De la formación de los creadores
se nutre la descomposición de sus detractores


En los museos -pudrideros de boato- el sabio trata de arreglar aquello que le precedió en su ruedo hacia el absurdo; en los templos, el fiel con el calor de las súplicas hincha las cúpulas y quiere, a través de una tremenda negociación con Dios -lujo que insulta a la indigencia- recoger lo mejor para sí que deviene flotando en la suposición ¿No es el individuo vacío de ilusiones el dueño de su destino?, toda posesión inútil es un estorbo y un abuso. La inteligencia y la nube se forman y se deshacen sobre un fondo de nada; esta ley la cumplen igual las más fecundas. No hace falta pasearse por los cementerios, en muchos otros sitios es posible recapacitar sobre el olvido ¿Es imprescindible el tránsito del no estar a la fuga de la presencia?, la esencia pura se manifiesta después del tumulto fútil, de los esfuerzos en el barullo torpe y por detrás de las aspiraciones en la agitación vacua. En la noche, las estrellas no precisan la expresión compulsiva del poeta que se afana en colgarles por vocación de felicidad -atravesada de felicidad- las figuraciones que nacen en las aguas intrépidas de su espíritu.
     Los vocingleros, los rastreadores de fortuna y aquellos que ejecutan con profesionalidad la decapitación -fermentos del hampa- sólo en las citas del enardecimiento demuestran su capacidad de aliarse; por suerte, el desánimo que es más frecuente los archiva dispersos ¿Cuántos confiaron en la época heroica?, eran -dicen los prudentes- descarriados o aficionados a la soledad, de sinceridad tortuosa que desnaturaliza a la verdad; no es agradable pertenecer al grupo de los escasos que asumen el valor, suscitan al menos una chispa de hostilidad o de indiferencia, y resbalan poco a poco relegados al canal que se abre en los senos del fin escatológico ¿Y el montón de tipos que escoltan al arquetipo que viene aprobado desde arriba?, fue un paradigma secundario que hoy toman en consideración exclusivamente por vanidad; con una espontaneidad mitigada, andan preocupados por agarrarse firmemente a la manera de los pájaros en las ramas, por temor a caer no tienen ocasión de darse cuenta de la jaula que les impide volar: codiciaron un refugio que no es más que una prisión. A cada cual, en el trance de la elección, las contingencias que asemejan ser múltiples se reducen al optar entre la coherencia o su conveniencia: llegar a comprender el arte de persistir o aprender el oficio de subsistir -lo que sigue depende de ese instante ¡Qué cruelmente proyecta la historia sus retozos sobre las criaturas sin historia! Mentían al denigrar a los primeros conversos que no discurrían como ellos -que se empeñan en no inferir-; y en una orgía de desfachatez aseguran recientemente que las persecuciones fueron necesarias ¿no defendían quizá el orden del embate de la paz según el talante del momento? -embustero patrioterismo de porteras y alcahuetas. Despiadados, ríen, beben, escupen en el suelo, blasfeman y se desgañitan. Dejan suficientemente claro cómo son: ociosos y viciosos navegan su rutina; miran infinito sus melindres y muecas en los espejos enfrentados, ajenos al horror que se esconde afuera del salón; bailan al son de la estupidez y de la avidez. Hace mucho que se les extinguió lo fundamental, cuando aceptaron llenos de cinismo el calvario que engendra el deseo concretado a medias por los afectos frustrados: es un ambiente de apaños. Estiman que los convidados cometen el delito de nutrirse y estropean los manjares, aunque ven la acucia por echarles de comer; inmersos en un desprecio ceremonioso, los declaran cerdos -más tarde devorarán el exquisito jamón. Fingen al alabar a los de avanzadilla, "fueron grandes"  -es trabajoso ocultar que perecieron por ellos, rotos en sus energías quebradas. En las tinieblas de sus pasiones violentas, añaden el negror de su aliento a la oscuridad sin compasión al oír los silbidos del látigo y los resoplidos inolvidables de la consternación inocente por las quejas -¡tristes cadencias parecidas a los gritos que se encadenan al viento áspero en las ciénagas! Si en esa edad alguien se entretiene en escribir su búsqueda, es una persona honrada, lega en razas y castas, que ha tocado la existencia en su hambre de existir y relatará su pasado sin inflarlo -no lo sospecha balón. No se dura sin padecer a los hábiles -lamentables maniquíes-, a los astutos que equivocan la incorregible bonhomía con la apatía de la que se les antoja sacar provecho, y a los poderosos que notan roídos por las lentas agonías de otros los privilegios que llevan en sus testículos y en las hendiduras de los cuerpos de sus amantes: alucinante espectáculo de nuestra especie. Los pliegues amargos del semblante de los mansos sólo reinan en una de las Bienaventuranzas; sin embargo, no son sólo víctimas, componen la plomada y la escuadra de la humanidad -frágiles tallos que envejecen con dignidad y horadan el manto de hojas muertas ¿Son adivinables las imágenes