Abu-Simbel a salvo del mar
que Nasser plantó en mitad del desierto


Recorrimos los trescientos kilómetros de asfalto que alejan Abu Simbel. Bajo el inmenso ópalo, la pródiga soledad de difícil refugio vuela a escasa distancia del polvo, la novedad calla en el trayecto su sobresalto, y el grito secreto del desierto extiende por la piel ardiente su monotonía, perturbable únicamente por el viento; ni siquiera el tiempo al vagar su abatida atención por tales parajes salvajes rompe el silencio y la calma infinita ¡Qué formidable resulta el espectáculo determinista en que percibí las concordancias externas indiferentes a mis contradicciones internas!, experimento la exaltación del eco agotado que alimenta la sospecha del nutrido grupo de espíritus mecidos por el aire y esparcidos en los remolinos de arena durante las tormentas. La carretera -galería abierta en el infierno- conduce a una maravilla que la cronología perpetuó más de tres milenios -de cuando una espléndida cultura intervino en una extraña naturaleza- y el hombre contribuyó a preservar lo extraordinario apenas anteayer. La técnica hizo posible trasladar la maestría grande cortando su solidez en mil cuarenta y dos bloques debidamente codificados; instalaron la colosal herencia a mayor altura, porque nadie quiso que su estatura sucumbiese para siempre en la batalla que sostuvo contra el nivel del agua que crecía con el muro de Assuan -a punto mantuvo el río retenido su amenaza de constituirse en tumba líquida. Se fabricó una montaña artificial -unas cúpulas descomunales de cemento sustentan la actual cima.
     Ramsés cavó los templos en la roca firme y, en la terraza del más considerable, erigió cuatro fenomenales estatuas casi del tamaño de la elevación -parecen emerger de la fachada del macizo. La disciplina grabada con sobrado talento manifiesta un orden primordial -incluso su cáscara, ¿acaso no declara la colina claramente el surgimiento de la creación del caos? La fuga vertical de afuera muda a impresión grave en el baño de sombras que escapa por las estancias exquisitamente decoradas en su intimidad. El loto y el papiro, que encarnan una y otra parte del señorío del Nilo, y los buitres del techo defienden el recinto y el nombre del rey. Las dimensiones gigantescas de la ejecución y el detallismo de la composición menuda que acata las desmedidas áreas de sus monumentos, aquí hallan la armonía más perfecta. Aparenta estar edificado a despecho de las motivaciones evidentes de la razón práctica; no obstante, mostró a los negros del Sur la magnitud de los poderes y el escaparate de sus tesoros, y es que los de más al Norte codiciaban el oro de Nubia -nubo, le llaman al metal amarillo en su lengua. Medito sobre la copiosidad de símbolos labrados y pintados en los que el faraón aniquila a los enemigos de su raza -turbulencias de la epopeya humana- soporta un rendimiento de obediencia por la protección. Las imágenes conservan aún sus brillantes colores. En cada patio uno se encuentra en un rumor antiguo repleto de belleza y encanto; Nefertari y su esposo gozan de la lozanía de la juventud y del frescor de las flores que adornan sus manos.
     Desde épocas inmemoriales las gentes llanas respiraron hambre; por ello, las enormes riquezas que se sabían garantizadas en las sepulturas de los monarcas y en las glorias de piedra levantadas a los dioses movieron al robo a los propios egipcios -en el siglo XIV, los buscadores por su cuenta pagaron un impuesto como si de artesanos se trataran. Los persas se sintieron atraídos por el hurto, los romanos también cargaron con reliquias en calidad de trofeos de conquista -Adriano y Diocleciano hermosearon profusamente sus palacios-, los bizantinos no se quedaron dormidos en la orgía de llevarse a casa lo ajeno. Pero entre 1810 y 1850 se dio cita el más desenfrenado expolio: los Cónsules Anastasi de Suecia, Orovetti, Minaut y Savatier de Francia y Salt de Inglaterra procuraron el firmán -documento que les permitió excavar, contratar aventureros y peones nativos. Los museos de Turín, Berlín, el Louvre y el British confiesan a voz en cuello la magia del país de la orilla de los vivos y de la ribera fúnebre. Y en el oficio de colmar la historia, el famoso ladrón de los descansos eternos Mohamet Abder Rassul, al brindarse a colaborar con los arqueólogos, llegó a ser nada más y nada menos que el jefe de la guardia que custodiaba el confín occidental de Luxor.
     Me embarga la sensación de que el quebranto de la posición supuso un peligro muy doloroso, ¡qué angustias padecieron los que se esforzaron en la proporción de la obra de rito, mito y religión! ¿Quién salva a quién en las esquinas que arman los métodos de la lógica con el pasaje extraviado de la pasión? Al pasear por detrás, extendí la vista a ras de la superficie del Lago Nasser: reconocí que el alcance se ilimita y la precisión de los contornos de la costa de tierra adentro se desdibujan ¡Qué rabia sufrí entonces al recordar la Aguja de Cleopatra al borde del Támesis, el obelisco que contemplé años atrás en el Parque Central de Nueva York y los ocho que ornan hoy las plazas donde otrora imperó César!; admiré especialmente, en las Navidades que precedieron al examen en el que obtuve la Cátedra de Universidad, aquel que fija su soberbia en el corazón de la del Pueblo.
     Los anales recogen los viejos intentos de enlazar el Cairo con Suez. El riesgo ya lo advirtieron sus aliados en más de una ocasión -las crónicas lo revelan- que la unión del Mediterráneo y el Mar Rojo representaría trabajar a favor del beneficio de los bárbaros -el máximo provecho del estrecho franqueado por la maquinaria moderna lo tomaron por asalto los extranjeros con los bonos vendidos en las principales bolsas del mundo. En las fiestas de la apertura del Canal en 1869, no se consiguió estrenar Aída ¿no huele a mofa que en su lugar se interpretase Rigoletto? ¿quién o quiénes se encargaron del papel de bufón? El inteligente político que jugó con yanquis y soviéticos con el objetivo de construir la presa y que perdió la Guerra de los Seis Días, no dispuso de más remedio que nacionalizar el paso de Lesseps y así sufragar la ingeniería titánica ¿Cuántas veces las ruedas que señalan las horas de los acontecimientos cambiaron al payaso en caballero?; en innumerables oportunidades, los hábiles sorprendidos notan su torpeza ¡Cómo me hubiese gustado haber logrado exponer en este escrito las articulaciones esenciales que limpiaron de penumbras mi alma!