A modo de introducción: ¿por qué escribo
acerca de la bella criatura desnuda?



     En un mundo en continuo devenir, donde todo se destruye y se recompone en el espacio y en el tiempo según un movimiento imperecedero -es más alteración inesperada que cambio de lugar-, escribo frases en el ritmo de la humildad solemne que asienta su morada en los alegres aledaños de la insolencia creadora. Mi lenguaje habitual es tenso y denso -alejado de esa suerte de álgebra que condena a valerse de las perífrasis-, proviene de mi tenaz obstinación por cortar, como secciona una espada de acero, los flecos del engaño a través de los que sospecho al hombre -momentos de penumbras rasgadas. Ese modo de expresión manifiesta una firmeza inquebrantable por desentrañar lo furtivo que presagio detrás del aliento en los ciclos de los reflejos apagados. Testifico que compenetrarme con mis congéneres y con la ortodoxia que imponen me cuesta lo mío, pero juro que fui cogido por sorpresa -¡maldito testimonio de impericia!- cuando huyó la fe que retuve de ellos durante el largo de una media vida, y perdí su contorno neto al presumir que se estremecía su rostro en un vaivén que se desmenuzó con el viento -la mutilación padecida por la imagen cargó con un repliegue hacia el fondo de lo que indispensablemente es figura.
     Cuando la congruencia del ser se avería, la desordenada multiplicidad de las oposiciones imprevistas -rasgo palmario de una clarividencia acusada- se metamorfosea a un chisporrotear de brasas en una florescencia que mana del subconsciente a la conciencia. Con la sonoridad aguda del manojo de llaves que se agitan ¿se tocó a rebato?, la desconfianza acogotó mi optimismo atrevido; sin fármacos aprendí a gozar de mis enardecimientos mudos y de la quimera por fundar universos a mi medida, pero la credibilidad en mi inconfundible destino se colmó de titubeos ¿Fue comprometedor substraerse a los ritos?, equivale a colocarse afuera y correr un trance lastimoso en una dura y prolija batalla que todavía late tenuemente con sus cenizas ¿Es inútil en las épocas difíciles la denuncia?, suscita escándalo y la adhesión a la que exhorta es difusa, porque las amenazas amedrentan abusivamente, incluso aunque se hayan abortado, ¡asusta el fantasma! ¿Cabe la esperanza en la desolación que copula con la desesperanza?, anoto que el perfil enrarecido de los semblantes admite aún reintegraciones paulatinas mientras se practique, con perseverancia y aplicación, la cura a los nexos reconstruibles que se agilizan por la metalógica de la forma perturbada; compruebo desde mi intimidad a los personajes de entonces, pero... ¿serían visibles desde la distancia?, ¿y desde la indiferencia?
     A despecho de los contratiempos, ¿o quizá estimulado por ellos?, en un desesperado intento, acarreé mi denuedo al borde de lo virtual, lanzado peligrosamente a la vanguardia de mis despojos para intervenir en el mecanismo de los resortes más básicos: el yo fenomenalista, el yo intelectual y el yo afectivo; y poder así redefinirme con la desazón con que por cualquier acotación contemplamos el yo legítimo. Reclamo exasperado saber, más y más, de aquello que concierna a los arcanos del yo; es un saber que supone aptitud inagotable de proyección en la ponderación, provee de horma a una actitud que conmina a columbrar mientras ensaya su consolidación ¿Es la férula de lo irrebatible el faro de mis pisadas vacilantes hacia la dramática discordia entre autenticidad, disidencia y coincidencia?, ¿o es la existencia misma -brutal y desquiciada- la que me guió hasta la pareja de conflictos exteriores e internos? No es sencillo codearse con los otros y a su revolución oculta, el protagonista asiste atónito por las implicaciones anárquicas. Con la ilusión de satisfacer sin cesar la afición de vivir, entiendo mi crecimiento por lo que voy haciendo, sintiendo y comprendiendo; rehúso postergar este solaz al envite postrero de unas memorias pregonadas como una lección del comportamiento de cada cual ¿Son una aportación de franqueza desinteresada?, de ordinario, las autobiografías deforman los incidentes con sus apologías y perpetúan una ofensa estética de la que resulta un falso histórico. Hechos sin exageración de molicie, ni de exuberancia, son una manera de percatarse de cómo se está en la Tierra -es lo que más nos atañe-; singulares e irrepetibles declaran la dimensión del individuo, la situación efímera de su tono genuino, su reconocimiento y, en definitiva, las previsiones tomadas para resguardar su entorno, mientras las horas se funden estrechamente con las áreas en un compás que configura a lo humano -los actos carecen de vigencia, su trascendencia emana de la actividad de aquellos que los han llevado a cabo.
