Delicada ingenuidad extirpada,
soberbia amortajada: reviviscencia


En las viejas ciudades, las calles bordean las casas en peripecias complicadas porque han de tener en cuenta el diseño irregular de las propiedades, los embrollos de justicia con relación a las posesiones más nimias enmascaran, en efecto, fidelidad a los recuerdos, cuanta mayor inestabilidad se advierte en los hechos tanto más se ambiciona la observancia del derecho; en caso de que la personalidad no abdique de su poder generador, convocará la norma con anterioridad al asentamiento; son entonces las viviendas las que se alinean a lo largo de las aceras -remembranzas diferentes- y las disputas por culpa de las esquinas hurtadas desaparecen. El ser con afán de ser es la veta pura del entusiasmo, mente independiente y apasionada por la belleza, trastorna los ambientes en los que gobierna la convicción de que a cada uno le compete resignarse a su desolación, nadie aún logró cambiar su naturaleza apegada a sus demonios y duendes, se entretiene con las deidades de la montaña, adora al Sol y se distrae bailando en la noche oscura, junto al mar y a la luna -comunión ardiente entre esencia y universo en un canto dotado de un lenguaje sensual. El vigor de su juicio es la fuerza de su pensamiento, ahorra estigmas de muerte, lo coloca en la órbita de la comprensión de lo real en fuga de ideal, es unción de descripción y analogía, sacrificio de su monodia a la armonía
de la reflexión acerca de sus sensaciones más amplias, retenidas hasta el hoy por la pudicia.
     Aspira al conocimiento en un mundo en el que abundan el engaño, el desorden y la pobreza de ingenio, sus entrañas perciben sacudidos sus cimientos por la revolución que soporta. Para él, la falsa aceptación de las nociones heredadas, so pretexto de proteger, en realidad, encuadra los conceptos, los inmoviliza, identificando el bien con el respeto a lo establecido; supone que es abuso de confianza del pasado, responsable de la fatiga por la costumbre desesperante; sabe que elevarse por encima de ellas habla de querer la vida de una manera tan lujuriante como sea imposible, en la que el mismo movimiento es así la violenta definición acuciante de la suma de sus abismos. Al señalar los confines, no hace sino denunciar sus anhelos, son sus fronteras de zona límite y no las de línea precisa las que le provocan querellas frecuentes con otros; la inmadurez llena de años continúa con su premura por afirmar feudos, agrava la lucha, son corrosivos los celos. A causa del brillo intelectual y emocional ajeno, flota en el aire la venganza mediana, la envidia, hongo venenoso engordado en manchas de patíbulo, desidia de imbéciles, nutrición de malignidad en cervices dobladas. Los perseguidores insensatos, pasivos personajillos disciplinados borrachos de empalago, generalmente protestan de las formas más que del fondo y cuando discuten de honduras se remueve el lodo -son arcabuceros que no discurren ni perdonan. Soplan vientos sombríos en el cerebro del hombre lúcido estrellado en lisonjeos depredadores que animan a la deforme bestia rectal inflada por un buen halago. Un hálito de vértigo azotó su ingenuidad, sufre de las fiebres que aturden y el conformismo social se apodera de las iniciativas que lo sobreexcitan. Asimila la verdad al éxito, se enamora de las creaciones prácticas, de una moral de acción, acorde con una voluntad de eficiencia y desecha los sucesos y afectos indubitables. Se revuelve vanidoso, charlatán, irritable, su existir no mejora mucho; construye de espaldas al alma, pone todo su orgullo en satisfacer su predilección de dominar el espacio y la materia, su firmeza despótica sirve a una megalomanía desbocada; son los dioses los que le atormentan en sus deseos soberbios, alimentan su insolencia, se vuelve hacia la expiración antes de redescubrir su vocación de proceder. He reconocido a los idólatras de la eficacia, a menudo son individuos de conducta pragmática, impregnada de un maquiavelismo de actuación que no los indispone con su conciencia. Es providencial e imprescindible por el momento, mañana será envilecido -dilatada serie de desengaños-, es laxitud en la espera; su aislamiento a ultranza aboca en un arcaísmo lamentable, de lo pintoresco de la situación no aflora su renacimiento. Imagina sin descubrir lo auténtico. Pasado mañana, si coge de nuevo las riendas, será engrandecido; presupone que salir de la durísima prueba agotado significa sometimiento a una tutela apenas disfrazada: la figura del progreso dentro de la libertad lo seduce ahora. No es asunto de admiración ni de indignación, es sólo un factor que conviene anotar, el estudioso lo distingue con luminosa evidencia: la historia no es reversible. Su debilidad, ante las categorías externas, asiste a la reunión estimulante donde su pasión sensible y la razón se codean, es la llamada de la reviviscencia -ni siquiera el aliento que las rodea perjudica su frescura. Alcanzado cierto nivel de identidad juega su partida particular en términos de eternidad y de necesidad; medita recostado frente al tiempo y su cadencia silenciosa le sobresalta; arremete contra la variabilidad a modo de regla, afinca su entendimiento en el invariante soñado en el que su proximidad es menos relevante que su ansiedad, la abnegación obra más llevadero su dolor. La emancipación del espíritu, surgida de la salvación de su sensibilidad, pasea su arrebato por la conmoción de lo sublime -orilla última de la humildad. Lo fantástico, lo genuinamente fantástico de su experiencia se nota más en la prolongación frágil de la textura de sus sentimientos que en la estructuración lógica de sus argumentos, aunque parezcan sugerir una ilusión de solidez.