto de vista que se quiera, es preferible recetar educación, razón y persuasión, y guardar silencio, un profundo y respetuoso silencio en tanto se les aviste masticando su hambre amasada con la lentitud de los siglos, en el tiempo que el Amazonas exporta su fango al mar.