     Antever el recorrido a cursar y el estilo de andar cuando los acontecimientos numeran apenas el punto de partida y el disparo, aconseja un tacto especial para no girar sin ocaso -vertiginosamente. Como acaricio la certeza de la flecha, decidí no ser porteador de la sagacidad que aprehende en bloques cualitativos; este cultivo conforma una identidad embrollada que no permite el análisis porque al mudar sus dictámenes a cuantitativos tropieza -se avista de repente que un montón es mayor que otro, pero... ¿es averiguable en cuánto?-; el cráneo de los que apañan ese presentimiento como mira se asemeja a una urna de cristal -cobija sus secretos, pero muestra sus croquis- ¿cuándo han producido sus propios proyectos?, ¿o son los que les han encargado para proteger intactos? No he soportado tampoco la intención de contabilizar meticulosamente las copiosas particularidades ¿alguna vez sostuve la tentación por el oficio de cronista?, respeto, sin embargo, su elogiable servicio; ni consideré oportuno operar al azar sin un bosquejo preconcebido, porque a consecuencia de la ausencia de método se abarcan cosas, pero de casualidad en casualidad, y al no fijar las reglas ni las anomalías cuando se roza tangencialmente el corolario al poco se traspapela -mi formación científica me lo impidió ¿Y los aparatos que asesoran para no equivocar la posición y el rumbo?, cuando no son precisos, el trazo es borroso, los objetos y los entes proliferan sin concierto -no menos de tres archipiélagos de las Galápagos se reprodujeron en los mapas de mediados del XVIII por el error con que se medían las longitudes.
     Algunos cavilan que la tierra para ser blanda requiere del llanto, puesto que las más polvorientas avinagran las regiones del hambre ¿no enseña esta argucia que el norte enarbolado por el sentido común entregado a sí mismo se aloja en los despeñaderos? Otros, que radican retirados de la costa, rechazan la objetividad de la sal, porque les es trabajoso concebir que tanto sólido esté disuelto en el agua y el océano prosiga siendo líquido ¿especular así no precipita a trinchar de cuando en cuando la solución?, ¿para cuándo reexaminarla? Los más renegados presupusieron que los fósiles eran peces despreciados de la mesa de los romanos por su falta de frescura ¿se ruborizarían al ilustrar por qué se agrupaban en bancos hipotéticos de tan desmesurada envergadura?, ¿esta argumentación no deriva de una arrogancia a la que es demasiado asequible inventar un sistema?, ¿no esconde ignorancia y déficit de valentía para emitir una teoría? En cuanto a la evidencia, no es un signo de garantía incondicional, ¿no es axiomático que determinadas proposiciones parezcan obvias y sean hueras?, ¿y que otras, en cambio, muy oscuras y remolonas, sean completamente exactas? Nuestro más selecto aserto flexible y penetrante es la cordura informada y honesta.
     Él atraviesa su período impelido por un nervio velado y escudriña su bienestar asentado en la plenitud del fundamento y el cariño ¡cómo el placer en ejercicio le espolea el renacimiento del deseo!, ¿no es por su sed de felicidad que acumula los más gratos?, al masticar el recuerdo en los malos tramos, su paladar pacifica el dolor. Persigue la madurez de su ser en la ataraxia y el sosiego ¿no arrulla con su hálito el equilibrio de la lucha emancipadora al ir desprendiéndose de las apariencias?, le atrae la soledad e irresistible es su exaltación por su soberanía ¿no se revela candente por los moldes de la belleza -vence los días sin pan, pero si se le extirpan los fuegos de la sensibilidad, su estrella desfallecida está echada.
