De Assuan, el brillo de la piel negra


Los factores parecen conjurarse en un despropósito: analizo en la batalla por sobrevivir un derecho quebrantado. La presión del entorno ejerce sobre los habitantes el oficio regulador de su expansión -la tecnología del arado y la irrigación, mediante cuencos atados a los balancines, no logra arrancar la productividad necesaria a los campos. El desierto y las montañas enmarcan el espectáculo insólito de los huertos y el cauce: el dominio seco y muerto mantiene en su puño apretado la grata brisa en las riberas y en el medio peculiar de las márgenes, se ensanchan los efectos de los límites gracias a los lechos inundados. En los lugares donde no se practicaron canales, las consecuencias se manifestaron reducidas, y la arena tomó inmediatamente el relevo del verde ceñido -en el poblado Nubio al Oeste y más aún a poca distancia al Sur, en el declive de las tumbas de sus nobles. Desde luego que lucho contra la inclinación primitiva por hermanar mi conciencia con los hechos particulares -de los muchos que impresionaron mi retina nutro la abstracción.
     Cubrimos el trayecto de Luxor a Assuan a escondidas del Nilo: Esna, Edfú y Kom Ombo -de la fachada del templo nos asomamos a su borde. Una sola parada en mitad del camino del autobús local aligera muy brevemente la incomodidad del largo viaje en pie y sumamente restringido de espacio. Retengo la estampa de los rústicos que, sentados bajo un enorme entoldado en unos bancos de respaldo recto y retirado de las patas delanteras, exhiben su cansancio hereditario; las miradas fijas que descubrí en sus ojos perdidos no dejan oír una queja -el refugio defiende a los fellahs del rigor en el corazón de la tarde y demarca una parcela más personal que la inmensidad del derredor colectivo y vacío castigado por el peso del sol. Protegidas por una escasa umbría de ramas, un par de tinajas aguardan al que acierta a pasar cerca; de su fondo cónico extraen el preciado líquido con que desagravian del ardor sus gargantas; observé a algunos descabalgar del asno y recoger por unos instantes un trozo de aquella atenuación -sosiegan sus pupilas- ¿no señalé a mis compañeros que el estribo lo compone una cuerda acabada en un nudo?, lo sujetan el dedo gordo y los demás.
     La vela abandonada a su capricho flamea; sin embargo, cuando el barquero la obliga a su dignidad, el trapo tersa su figura y garantiza la autonomía de elegir el itinerario del paseo. Los soplos opuestos no propician el avance y si la orientación no es satisfactoria, la experiencia propone otra mejor -el piloto reconoce más importancia al aire que a la emigración caudal abajo. El tono del dueño es imperativo: dirige y por tanto corrige; apoyados en el barandal contemplamos ese trato con el viento
semejante a una seducción. La sencilla elegancia con que navegan y la grácil sobriedad de sus siluetas trazadas en la atmósfera permiten reparar en la firma de un acuerdo entre forma y función. Te ofrecen la mano negra y fresca -no vienen ganas de soltarla al saltar a tierra- y quedas atraído por su risa blanca dibujada en el rostro oscuro -mueve hacia atrás el brazo en un gesto que opino apunta al pasado. Aspiré el dulce aroma de la flor del jazmín y consideré que, en la vereda abierta a la profundidad de mis pensamientos hasta la superficie de las palabras escogidas, apuesto por la árida ruta de la honestidad -la expresión no traiciona a la reflexión.
     Las túnicas amplias ondean alegres alrededor de los cuerpos desnudos que envuelven, y perseguí con la vista a los jardineros que se entretienen en borrar las huellas de los visitantes en los pasillos geométricos y lisos; rompen la monotonía de la jornada en limpiar las heces que las aves defecan en los asientos de madera al posar su vuelo en las pérgolas. Allí la naturaleza concurrió convocada por el orden humano; advertí cómo la simetría tira enérgicamente de la estética y el ritmo marca el paso decidido de su adecuación; la alineación con que se distribuyó la plantación informa a mi atención gastada en la batahola del recorrido. La maestría se escribe en una secuencia tal que se prevé el próximo árbol -no hay más que percatarse de la frecuencia con que cada uno sigue al anterior. Percibí en el método discursos de la razón que influyen en el curso de la vegetación longitudinal a la afluencia y en su sentido transversal. Constituye a mi gusto la exposición pública de unas maneras refinadas extranjeras que dispone lo autóctono y lo exótico -bella conquista de la creación por el genio. A la sombra de la luz que deslumbra, consentí que escurriesen las horas y me di al manso áfrico en la Isla Botánica -regalo del ensueño. El café turco que lentamente paladeo a orillas de la corriente concluye por situar la paz del ambiente -detrás de mí, el mausoleo de Aga Khan al poniente y enfrente, la agitación del oriente ¿Resulta válido dudar de que la conexión lógica del paraíso obrado por lord Kitchener en la bifurcación de las aguas lo enjuicio más verosímil que su exclusión?
     Quisiera varar en la escalinata que sumerge sus últimos peldaños en la desmedida arteria la mayor cantidad posible de mi etnocentrismo, a pesar de que creo que tendré que llevarme parte de él con el propósito de volver a adherir mi carácter a la sociedad a la que pertenezco. Las restricciones que impone una cultura determinada, por angostas que sean, no restan más libertad que el desarrollo de las cualidades y capacidades en sus afueras. Y ya la ocasión se sobrepasó en exceso para sustituir aquella en la que nací por otra extraña y atrayente. Admiré en la generosa terraza del Hotel Viejo Cataratas, amparada por grandes tapices de vivos colores, el día a punto de malograr su conflicto cotidiano con el caos. Al fin se desplomó más lejos que el río y más allá del horizonte ¿qué cosa distinta se infiere del surco azul que una delgada formación de la fantasía en la medianía de la vasta textura yerma?; los exploradores revelaron a la geografía sus dos fuentes, yo en cambio, prefiero imaginar su origen en el confín del olvido, previo al tiempo.