La sabiduría y la estulticia
persisten a pesar de los milenios


Constantino tuvo una percepción milagrosa: la del signo de la muerte y resurrección de Dios dibujado en el disco de la luz, y cinco lustros después acudió con su madre al Sinaí. A Elena le impresionó el paraje, y dispuso fabricar una capilla -mil seiscientos años de herencia. Las gloriosas e incorruptibles elevaciones -más veteranas que cualquier memoria- cubren impertérritas la espalda y laterales de la defensa que Justiniano mandó levantar, ¿no encubren inmediatamente sus dimensiones gigantescas?... Y la avanzadilla de la comunidad ortodoxa se constituyó en monasterio -épocas de Papas griegos y no italianos, y esa lengua considerada sagrada en la cristiandad. Los sirvientes y guardas que hoy transitan por el sitio descienden de los bosnios y egipcios que el emperador y Teodora remitieron en su momento. En la Iglesia de la Transfiguración, las columnas monolíticas -seis a cada lado- representan los doce pedazos en que dividimos las cuatro estaciones y a los padres benditos que veneran mes a mes. En medio, largas cadenas sujetan al techo una espesura de lámparas de vigilia y candelabros -la caída del bosque de llamas queda así suspendida en el espacio. En los capiteles descansé de la riqueza y opulencia interior, ensimismado en sus hojas de acanto, y agradecí profundamente que el período iconoclasta no afectara al tesoro de la plástica -confieso que me sorprendió la figura de Moisés con un papiro enrollado, en vez de las Tablas en piedra. El pontífice Gregorio Magno ofreció mobiliario y aparejos para albergue de los peregrinos, y el mismo Mahoma inspeccionó el baluarte y garantizó su seguridad. En la Torre de la Campana desconcierta una de madera, y no resulta difícil interpretar que la silueta del minarete disuadió de algunos ataques impulsados por el fervor musulmán -la tolerancia hacia el Islam la hace pública una mezquita. Durante el cuarto de milenio en que los turcos sometieron a la patria del Nilo, nadie dejó de respetar el Santo Lugar, y el francés triste en Waterloo lo protegió cuando desembarcó en el país de las pirámides. Créanme, la falta de homogeneidad de la construcción no caracteriza de insolencia a la edificación bíblica, más bien declara, sin ambages, que la incongruencia en las formas la padece por los añadidos arquitectónicos en los siglos idos -descubrí aquí y allá cruces maltesas que señalan a la sexta centuria. Indudablemente, La Descripción de Egipto incitó a muchos exploradores, escritores y pintores -gente occidental-, pero el arbusto ardiente lo fragmentaron en reliquias los constantes en la fe; gracias a que Etheria -noble española- ganó delantera al reparto aún distinguió brotes. Entretuve mi clausura de ahora en cómo un religioso alimentaba con forrajes a un par de camellos -le ayudé a poner en marcha su todoterreno, lo empujé en el llano y la cuesta abajo favoreció la aceleración. La vida de los monjes es austera y remota; no rinden sus hábitos fácilmente a los cambios -busqué en sus rostros y no reconocí en ellos las huellas de la calma.
     Las once de la mañana colocan al sol a una altura en la que el fuego que vierte al suelo calienta sobremanera la atmósfera -recordé entonces que la aspiré dulce al salir de mi celda nada más amanecer. Aguardábamos al autobús que abordaríamos a la una del mediodía, y la antelación no la estimamos excesiva, porque la sombra del chamizo del apeadero convidaba a mitigar el rigor. A unos jóvenes alemanes les oí tratar de alquilar un taxi que los acercase a Dahab -el precio no lo opiné desproporcionado: siete pasajeros abonarían quince libras nacionales por asiento. Comenzó un regateo lento en tocar fin... lo juzgué interminable; los extranjeros, con cierto triunfo en la bocamanga basado en la aseveración de los empleados árabes del templo, confiaron en el transporte regular; de la cara opuesta del tira y afloja, los chóferes jurando y jurando que la comunicación puntual con la costa oriental de la península no cumplía su trabajo desde unas cuantas fechas atrás ¿De quién fiarse, de los infieles que amparan al visitante, o de los que sudan el sustento? Prospera inexorable el día y unos pocos consiguen con mezcla de suavidad y tesón debilitar a uno del pelotón de buitres que sientan su tiempo alrededor de la necesidad: "a diez por cabeza" -¡qué pena, la tentación de exprimir más la captura la forzó a escapar! El reloj que marcó el inicio de la tarde alteró los ánimos de quienes querían pagar con las monedas del abuso y templó el temperamento de los que sacan provecho de gobernar el aprieto en aquellos que apenas unos minutos pretendían imponer su audacia: la tarifa aumentó a dieciséis, y el orgullo herido del experto en gangas asumió el camino equivocado de la irritación. De pronto, apareció un microbús de una excursión organizada y el resolutivo nibelungo arregla con los responsables un importe más reducido -la suprema ley de los hombres de tonto el último nos precipitó a tomar por asalto la nueva posibilidad. Los cazadores perdieron a sus presas y discutieron furiosos con el conductor de lujo su decisión. Intervino la policía con la intención de apaciguar los arranques vociferantes del ahogo y el respiro; el tarzán germano en pleno desierto -carente de selvas y lianas- no midió sus fuerzas, y tras un forcejeo con el agente de la autoridad lo alojaron en comisaría con la amenaza de que si no lograba dominar sus ímpetus lo meterían en el calabozo. Pasó un buen rato y permanecíamos sentados a las puertas de la umbrosa casa del orden; contemplamos en silencio el primer efecto del pacto sellado adentro: los turistas de aire acondicionado abandonaban con alivio el alboroto. Y la cosa terminó expiando los demás la machada del muchachito frente a los que continuaron al acecho de la ansiada oportunidad a la vista del botín a la mano -a diecisiete por ocupante ¿Por qué no elegimos horas atrás un coche exclusivamente a mi costa y a la del compañero con el que comparto viajes?, me interesan estos juegos en los que unos y otros intercambian tan rápidamente los papeles de controlador y controlado. Miré a la torturada belleza salvaje de granito rosado que los tremendos actos volcánicos consintieron en chocantes pináculos y pensé: "Tú que no gozaste de la Tierra Prometida, ¿te parece que el género humano que dirigiste a la mítica montaña mejoró en una pizca su condición ramplona?"