     El dominio de la sinrazón expulsa de los libros la poesía, pero los poemas se refugian en los insomnios, en la pintura de un cuadro inacabado o en los instrumentos de música que esperan impasibles ser tañidos ¡cuántas veces sobrevino esto en los anales de las lágrimas y luego torció por sus fueros! ¿No refiere la locura desatada que lo que hemos leído, visto u oído ha de transformarlo nuestra emoción? Perseo, al desgajar la cabeza, desligó las ideas en la mano de los humores que palpitaron en el corazón del cuerpo que retiene bajo su pie -hirió de muerte-, se le nota la respiración cansada y su raíz extraviada, ¿no engendró, contranaturalmente, las líneas rectas y las circunferencias? -la amalgama del entendimiento y del sentimiento sí es perdurable. Digámoslo: el espíritu no obedece deslumbrado a las proclamas de la fría lógica privada del olor del ajuar, necesita además de la finura sensualmente acogedora. Es así que el quid de la concordia y de nuestra prosperidad se localiza en la triple tendencia al deleite, la merced y lo indiscutible ¿no ratifica más la talla de cada aspiración cruzarla que descomponerla en sus fragmentos? Pero como la idiosincrasia de nuestro hábitat es lo espontáneo y las independencias sucesivas, las demandas sólo se cumplen en parte; aunque, afortunadamente, lo que es alcanzable se identifica próximo a lo solicitado.
     No es fácil escapar al vértigo de los precipicios que se orlan al intentar la ruta que va desde el infinito matemático al metafísico ¿es el atajo a la Iluminación?, ¿están graduadas a nuestra escala las magnitudes incalculables?, ese tremendo intervalo no se incluye en un módulo banal, sino que se evalúa en éxtasis. Cualquier desplazamiento de esta índole tiene sus excesos, su espuma, despistarse en el itinerario conduce a los barullos más arriscados que cavan en la expedición la tumba de la catástrofe ¿Se menciona acaso que en el Partenón se usó como sustancia solamente el pantélico?, con esta moda de discurrir se insinúa un cerebro incompleto de ingredientes primordiales, y así, el histérico tantea las restricciones de la controversia; ¿qué ámbito se reserva para la luz y la atmósfera?, se denota con ello un defecto en la visión de conjunto -la arritmia se apodera de aquel cuya religiosidad no sea más que miedo.
     La encrespación de la tragedia y la huida como el amuleto del pesimismo inveterado ¿no son las desorientaciones de aquellos que se contentan con predicar su restitución a la naturaleza sin código ni moral? Los que emigran en las direcciones que sugieren las aves de paso apuntan arrogarse sus motivaciones -paralelismo remoto y estúpido-, y peor aún, el adoptarlas parcialmente, trabucando etapa con remate del decurso, los transporta a estados impredecibles, desastrosos -¡la odisea es terrible cuando no se registran expectativas de regreso!-, exiladas en cualquier rincón las gentes sólo rumian su alimentación y su arraigo, ¿no es la ociosidad la fuente más eficaz de su estancamiento y retroceso?, estos propósitos de manutención los entorpecen.
     El realismo de la observación amistado con la dulzura señala a quien combate en una esgrima atormentada con la extensión de su ser y de su sino como escuela de sapiencia: el silencio de la meditación, la introspección, la búsqueda de lo cálido, la mirada lúcida y una prudente moderación templada. Asombra su tentativa de atrapar el significado perfecto y dogmático ¿con sus frágiles facultades?, está lejos de ser terminante pero lo agranda. La vehemencia para divulgar en los discursos más diestros el fluir impetuoso con fidelidad, ocurrencia y en lisa cadencia ¿comienza al auscultarse un canto peculiar por endeble que sea y anidarlo cuidadosamente?, ¿su prodigio no lo avala su labilidad?, puede ser un indicio en el que se capte la sustantividad de las connotaciones y las pasiones para calar en el intríngulis de sus entretelas y revisar sus incompatibilidades; no es tan arduo entonces indagar el móvil de sus pleitos y delimitar al máximo los marcos de sus ambiciones para dilucidar y aclarar el misterio de sus reacciones ante los escollos ¿como autores o víctimas? La interpretación y no sólo la noción de los hábitos -¿corresponden éstos al antojo de los dioses por advertirnos?-, cuenta con poseer un gran talento, estricto e integral, para descender al detalle, reparar en los más etéreos y, desde su complicación desenfrenada fecundar simplicidad y calma ¿o llanamente basta con abrir los ojos y subrayar la abreviatura esclarecedora?, hemos de desencajarnos de la predisposición que separa la realidad ininterrumpida en estratos como si fuera un síntoma de su carácter.
