Siwa: formulé en el oráculo
una pregunta secreta


Reconocí en el rumor de las palmas inquietas de aquella mañana un dialecto del silencio; lejos del mar no diviso el confín de la elemental inmensidad del océano de arena que ahoga su extensión en el litoral. Recuerdo cómo me impresionó una monstruosa mezcolanza de habitaciones arruinadas protegidas por el espectro de una fortaleza que amodorra su letargo en el corazón del oasis de Amón; la defensa levantada con el barro impregnado de sal que tomaron del suelo resistió los ataques -en una época, los beduinos que se atrevían a escalar sus murallas gritaban al asomarse al interior y desaparecían. La población residía dentro del recinto resguardado y las caravanas pasaban la noche afuera. El conjunto inexpugnable forcejeó con los vientos, el tiempo y la sequedad del ambiente, pero el enemigo insospechado bajó de las alturas en forma de un repentino diluvio de días que diluyó el mineral y derrumbó las paredes. Aguanté la fuerte hoguera prendida en la tierra contemplando largo rato la presencia fantasmal de la colmena despanzurrada, y vagué por los estrechos pasillos del laberinto de ladrillos y fango áspero, cubiertos de los celajes únicamente por la intemperie diáfana y los millones de estrellas que colonizan la bóveda enigmática africana ¿Por qué apetecía a tantos el baluarte?, Siwa constituyó un punto cardinal en la ruta a La Meca y reparé en la sangre negra que deja usualmente descendencia en los lugares importantes de venta de esclavos. Cerca de la destrucción apocalíptica advertí la Colina de la Muerte; sus tumbas horadadas me parecieron enormes ojos oscuros y profundos, abiertos en el color de miel de la montaña -en 1940 sirvieron de refugio antiaéreo, hace diez lustros que Rommel inspeccionó este escondrijo del mundo.
     Los restos del templo del oráculo perseveran erigidos encima de la Roca de Aghurmi, a pesar de los siglos y los declives que traen inevitablemente consigo. El sólido documento antiguo trunca en su alzado la tentación del placer de la palabra, el material duro contrarresta la debilidad de la memoria y los cimientos de la edificación tienen la hondura a la que los hombres consuelan la credulidad; las viviendas semiderruidas ahogan el patio de las procesiones donde las mujeres ataviaron de blanco sus cuerpos. En el 450 a. de C., Simón recurrió a los sacerdotes -ansiaba conocer el desenlace del cerco al que sometió a Chipre-; los enviados recibieron a modo de respuesta que su marcha debía de ser inmediata, porque el interesado moraba ya con los dioses. Su vasta fama atrajo a peregrinos a través del Mediterráneo y desde Grecia hasta Marsa Matruh los trasladó regularmente una galera ateniense. Prometo que si regreso al gigantesco olivar no solicitaré la mayor suerte humana, no quiero que me suceda lo que a Píndaro -en breves meses falleció-; y juro que visitaré las posadas de agua perdidas en la nada estéril y disfrutaré de nuevo de la brisa del atardecer del Nilo montado en las calesas de Luxor.
     No se ve con frecuencia a sus hembras en la calle, trajinan toda la jornada en sus moradas y, de las pocas que distinguí, me informé de que humedecen sus cabellos con la esencia que extraen de las aceitunas; llenan la atmósfera con sus habladurías y se escabullen por cualquier rincón. Leí que en el capricho del desierto existió una incontable suma de fuentes, aunque hoy no afloren más de trescientas, y anoté la paradoja que drena imparable hacia la planicie amarga -eleva su nivel y quiebra los campos. Observé casas abandonadas en dominios ahora yermos, otrora fértiles. Los peces que ondulan en las acequias me aseguraron que los introdujeron por su característica depredadora de los huevos que depositan los mosquitos de la malaria. Anduve por el pretil del Manantial del Sol y entretuve mis sueños en las gotas de aire que noté emerger de su fondo; cosquillearon la piel de Cleopatra al nadar en el estanque redondo; Alejandro el Grande y el incansable Herodoto zambulleron asimismo sus calores en la superficie que asemeja hervir tras el ocaso. El líquido dulce que burbujea se origina en las lluvias pertinaces ecuatoriales; complazco mi espíritu en el final de un viaje de millares de años que cuela su flujo cansado por las fisuras hondas, ahí abajo. El transporte habitual es un humilde carro; su parasol chato suaviza la tiranía del fuego caído del cielo en mi cabeza, lo tira un burro guiado generalmente por un niño -karussah la imagino una corrupción proveniente de la supremacía italiana en Libia.
      El agradable fruto dorado es nutrición y comercio. Con el tronco fabrican balsas y puertas, y señalé que ejercían la función de vigas de sostén; utilizan las pencas en los techos y con las hojas confeccionan esteras y cesterías; tragan el licor fresco y lo fermentan en secreto. Es cierto que una persona plantó un considerable número de datileras -su calidad resulta de las mejores del norte del continente- y benefició la agricultura; y también lo es que condujo de la ciudad santa árabe a treinta familias que se asentaron al Oeste -su empeño en favorecer provocó en esta esquina inusitada del globo y aislada del país la lucha de los orientales contra los occidentales. El zagal -un criado que adeuda a su dueño la faena de crepúsculo a crepúsculo- cuidó de los bellos jardines -gozan del desorden salvaje que los viste de un lenguaje más natural-; oí que dormían en los vergeles para evitar el entendimiento con las jóvenes. Probablemente, la prohibición de casarse antes de los cuarenta condicionó de alguna manera su inclinación homosexual. Los varones contrajeron matrimonio entre ellos mediante contrato, la visita del rey Fouad en 1928 canceló la costumbre y sus libertades las hallaron a partir de entonces en las cúspides vegetales cantadas en oraciones de encierro -apenas quedan quienes trabajen por cuenta ajena. En esa etapa se construyeron los muros de piedra de los nacientes; además, el monarca facilitó las más recientes técnicas de labranza y ayudó a que vendiesen sus excedentes. Aclaro que no pretendo en absoluto satisfacer las carencias que padezco buceando en la vieja historia; siempre se sufrieron, incluso al cambiar sus apariencias; y nunca fue el ensueño de lo ocurrido la vía de colmar mis deficiencias.