Reflexión intimista


Telde debería tender a constituirse en una sociedad más cuidadosa con sus hijos, en un afán de romper con la planaridad de sus pautas; le urge comportarse con exquisitez con las inteligencias, insuficientes, que son capaces de alumbrar, alentando la soberbia genial generadora del movimiento asimétrico hacia la verticalidad. Los recuerdos de mi niñez y adolescencia, en este sentido, son más bien tristes: el recelo por la burla, la sonrisa ambigua y el qué dirán, eran peculiaridades tan raquíticas que reducían al individuo de horma chata a un miserable punto, a la nada.
     Es ingenuo esperar a la criatura total, aspiremos a la diferente, con sus grandezas y por qué no, con sus recónditos tributos, aceptémoslo y respetémoslo, acaso desvanezca el amargo gris y origine un destello de color. Recuerdo a estos seres, seres que no detentaron poder, que tuvieron quizás el encanto, el sublime encanto de los eternos perdedores, maravilloso encanto; quisiera recordarlos en cada ciclo de mi ánimo. Lo hice con más ahínco en mis momentos de aflicción.
     Todo ya pasó, sus particulares ridículos y las vanidades estúpidas de quienes se cebaban en ellos. ¿Qué subsiste?, yo lo sé, cierto reloj de oro parado señalando la hora intempestiva de la marcha y algún anillo sin nombre; probablemente, el primero postergado en un cajón y el segundo detrás de un cristal. Reconozco hoy a esos caracteres apuntando ideas, descubriendo soluciones, bordeando incluso sus propias mezquindades. Son tonos. No son hombres enteros; son únicamente eso, creadores.
     Mientras camino por esta ciudad, en esas mañanas echadas de los sábados concurrentes, mágicas, evocadoras, con mujeres que compran en las plazas y entran en las tiendas, yo, que me la sé de memoria, en ocasiones me extravío. ¿Dónde están los monumentos de Telde? Me es difícil hallar referencias para retornar de nuevo a mi casa, acabo encontrándola, pero sería más hermoso si regresara entre obras sugerentes, ¡le faltan! -es cultura en la intemperie, la sabiduría emergerá en los rostros.
     En la hora singular de la siesta de esos largos domingos, en el implacable hervor sofocado del gentío, cuando las tardes parecen iluminadas, incendiadas de esa claridad de relámpago en las que las sombras oblicuas se recortan en las paredes enlucidas de mis paseos pedregosos, medito con dulzura el dolor, la sangre, el sudor, la melancolía y la muerte de la belleza desnuda, persiguiendo mi espectro extendido como una isla bruna y móvil a los pies de la existencia indiferente. Son los atardeceres en los que he amado el olvido, la embriaguez pura, la embriaguez del sol y de la luz: la plenitud.
     Desearía reincidir una y mil veces en esas calles desiertas de increíble blancura, en las que un semejante mío de abundante edad, solitario y de negro sombrero vuelve o va, en el incesante rezo de una vida, o a lo peor de una agonía. Procuro no quedarme, a fin de disponer siempre de la posibilidad de insistir. No hay mayor placer que el de no poseer absolutamente, y ante el temor de una fuga, una apelación, un instante, un recorrido atormentado de piedras, una persona, yo mismo.