     Aguijoneados por un incentivo global e instigados por la aventura del conocimiento, nos urge hinchar las metas ¿no es ésta la base propulsora de nuestros esfuerzos? Obsesionado por desarrollar y afirmar mi autonomía como sujeto pensante, subordiné ese aluvión a mis fuerzas, me ocupé menos de acosar a los absolutos que de estar pronto a lo que pasa -barrunté que la describiría ¿y demostrar su estructura?-, dimití de la eternidad en favor de la intensidad y avisé que entre las creencias y el caso no fracasa el encadenamiento infalible sino que están ligados por sutilezas más profundas. Convencido de que la presencia humana no es susceptible de glosarse como una inmensa hechicería en el desgobierno de un choque de albedríos caprichosos -¿no merecemos ineluctablemente el fruto de las obras?-, me empeñé como atento espectador en la iniciativa de salir de mi cáscara, con un ánimo manumitido y temerario, para desenmascarar a ese ser rico en complejidades y con frecuencia enigmático. Convertido en viajero de países apartados, sensitivo a todas las impresiones, con gusto por la novedad y provisto de una mentalidad adecuada para enfrentar riesgos -impaciente e inquieto-, escarbé con atención despabilada en el portentoso espécimen ¿no me disfracé a la usanza del cazador hábil que atina en el campo con las huellas de la pieza?, distinguí sus aromas, desde los más leves a sus acordes más barrocos; probé que sus composturas se editan en acaeceres semejantes y neutrales a mi coraje y a mi competencia ¿no fue entonces cuando recibí aquella incitación vigorosa que me encaminó a meditar sobre la relatividad de las pautas y la diversidad de sus estadíos? He de confesar, antes de seguir adelante, que jamás escuché a ese paladín mítico, el buen salvaje que vaga suelto, acompañado de su instinto, cabalmente dichoso, inocente y puro, sin malicia y sin gobierno ¿no será porque la ligereza, la quietud y ese tipo de apatía persistente me soliviantan al furor?, desde cualquier ángulo, creo que estos atributos en realidad son una inconsistente conjetura -temo de veras que constituyen un material idóneo para construir una espléndida leyenda.
     Origina pesar la insuficiencia de nuestras entendederas porque cuando las inferencias aparentan más irrefutables, repetidamente, hemos de conformarnos con rastros a pesar de que antepongamos el cheque escrupuloso de la tabla pitagórica. Por una intuición adivinadora que es hija del estudio, no acepté lo inconciliable y repudié lo absurdo ateniéndome a lo viable; tuve presente asimismo el brete de acceder a lo efectivo si no se enuncia lo ininteligible e inspeccioné lo que me rodeaba desprovisto de preocupación para no obligarlo a la arenga de mis fantasías; ¿no es en esta tirantez donde actúa la razón?, ¿hasta dónde se ha de llegar?, me arrastra. En las circunstancias de las versiones antagónicas opté por no elegir para conservar la ventaja de desbordar y destaqué un renglón sobre el que efectué la conciliación de la discrepancia entre ambas, ni a expensas de una ni a espaldas de la otra, pero si lo estimé irremediable, manejé con innegable destreza los preceptos de la verosimilitud. Por mi propensión a ojear con delicadeza y a experimentar auxiliado por el planteamiento, he ido recogiendo de la vivencia los elementos que he articulado para exponer mi perspectiva de él; ha sido un buceo por aguas recónditas, sus afluentes son los conceptos adquiridos, ¿y los efluentes?, las realidades en abstracto, que atendidas como conclusiones provisionales incorporaré inmediatamente a mi costumbre -eficientemente, confortan estos acercamientos al neúmeno que se erigen como imperativo de mi ser. Al excluir la anécdota, traté de descartar lo desabrido, y así generalizar, tras una labor de síntesis que postula una expansión para sobrevolarla, enfoqué y reuní los gestos decisivos para