Los fermentos y excrementos de la Inteligencia


Calificamos de enorme nuestro espacio vital, repleto de irregularidades, y distinguimos, llenos de decepciones, que únicamente con los miembros no alcanzamos lo imprescindible inmediato, sino que precisamos útiles para abarcarlo -los hallamos y moldeamos ¿Y los útiles para útiles?, más tarde se descubren y de la destreza emergen los instrumentos. Posteriormente y aunque los asertos de las mejoras no son inquietantes, ¿no es lamentable probar cómo florecen los comentarios y los reproches?; algunas consecuencias llaman la atención por el riesgo del discernimiento que supusieron, y otras por la facilidad que proporcionan -es la era de las expediciones portuguesas que bordean Africa hacia la India. Llega una edad en que a esta mentalidad de toques y retoques le resulta imposible sobrevivir ¿los cambios sucedidos no precipitan a concebir ilusiones en planteamientos inéditos? Algunos tildan de antiguas las opiniones respetadas y revocan, faltos de miramientos, los criterios sostenidos -considerados inalterables a pesar de los conflictos que engendraron. Se inaugura una época de disturbios en la que se discurre aventuradamente y de quimeras por las que se suspira libremente -el ambiente de íntimo resguardo se ha desvanecido. Resalta con transparencia el espíritu indomable de extracto constructivo que despeja la sima crítica destructiva y produce un hondo impacto en los cimientos; agente natural animado que bufa su hálito alocado e invisible en modo similar a la fuerza inanimada del aire -es la firmeza de Colón en su decisión de atravesar el Atlántico hasta las Indias ¿Será demasiado intenso el ataque?, en la osamenta quebrantada de los escrúpulos muertos, encuentra su alimento de originalidad ¿podrán templarse de nuevo los nervios?, siempre ocurrió al nacer las ideas, y éstas tomaron de los siglos la serenidad. En un momento de la historia, pareció absurda la estampa de nuestro planeta en rotación, ¿no era acaso innegable que la Tierra persistía inmóvil y que las estrellas, el Sol y la Luna rodaban sin parar?, ¿no se confunde, a veces, la quietud con la variación inapreciable a los sentidos?, la ambición de consolidar ha de estar subordinada a la verdad desnuda para que no quedemos atrapados en el temible drama que organizan los holgazanes y los limitados al reducir -con inspirada necedad- la dimensión gigantesca de nuestro desafío -por su amplio significado, no es bueno retenerla jamás en las apretadas cercas de una definición ¿Es totalmente perceptible a nuestra identidad la estrategia que señala el camino por donde progresa?, ¿no son tan inseparables los vínculos entre los humores y la lógica como para expresarlos sencillamente por la básica ley de causa y efecto?, se ve aún a los artesanos que hacen girar alternativamente -en las dos carreras opuestas- el pedernal enredado en un arco que sujetan bajo el pie y batallan con la mano.
     En el individuo, su proceder personal es poderosamente subjetivo y está condicionado por el esfuerzo que soporta. La familiaridad de los acontecimientos lo convoca primero a la magia imitativa -prudente aleación de fe y de probabilidad-, luego, la índole de lo acaecido emplaza a la explicación que disipa las nubes asentadas en los cerebros, pero... ¿qué será de nosotros, desprovistos del hechizo convulsivo que suscita el llanto y el canto? La cabeza creadora contiene la certeza de que es la conjunción de la intuición evocadora con la sensibilidad el elixir que la dota de un ánimo en el que mana una fuente perenne de ingenuidad ¿no es evidente que los interrogantes abiertos se perciben asiduamente a través de los pliegues de la inocencia? Resolver el problema enunciado es obvio -cuestión de imaginación ¿Es factible que la esperanza y el talento se concilien a las afueras del voluntarismo y sin ceñir en exceso al entendimiento?, el estudioso examina cuidadosamente las relaciones de los conceptos para desenredarlos de sus sentimientos y traza el programa de su obra desde la convicción de lo que no engloba todavía: hoy ha de llevar a cabo el reconocimiento efectivo de la necesidad que deja palpar su talle, mañana ha de picarle el deseo de satisfacerla y pasado mañana ejercerá la intención de una actividad que ha de investigar cómo cumplir. Si admite que es inverosímil obtenerla rezaga lo indispensable, y su método, privado de audacia, es peor que inútil. El análisis y la síntesis acrecientan la coherencia que ordena el pensamiento por medio del juicio y de su verificación sobre la aspereza de lo que ha tenido lugar -¡formidable es la esencial humildad del docto ante los hechos!, y es que no sólo se aprende por la experiencia, sino que además se experimenta el aprendizaje -¡magnífico correlato!, se nota mientras el tejedor cuenta los hilos al reproducir los patrones en el telar. A la elaboración de los bosquejos y a la ejecución del trabajo, para que sean asequibles a la aptitud, les incumbe que sean enseñadas y asimiladas; la tradición ha garantizado la conservación de lo que germinó y prosperó; no obstante, ha sido la generalización la que viabilizó esta transmisión de los conocimientos y ha posibilitado su regeneración -la costumbre y la abstracción, ambas, aguantan la continuidad sobre la provisionalidad de las existencias ¿Podemos conectar nuestro pequeño cosmos interior con la fantástica creencia en el Hombre que quizá inventamos?, no debe recusarse esta actitud -desclavada del fondo- al desenmascarar algún punto en el que estemos equivocados -el enfoque sistemático que ayuda a desarrollar los modelos, con frecuencia descarría -olvidamos olvidar sobradas cosas. Hemos centrado en la mira nuestra aspiración agudamente obsesiva, menos por la pasión de subrayar la importancia de la postura que para captar el rumbo de nuestra presencia.