que circulan por las traseras de sus pupilas?, ¿sus temples eran más fuertes que las convulsiones que surgen de sus honduras? El dolor envenenado es un sentimiento que se venga en el soplo de quien ejercita su valentía al objeto de domarlo, sirve únicamente de jactancia y obliga a volver a lo inmediato de la materia de la carne golpeada por el desencanto ¿Lograrán nadar por debajo del rencor y prevalecer del estremecimiento por las vejaciones sufridas, impasibles a las provocaciones?, ocurre en un entorno donde solamente cautive la entidad, en el que no importe afrontar el holocausto, ni discipline el miedo por el riesgo de consumirse en la sustancia que hierve. La distancia que separa a los que se adelantan de aquellos que quedaron quedos y desistieron de las oportunidades pendientes de sus linos y sus lanas es insalvable, incluso si adornan su jardín con las flores de los buenos gozos en la espera: es un sólido argumento de llanto. Las pruebas iniciáticas, para que surtan efecto, debe rebasarlas el que anhela discernir el cómo del conocimiento de la causa, pero no ha de recordarlas un minuto sí y otro también; no son puntos de referencia, más bien constituyen partidas inéditas, cambios de rumbo en la perspectiva del mundo; el perfilamiento más nítido de la personalidad al visitar las fronteras fluidas de la propia cobardía es asimismo una iniciación. Desde cualquier ángulo, son llagas perezosas en cerrarse, no es adecuado confundir el rostro de nervio desgastado en la trituración del tiempo ¿no sonríe acaso con dulzura en el modo que lo obra el mar al sol en un atardecer cruzado de chorros de luz?
     El descubridor de sus abismos y de otros reza a los santos y oye los cantos del infierno, los hilos que los unen se tornan visibles en sus recónditos rincones -el mito se esfuma frente al análisis-; recubre sus angustias opacas -orgasmo de congojas-, subsumidas en sus pensamientos, con ocurrencias burbujeantes: puso en una roca rodeada de océano parte de su inmortalidad. El hombre que monta a la vida como colma a una mujer expulsa de sí el sabor desabrido que embota el entendimiento, consigue ahogar la ansiedad de los placeres al satisfacerlos; libera así su magnífico magma íntimo y lo dedica sin velos al viejo juego de escoger, atreverse, comprobar y correr la inquietud de lo primordial en los motivos eternos. No arma un pretexto con el que gimotear en las sombras evasivas, sino razón de júbilo por haberse comportado con rectitud alguna vez. Perpetró su revolución interior, sumergido en un espantoso caos mientras se enjugaban sobre él las peores contiendas, sin apenas consentir ni tan siquiera un fracaso limitado -lo opina una deslealtad- que le encaminaría al desastre; si antes fue una alternativa, ahora es una urgencia perentoria; incomprensiblemente, de la debilidad organiza su ímpetu. Así, al cesar el marasmo, se extiende la originalidad de su evolución definida, y el prestigio que provee la congruencia mantenida en las circunstancias difíciles afianza sin violencia su contorno; sus ojos brunos aparentan examinar, y testimonian los secretos del alma que actualmente distingue: el problema sustituye al misterio. Se adapta al aislamiento al que le transportan sus reparos a las ligerezas de las pautas, elaborando estimulinas de lucidez; ya no es el discípulo dócil que imita -la antinomia de las concepciones nuevas y antiguas inmoviliza la dinámica del talento-, con actitud crítica poda su metafísica de los tabúes inaceptables -armoniza su creencia con la ciencia- y muestra con su ejemplo el estado de ánimo espartano que batalla ¿no despeja completamente el relajamiento? Al triángulo diabólico de la corrupción, la incuria y la incapacidad intenta aplicar idéntica campaña que la empleada para rechazar la suciedad, las moscas y las ratas. Luego con carácter explica y sugiere la lucha contra la miseria intrínseca; percibe que es más fácil superar las contradicciones por la persuasión que acudiendo a la coacción, y que las plagas sociales de ignorancia, desorden y enfermedad se combaten con la educación, sembrando honestidad y conducta ética y fomentando la higiene. El impulso instintivo somete su envite repentino a la actuación meticulosa por la vía de la reflexión, sube entonces a la superficie un aroma renovado, su sueño es la reforma de las conciencias; auténtica marcha del desespero por descifrar, a pie, empujando el carretón repleto con los trastos cultivados en un ardor por transformar las costumbres; se impone una extrema tensión moral y
física, tal que no acabe demasiado rápidamente con el entusiasmo por un decaimiento del ahínco -la lejanía de las metas a los resultados es colosal. En este rito de expiración y resurrección, es superfluo discutir acerca de idealismo y realismo, la retina se impresiona por la fusión integral de un pecho que se entreabre -es una fiesta de benevolencia ¿Qué lógica se pretende hallar en los temperamentos apasionados?, el sonido que se escucha es el de los instrumentos de cobre.