conjugarlos en su suma, los dispuse uno al costado del otro en un orden aséptico que suprime casi el éxito evolutivo -ofrenda de la cronología en la piedra sacrificial de la sensación-, despierta, regula el brote de los temas y salta la convicción como percepción de su conveniencia o no conveniencia -estas valoraciones las mantendré como válidas hasta que se confirmen enteramente o se acredite que simpatizan con las excepciones. Eludiendo el juicio y la admiración acabé por dibujar un retrato inequívoco de facciones rotundas y de relaciones que se sustituyen unas a otras, cuya nobleza más exquisita reside en lo inexpresado; persuadido de que cuando se entrevé la compacta y vertical ensambladura que no resiste el trueque de un segmento cardinal, la explicación se redacta sin más ¿el prototipo inmortal, ya? Vislumbrar la transparencia es más importante que repartir alabanzas y críticas. En ningún lance he maltratado formalmente a la verdad; quizá sean mis verdades de ayer, como en la estatua de Augusto el desvestido de los pies representa el último vestigio de la sinceridad de los héroes helénicos -los pasajes erróneos, más que demolerlos o eliminarlos, es mejor custodiarlos aislados. Igualmente que por los desaciertos en los cañoneos de los barcos el sinfín no dañó su sabor a sal, recomiendo a la incógnita inconmensurable de la persona que quede inalterada por mis apreciaciones imprecisas.
     Descubrí por aquellas fechas que en un pecho equitativo se instala un rayo del haz divino, por el que se eleva a la virtud, si tolera someterse a una robusta disciplina ¿desperdicia por ello sazón y peso?, ¿no se asila acaso dentro de la bondad su recompensa? Por esa puerta entreabierta, entra para abismarse serenamente lo más ilógico, chocante e insondable que le provoca un entusiasmo capaz de desclavarle de sí mismo en un torbellino que se adueña de su ser ¿no se nota que aflojan los recelos su estampa torturadora o simplemente desaparecen?, no más preguntas angustiosas porque ceja en su confinamiento la repuesta apaciguadora, flota el candor de la dejadez primitiva y el bien se vincula al discernimiento. Superada la crisis por una voluntad de condescendencia denodada -topé en las desgracias ocurridas con el preludio de mi progresión, la resurrección-, recupero el papel que años atrás asumí con ingenuidad, tesón y valor, todo junto. Más inclinado por un pacto honroso que del ala de la devastación, propugno que al que le complazca salve la cara para así consumir la corrupción del proceso, sin triunfadores ni rendidos ¿no es esto la subversión por antonomasia? El ardor cede así su cicatriz al sueño de la grandeza en pos de la unidad. Al diluirse las fases embarazosas -de desbarajuste subjetivo-, renovado en el despliegue de mi personalidad, arranco directo a las alturas como un blanco campanario en el aire, y no anhelo más que conseguir la hipnosis del esplendor y la respuesta. Encuentro finalmente lo que había rastreado sin desmayo, recobrar la paz al descorrer la Excelencia del Arquetipo esbozada en sus hechuras humanas cuya cohesión procede de la proporción y su composición asimétrica es una pura ascensión gótica. Exultante compensación a mis ansias en el severo desabrigo de los desiertos inundados de sol al abandonar el pálido cometido para amar sin tasa y explorar el Infinito ¿Es tarde?, ¿no debí aguardar tanto para propinar el latigazo al ingenio en la travesía de mi redención?, eventualmente, no la habría obtenido con las posibilidades, derecho y porte justos para despegar del desarreglo y del libertinaje las más hermosas irregularidades que hallé en depurada alianza con la legalidad de mi pensamiento. Renuncié a la temporalidad, porque es sobradamente público que el milagro de la sangre no es asunto de cantidad, sino de calidad. Ahora mi resuello no es más que una sombra sempiterna sobre el mar.
