Navegué a través del Mar Rojo y
atravesé el desierto hasta Luxor


A ciencia cierta no sabíamos si más al sur de Dahab encontraríamos un barco que realizase el trayecto del Sinaí a la costa del inmenso continente que el Atlántico lame por su margen opuesta; en caso de que no nos topásemos con tal medio, decidiríamos volver sobre nuestros pasos y regresar al Cairo. La información segmentada la recogíamos por aquí y allá; duele componer pieza a pieza un rompecabezas mutilado, y recordé en más de una ocasión a un joven extranjero que en las faldas del lugar donde se dictaron los Diez Mandamientos advirtió de su experiencia truncada hacía cinco años: procuró el cruce y fracasó -los egipcios vararon el navío por motivos de reparación. En Sharm-el-Sheikh constatamos que el servicio de cabotaje se mantenía regular; alquilamos unas diminutas casetas junto a la playa y apagamos el fuego de la piel adentrándonos en la llanura líquida apenas inaugurada la noche -momentos gratos por las dudas aniquiladas. Con un retraso razonable partimos hacia Hurghada ¿por qué las fuerzas telúricas se empeñaron en arrancar la península casi de cuajo del resto del país por su Este? ¿no juzgaron bastante el esfuerzo y también las energías desatadas que la retiraron, aunque en menor proporción, del Oeste de Arabia?, los pulsos del corazón del Planeta respetaron el sueño que reunió a la continuidad física de las naciones en el Norte; reconozco desconcertante el ímpetu de los caprichos geográficos, y es que ocurrieron en épocas remotas y lejos de mi comprensión.
     Los pacíficos blemios del Alto Reino se convirtieron en belicosos jinetes al desocuparse del lento bóvido y centrar su atención en la cría del dromedario; escuché que atravesaron el Mar Rojo procedentes del desierto oriental con el propósito de saquear a las comunidades creyentes -penetrar en la esencia del hombre carga con que se admita su condición. En los sitios en que habita la espada, la mano que la blande se erige en la culpable del derramamiento del plasma circulatorio -exclusivamente la menstruación resulta sangría de vivos y no de muerte. En aquel pasaje a lomos de la gigantesca lengua de agua, pensé que de muy antiguo los comerciantes y guerreros surcaron la profunda abertura que separa a Africa de Asia, y que en mi viaje sólo busco la paz -las batallas las rubrican los ambiciosos y las pagan los infelices ¡Ay de los que asaltan demasiado pronto!, el león fortificado que aún no logró saciar sus ganas de envejecer les atacará; en cambio, en la demora excesiva de la agresión, el deseo de no malograr el alzado de su estatura dirige la respuesta. Mientras entretenía el cerebro con esas fosforescencias, se produjo el ostentoso descenso del astro que cabalga de día un arco entero del firmamento.
     En frente, Shayib -el pico más eminente-; de él se opina que forma parte de la misma cadena que la del Catalina, y nadie discute que la montaña mítica constituye el punto de referencia del judaísmo, cristianismo y del islamismo. No estimo sencillo olvidar la fantasmagórica visión de los cráneos apilados en una jaula -almacenan en el insólito osario las cabezas desprovistas del pellejo de los religiosos que fallecieron-, el camino de Moisés que comienza en la inmediatez del monasterio con sus tres mil cuatrocientos escalones. Leí porque no subí que en la cima se perpetúa la huella en la piedra del camello hembra con que Mahoma ascendió a los cielos; atrás quedó guardada, sin que yo la contemplara, la colección única de iconos y manuscritos. Prometo que no prescindiré de las magníficas figuras que la tarde -libre a la luz- ante mis ojos dejó caer continuamente cascadas de reflejos al precipicio de la superficie salada. Arrimado a la borda tiré unas monedas y la historia tragó el tributo gratuito que fijé; probablemente, no me influyó la actitud del soborno sino más bien se trató de un intento por dulcificar la malévola mente de los demonios que acompañaron a los viejos nautas.
     A las once de la mañana siguiente, trepamos al autobús a Quena -el desbarajuste de gentes que llenaban por completo el transporte dio a entender la osadía precisa -permanecimos seis horas de pie apoyados en las mochilas y en la mitad del pasillo. Durante el recorrido a Safaga el movimiento de las olas abanicó mi inteligencia; no obstante, no alcanzó a suavizar la difícil temperatura del interior. Luego el asfalto de la ruta se filtró en la nada de arena que aisló a esta raza de sus enemigos por el levante -el calor confirmó rotundamente sus dominios. Sostengo que descubrí en el suelo la apariencia del oro -la carne de los
dioses-; una especie de llama solidificada que los tiempos mudaron en tierra. Y recapacité en que el espíritu fragmentado, dividido en estratos, desarticula toda posible comunicación entre sus órdenes; la pretendida multiplicidad aflorada con la máscara de la diversidad la supongo una ilusión desafortunada, y por tanto superé ampliamente mi intención de cavar ningún abismo en el huésped obligado de la materialidad humana -posada perecedera de lo inmortal.
     Cavilé en las cercanías de Luxor -la imaginé tendida en la orilla del río largo- si el rito de la apertura de la boca se practicó al objeto de que los difuntos pudiesen hablar después de la existencia ¿para cuándo el silencio de mis semejantes?, ¿no perturbaron ya sobradamente con sus crónicas de gritos?, las criaturas parecen no aceptar el acto final de su andar por el mundo ¿Acaso con la momificación del cadáver no se atendía a facilitar que el alma se evadiese del cuerpo reducido a escombros?, el paraje al que se encamina el aliento desnudo debe de ser idéntico a aquel del que vino -siempre noté ligera la exhalación de quienes me tocó presenciar la marcha definitiva. Reflexioné en la belleza de los jeroglíficos que consideraría; confieso que con anterioridad a admirarlos me acostumbré al símbolo de que la escritura, al soltarse del estilo conceptual e ideológico y adoptar el dibujo de la letra, rompió la hegemonía cultural de los escribas ¿no llegó por fortuna entonces a más personas el talento de saborear las alegrías del conocer?, ello trajo a mis entrañas, como cualquier cosa que signifique exención de impuestos a la masa gris, un intenso júbilo.