En Luxor las calesas trotan
en la cornisa del Nilo


Al derramar mi fascinación por las representaciones imperecederas, urdo las impresiones con el permiso de la vista y me sirven los sonidos, ¿no colaboran con el sudor y las sombras?, ¿por qué callar que tramo mis íntimas resonancias con los retazos que capturo a través del ojo, los oídos y también de la piel? Desde la cima tebana tendí por última vez una mirada al paisaje horadado del Valle de los Reyes y extraje de su somnolencia remota un nombre propio: Horemheb me atrajo por su afán de honores y lucha. Antes de subir por la empinada ladera visité su tumba -umbral ardiente, interior sofocante- y medí con mi jadeo la profundidad del homenaje funerario. No, no supone una conjetura: el creador neutralizó lo aleatorio de los elementos en bruto, aunque sospecho que la eternidad infundió destreza a sus puños. Admiré los emblemas y agradecí al montón de años echados encima que no alcanzaran a diluir la seducción que expresan -por no aprender a interpretar el verdadero sentido reza aún un fondo trágico en sus refinamientos. La relación que mantuve con el lenguaje esculpido la noté más adentro del señorío de los diálogos que del feudo de los monólogos. Aquellos ratos en los que gocé de las excursiones a los límites del ser, los evoco con una ternura que edifico sobre las vidas de quienes ejecutaron la obra resistente al olvido.
     Los ensueños del atardecer que acuden al indolente errar por el santuario faraónico despiertan los sueños de imaginar; generales, jueces, consejeros, chambelanes -reguladores en las inundaciones-, escribas, tesoreros, turifarios -que queman los aromas-, adivinos, sabios, mayordomos, flaberíferos -balancean los estirados mangos, abanicos con plumas de avestruz-, peluqueros, lavanderos, perfumistas, zapateros -los que confeccionan sandalias- y los demás de menor importancia, ¿acaso el dique que controla la anarquía no asila a los desheredados? Los sacerdotes exquisitos con sus ritos exigieron que ni una hebra negra maculase el pelaje de sus víctimas inmoladas, y observaron la cola carente de algún defecto apreciable -rigor desvanecido, el raso ondea hoy más arriba del arquitrabe. Y si la modorra compone un periplo del alma, ¿qué lugar es éste?, ¿no contuvo mi cuerpo su peregrinar capaz de abrir los párpados del espíritu que lleva dentro? ¡Qué gloriosos episodios milenarios sentados al borde de un presente arrodillado!
     El capullo abierto del loto y su requiebro cerrado inspiraron los capiteles, ¿no anduvo presto asimismo el papiro y socorrió a los constructores preocupados por sus columnas audaces? El corto viento de unas palabras cedió su oportunidad a las dilatadas estaciones del desgaste -cuando el poder abandona sus recintos, los dioses quedan solos a merced del descuido y la venganza de las piquetas demoledoras. La ingratitud del orden cósmico, la insolencia y la avaricia esparcieron los temas y consintieron ahora la venial mancha oscura agazapada en los gigantescos fustes erectos, ¿no esconde los despojos durante el recorrido celeste de la olla candente? En los espacios donde el arte detuvo la voracidad del tiempo -no sufrió su mordisqueo secular- y en los suelos compadecidos por el poema de piedra estigmatizada -perdió la partida destituida en tierra- reconocí una belleza entera -¡tamaña herencia!, en ocasiones erguida y otras herida ¿Qué les ocurre a mis contemporáneos egipcios?, sienten pasar a la invención humana sin dejar huella, ¿quizá les moleste menos el sabor amargo de la erosión que el cincel del cantero? ¿Querrán las referencias estatuarias con sus aspectos antropomorfos liberarnos de la tremenda levedad ascensional?; ¿y el obelisco que falta en la puerta principal del Templo de Luxor?, resulta una atrocidad amortiguada que sustituya a la guillotina del terror revolucionario en la Plaza de la Concordia, París.
     No consigo eludirlo: la pesadez en sus monumentos me habla de lo ligero del nexo con sus divinidades; ¿por qué me turba tanto una memoria rota?, no la acepto en su estado de provincia secuestrada por el pretérito. Me enseñan con disimulo una llave -pésimo amago cómplice- y prometen interrumpir por unos minutos determinado círculo secreto -excitación en las delicias del oculto. Y yo, entretanto me entretengo en entrar y salir de la historia, rodeo el mundo de las apariencias por ambas caras y evito en lo posible separarme del eje real, pues a pesar de que la idealización constituye un rincón del encanto, comprendo que detrás de tales jardines comienzan los páramos del extravío. Paseé los dedos por las orillas de los bajorrelieves y sus crónicas; el proceder distinto en una gente extraña condiciona a considerar más objetivamente la cultura que uno habita a diario -vale lo suyo sacar provecho y emplearlo en mejorar la existencia.
     ¿No desoigo las propuestas desenfadadas del que propone viajes a favor de mi despacioso caminar y en contra del ímpetu corriente?, me complazco en escurrir la mano derecha por el barandal mientras escucho voces fugitivas en las velas que cooperan con el aire -tratan de atracar al poniente. Apenas desembarco en la cornisa del levante me inquieta la perspectiva de una iglesia frente a una mezquita -no indican tolerancia, más bien parecen trincheras. Pensé que la barbarie con sus tinieblas deportaron el distante discurso de los jeroglíficos a las afueras del entendimiento -los recelos que sugiere la grandeza atajaron los logros y suspendieron su progreso-; muchos siglos después, la autopsia de esta civilización descifró su esplendor y Champollion rescató del desconocimiento lo que significan sus signos labrados.
     Ausculté el relato mágico contado a una hora en que la luz rinde su ilusión en los ámbitos tomados por unos rumores marchitos. Tras el periódico cortejo con la muerte el sol hundió su lejano vuelo al Oeste, desapareció el brazo dorado que lo sostuvo a la margen próxima al hotel Winter Palace, y en seguida el vasto río africano fió su estampa confusa a la plata fundida. Unas flores que navegan empujadas por las aguas, el mástil suelto que denuncia una faluca amarrada, los cascos que golpean la calzada con el trote rítmico impuesto por los caballos, el campanilleo que los conductores accionan con el pie en las calesas, las bocinas que los coches esgrimen en constante concurso y los gritos que hieren la brisa nocturna no me harán equivocar en mis recuerdos ese ocaso junto al Nilo. La penumbra fetal amalgama en una singularidad las porciones del vínculo planteado en los instantes que consumaron la experiencia de una jornada imborrable.