     ¡Qué inescrutables son los flujos y reflujos que nos remolcan! Al primer vistazo son zumbidos clausurados sin casi señas de consentimientos mutuos, como los términos de un diccionario, y no obstante, la especie se desenvuelve como si rigiese una ley marcada por dilataciones sistólicas que se suceden unas a otras interrumpidas irremisiblemente por sus diástoles ¿contrastados quizá como las partes de una sinfonía? Estas mareas erran con el arrojo y la diligencia de los que aprovechan las condiciones propicias para conquistar recursos más vastos o las descuidan mortificándolas al ahogo ¿La pinta de la marcha del hombre no se falla destemplada e irracional?, ¿no se hereda un descomunal despilfarro de sesos y de energías?, y sin embargo, el deterioro o desvanecimiento de uno de nosotros nunca es factible nivelarlo por otro. Prefiero vestir en escena a la interminable sucesión de hombres, a lo ancho de la epopeya que confeccionan, como un hombre indivisible que subsiste y se instruye constantemente a la grupa de la concatenación métrica del verso organizado por aquellas palabras catalogadas -¿no es por ello que la Idea de Hombre es análoga en cada uno de los seres inteligentes? Probablemente, ni caos ni cosmos, ni por supuesto un presunto e indestructible retorno, sino exclusivamente permanencia; siempre él, siempre, prolongándose tanto que nada ni nadie lo refrena.
     En la mente maravillosa se debate un agregado fatigosamente descifrable de abatimiento y de magnificencia, aunque procura promover un ambiente de acuerdos clásicos -entre su ecuanimidad y la deferencia- que sustentan las avenencias y despejan las turbulencias, pero en realidad no se entera de lo que quiere -le apetece tanto el pro como el contra. Contradictorio y desconcertante, su genio se asoma ávido a un Ideal que con asiduidad revuelve en lodo y bruscamente se exhibe intrépido en mitad de sus súbitas debilidades cobardes; manso cuando llora como un niño, e inopinadamente soberbio al perecer con una sonrisa en los labios -¡colosal cataclismo recurrente y explosivo!-; y no obstante, se burla de las exigencias de los principios inversos que lo rejonean a una ruptura intrínseca en vueltas y vueltas, pesquisa consternada: duda entre dos caminos, de los cuales uno le proporciona la seguridad momentánea, y otro horizontes más generosos. Solitario, acata únicamente a su inspiración para formular sus normas, las ásperas turbaciones traducen su osadía a oraciones repletas de incantación ¿no brilla en sus pupilas el horror por la compasión?, pero también tiembla
con la resignación. Sugestionable, sus licencias vibran en total amplitud y lo arrebatan a la prosecución de su impulso: lujuriante en el culto ciego por las aguas de los paisajes nocturnos que se derrumban en cascada. Ondulante cuando se pasea por los senderos serpenteantes, y tumultuoso porque envidia a ratos lo instantáneo y lo fugaz, deja de lado a la simetría y destierra a la armonía ¿no fascina su truco para inculcar lo mágico? La miseria, los sufrimientos y las tristezas de adentro ¿no enriquecen y ahondan su esencia esmerada?, fueron ocasiones de reflexión: la piedad, cima de su filosofía, lo induce a la ternura -patética frente a la expiración. Se trata de una criatura atractiva, con una imaginación excitada por un temperamento de jugador: doble o cero hasta el desquite; imbuida de que sus designios no se reducen ni a un accidente estrafalario ni a una implacable fatalidad ¿la soltura de su ademanes no delata una criterio rápido y dotado, mentor de sus hitos? Es más brío causante y pródigo que coordinador racional de la elaboración ¿no es en el trastorno de sus mezclados apegos y empujado por las potencias multiformes donde forja su paradigma? Las ganas por contener la estabilidad fugitiva vigilan el ceño de sus conmociones y filtra sus aspectos violentos ¿no le evitan formidables amarguras?, mitigados, le autorizan dividir los límites y desvelar confines más señeros y duraderos ¿En nombre de qué y de quién le piden pragmatismo a su desvarío por reformar la humanidad?, pone el dedo en la llaga y enciende la vela -defiendo que es suficiente. Este soñador fragua su psiquis en la vieja concordancia de los astros, su categoría equilibrada habla recio, con matices suaves y en pulcras consonancias ¿A qué viene entonces tanto pudor?, ¿no es más bella su estatura desnuda?