     El desenvolvimiento de la consciencia independiente de la práctica se somete al extravío más allá de la realidad -de las conjeturas a las adoraciones aberrantes, próximo a la locura-, es un arrebato afectado que estimula el ansia por escapar del mundo y prolongar la permanencia terrena en los vapores divinos -allí la acción consiente el paso a la contemplación ¿Con impulsos sincopados se quiere deshilvanar la legitimidad de lo desconocido?, este movimiento le adeuda muy poco a la rectitud y su alegato es casi esotérico -es el principio del fin.  La arrogancia que proviene de la ignorancia es un obstáculo para rebasar los impedimentos -frena el crecimiento en profundidad- y, sin embargo, favorece la vastedad del celo -se mantienen incorruptas las formas y se ahoga la exaltación del estremecimiento. La autosuficiencia -dureza del alma débil- provoca una complacencia que habitualmente degenera en superstición de ritos y mitos -mentiras envueltas en ropajes de dignidades- y en un fetichismo por los asuntos sagrados -¿no es preferible que eluda, el que padece esta enfermedad, tocar los objetos de los dioses alegremente si no está dispuesto a sufrir ásperas penalidades?; indudablemente, los fuegos celestes siguen un ceremonial estricto ¿A despecho de todo, le apetece a alguien suplantar con su autoridad al mismo ensayo?, es un perdido en el inframundo. Condenado a los ciclos y epiciclos infernales, acaba destrozando a los testigos de los aciertos. Prende la hoguera con los despojos de la Biblioteca de Alejandría en la que se calentaron las aguas de los baños públicos -¡hiriente destino de la lucidez!- y se regocija en los guijarros aventados por la masa que alentaron los monjes asesinos de Hypatía ¿No son estos los ímpetus que derriban los elementos fundamentales del sistema de referencias y tuercen los bríos?, ¡qué obligado y lento proceso el del raciocinio y el de las amargas emociones marchitas para diferenciar lo brujo del ámbito convencional de los símbolos! Quien violentó el cobre a oro aminoró la distancia -el fracaso se presagia en el brillo del latón ¿Por qué no abandona de un estacazo el rastreo de la piedra filosofal y emprende la búsqueda de su salud mental?
     Es admirable observar los soplos en la ebullición de los genios sin ocasión para el descanso, y con ellos la fascinación de sus tareas que formulan el desgarro en atrevidas combinaciones de esbozos y palabras. Es una etapa revolucionaria; sus protagonistas, que no son nada ortodoxos, con sus controversias remueven las raíces de la ortodoxia -las potencias positivas aparecen al comienzo de cada trance de avance ¿Era figurable que aquellos que se presentaban como los inconfundibles valedores en la defensa de los valores frescos se constituirían después de su triunfo en los vehículos de la devastación? En la cita mórbida de los períodos expansivos -superada la fase de conformación y cuando el misterio acorraló a la erudición-, las energías -desabrigadas del vigor inicial- se vuelven pasividades radicalmente estabilizadoras. Se renuncia al altruismo y se recuerda con turbación la estación encrespada, ¡qué difícil es evitar la sensación de pesadez por la herencia! Cínicos y escépticos fundan modernas doctrinas, hablan ahora de opciones plausibles más que de incisiones renovadoras y no son en absoluto peligrosos, mientras la Razón y su seguridad no compitan en el momento de la charla. Algunos fueron oportunistas que con habilidad remontaron las vicisitudes más crueles; ciertamente, estos especímenes no corren, vuelan agitando las alas de su sorprendente osadía y descaro sobre los demás ¿qué es para ellos el resto del género humano, sino puentes circunstanciales suspendidos en la meta final? Incapaces de grandes sugerencias, se deslizan impartiendo apaciguamientos, arropan a los tibios con la amenaza de la inestabilidad más o menos auténtica y amansan los remolinos de los actuales codiciosos con prebendas. Las llaves de los grilletes que atan la incitación exánime donde yace, cuelgan de la cintura de los carceleros de la cultura -deidades domésticas. El viento del tiempo pronto borra las huellas de la motivación y, exclusivamente, una minoría selecta comprenderá que la sabiduría -paseo a la bondad- es una compostura que brota en las hendiduras de la clarividencia al ritmo del aliento, sin violar la llaneza de la belleza. Esta excelente simplicidad -patrimonio de criaturas inteligentes- diluye la cordura propia y faculta para recibir a los entes -esa Mente omnividente que convierte sus ojos en el esmeril sobre el que se aguzan las propuestas. El que había permitido enfriar pedazos de hierro colocados en la dirección norte-sur ¿logrará orientarse al fin?