El placer del conocimiento y
el éxtasis ante la preciencia


El pensamiento humano no depende de la sangre o de la forma de la bóveda craneana, es una trivialidad monstruosa que engendra racismo; ni se explica por un choque en el caos de los átomos mentales, ni tampoco por un fulgor fosfórico cerebral en el que se desvanece la ilusión de la existencia. Es, ante todo, coherencia esencial con la que el genio toma posesión de los pequeños archipiélagos de la inteligencia -diseminados por las aguas oceánicas de la ignorancia-; ¡cómo transforma y adapta sus inspiraciones! Las circunstancias quizá convenzan donde reside la respuesta, no obstante, el problema lo reconozco en conseguirla sin que se conmueva la esperanza -rara pasta, liga de la timidez con la audacia.
     Lo fantástico, lo extraordinario anida en lo natural, desde su levedad aparente se expresa lo sublime. Describiendo figuras caprichosas, el cuervo, en la magnificencia del vacío no se mezcla con el cielo, se yuxtapone únicamente -la paz permanece inalterada. Es el ojo a la distancia del poeta, en el deseo de no retener más que lo fugaz, el que recompone la apariencia, descubre los efectos más ligeros y cuenta que no es siquiera el movimiento lo que importa, sino la luz que permite verlo. La expansión del día se acercaba a su ocaso, y luego la catástrofe irremediable, la tinieblas de la noche: minutos evanescentes en medio del camino que va de un ayer a un mañana. La belleza es el esplendor de lo verdadero, decía Platón. La búsqueda de su secreto provoca constantemente al sabio delicado una tendencia al desencanto, a la melancolía y a la languidez. En el íntimo retiro, su ánimo oscila de la resignación a la desesperanza; ¿el espíritu hierve aún?, entonces su savia no se agotará jamás.
     Un alma más arriesgada se adelanta atrevidamente en los dominios de lo extravagante, cede a la tentación de rastrear en las fuentes de la imaginación el aullido metafísico y mitológico, la fuerza que prolonga la vida se siente elegida; sin embargo, no es más que su sueño amargo e insolente ¿Entre los pliegues de tus anhelos ansías domesticar el tiempo? Hazlo a partir de una creencia. No te inquietes, no te pertenece. No se deja pesar ni medir, si colocas el momento en una balanza, su masa se transmutó a otro instante, y si quieres fijar la hora, ya se fue. En cualquier caso, siempre queda algo de inacabado en la tenencia, en razón de la discontinuidad del objeto al sujeto. Hasta el mismo dios infinito, Cronos, está atado.
     Los que gustan más de los placeres formales son a menudo orgullosos, narcisistas desengañados que no esperan nada de los demás, o al menos son hombres desprovistos de curiosidad, extraños a lo que acontece, indiferentes. Pueden anexionarse mis derechos, en cambio, la inmensidad de mi soledad no la reparto, sólo la comparto -son mis instintos de revuelta contra la necedad. No cabe la menor duda de que la llama brilla para unos pocos iniciados, mientras los sensatos siguen a oscuras.