Alejandría: el descomunal faro apagado y
la esbelta columna al pie de los milenios


La luz compone el espectáculo cambiante del mar nombrado en las primeras civilizaciones donde la calma adopta la voluntad del equilibrio cromático que deshace su armonía en un momento y la recompone al iniciarse el siguiente. Elijo un lugar en el muro que guarece la ciudad del embate de las olas y me regalo la oportunidad del hondo olor a litoral. El salitre mediterráneo me trajo a la razón que no salvaré de ningún modo la estima del naufragio del significado de mi vida por la vía de la contemporización ni por la senda de la huida ¡Qué difícil resulta optar!, y, sin embargo, el temperamento perecedero de las ocasiones organiza la premura con que debo actuar, a fin de impedir que caiga el cerrojo sobre las opciones. Las cabezas bien amuebladas prefieren prever las soluciones a los problemas que nacen; por contra, las explicaciones de quienes niegan el acceso a la polémica carecen de brillo, quincalla ¿Para cuándo el divorcio entre idea e identidad?, tal dilución libera al individuo de sufrir la secuela del espejismo que sugiere el prestigio: los juicios gozan de importancia los exponga quien los exponga; y sea la persona que sea, lo que dice valdrá no por él, sino por la adecuación de su mensaje ¿Cuántos años me dará aún la muerte?: como del otro lado de la piel que fija las carnes golpean mis esperanzas, dentro del hato que envuelve el cuerpo expiran mis fantasías ¿Con qué bagaje de malos tratos llegaré a mi ocaso?, ¿qué volumen ocupará mi equipaje de felicidad?
     No discuto que en la esencia latente pesa lo ocurrido y contado; la ficción con que quiero tomar al abordaje lo que sucedió en las fechas viejas tampoco es ajena a sus influencias. La devastación mameluca me obliga hoy a una extrapolación azarosa en caso de que quiera restituir la memoria de piedra erigida con proporciones precisas. El espesor disuelto entregó su consistencia al impalpable fantasma de una función profanada. La pregunta "¿por qué?" la opino unida a la respuesta: la condición humana de construcción y destrucción, el poder. Su ritmo lo armó y desarmó más rápidamente que el compás de mi experiencia, y por ello no alcancé a admirarlo; y eso que me retiré convenientemente. Ávido acecho en la isla de Pharos por si descubro algún vestigio de la llama que esparció su efecto extensivamente en la Antigüedad -admito que no logro atrapar la historia, siquiera un instante de su permanente fuga. El torrente de sensaciones dista sobradamente de agotar la totalidad soberbia y encima, el mundo del que soy testigo no se deja reducir al ámbito de mis anotaciones.
     Al enunciar "cualquier tiempo pasado fue mejor" ¿a qué época nos referimos? ¿a los períodos anteriores a la realidad de cada cual, a nuestras edades más jóvenes o a las perspectivas que teníamos de la crónicas mientras bullíamos en los procesos de maduración? La mezquindad y envidia con que acosaron a Fidias por su genialidad -¡cómo la adoraba Pericles!- no emplean menor calibre que las usadas por los miserables del día corriente ¡qué infinita es la lucha!, la monótona consigna ciñe a sus compromisarios al objetivo de derrocar la claridad que instaló su sitial en un cerebro. La enemistad de la creación descargó desde las eras olvidadas, y en la actualidad tasa su odio con mayor lastre en los ejemplos en los que el arquitecto de sus planes no purgó sus ansias de eternidad en las piaras de la canalla.
     El fermento que produce el sentimiento de lo nuevo que se rasga frente a los ojos desaloja de la mente las reflexiones que no conseguí completar en la conducta cotidiana -terminar con el carácter redondo de muchos de ellos me es más laborioso en los entornos habituales. Por ello me substraje a la ilusión de la seguridad doméstica y ya en el inicio del movimiento percibí los brotes del conocimiento. Me acerqué al homenaje a Pompeyo ¿no evoco con ello el resto de un precedente abolido en pie?, en la dimensión del presente, la belleza vertical que contemplo no necesita transportar mi alma milenios atrás, y la única concesión al retroceso la obtengo de una lámina en la que observé a Napoleón vigilando la medición de la altura de la figura por medio de una cometa -magnífica estampa la del viento y la pericia en la cuerda que mantienen durante la corta operación en el aire el juego frágil alrededor de la indiferencia pegada al suelo veinte siglos, dedicada en verdad a Diocleciano. Por doquier en Egipto distinguí en el cielo igual entretenimiento sujetado por niños ¿constituye una huella francesa de entonces?
     Hemos de aceptarlo, el globo azul avanzó muy poco por el camino del respeto, la tolerancia y el aprovechamiento del talento: el desarrollo de la tecnología engordó los vientres de bastantes -todavía demasiados no lo disfrutaron- y, no obstante, abundan los pensamientos famélicos parecidos a los exudados del pretérito. No echemos todo el pecado en los hombros de la raza depositaria de la inteligencia, ya reconoció que en la infancia de la cronología recurrió con urgencia a disponer de lo básico; por ese motivo, los métodos con que ordenó lo natural, y por ende el círculo superior, asemejan salvajes -el espinoso recorrido cultivó a los hombres. No cabe dudarlo, los adelantos afianzan la facilidad con que llevar a cabo los proyectos, pero las ideas que los originan son previas a sus conclusiones y el manantial de las que emergen es patrimonio exclusivo de héroes aunque pretendan robarlas los ineptos. Culpo a la considerable lejanía que separa de las criaturas al astro que desaparece por occidente de la sordera hacia sus discursos. Confieso abiertamente que al entrar en este viaje lo hice sediento y me bebí por entero sus desiertos; ahora que regreso vuelvo borracho de imágenes que tradujeron mi desasosiego al lenguaje del reposo. Marcha conmigo la inalienable propiedad de los recuerdos que redactan mi ayer y anteayer ¿no defienden además el ahora en que existo?