La ciencia señala el mítico encuentro
más al Norte, pero los siglos de fe
lo encadenan al Sur


Mientras en el Cairo aguardé al autobús que atraviesa la península asiática, afloró en mi mente el Éxodo a la tierra en la que fluía la miel y la leche, el Monte de la Ley, la huida de la Sagrada Familia y su regreso a Palestina. Puntualmente, a las nueve, emprendió la marcha en dirección a Suez -desperezaba el día. Después de traspasar el Canal, el desierto aparece en principio un exceso indiferente -posteriormente, descubriría su fundamento diverso. A cada rato, cerca del asfalto y abandonados al orín destacaban hierros retorcidos, pedazos de la coraza de tanques de guerra y un poco más adelante sus orugas metálicas, extendidas curiosamente en aspa sobre la arena; conté innumerables trincheras y ruinas militares. Recuperé del pasado a los Faraones, a Alejandro el Grande, a las Legiones romanas, a los Cruzados, a Napoleón y a la confluencia de turcos y franceses en el segundo terrible holocausto mundial. En ese suelo de formas caprichosas, los egipcios e israelitas -constituidos en estado en 1948- degustaron el néctar de la victoria y el amargo regusto de las retiradas. Sostengo que muy limitados lugares en el planeta han tenido un papel en la historia de las naciones semejante a la del triángulo árido -más de paso que de destino- y de tan módica población. Cuando Vasco de Gama dobló el Cabo de Buena Esperanza quebró la llave de los árabes hacia Oriente -los mamelucos se excedieron con más y más tributos a las caravanas- y el Sinaí perdió su carácter de puente obligado. Nadie lo deseó hasta que obtuvieron de su entrañas petróleo. Por la ruta que orillea la costa del Este advertí que las cumbres del interior se aproximan al mar y en Nuweiba se apearon la mayoría de extranjeros -tomaron el barco que navega regularmente a Jordania.
     Aprendí a hablar aún antes de conocer las reglas gramaticales, ¿podré entonces expresar las proporciones del idioma monumental de los macizos que bordean la carretera?, ¿no ignora su osadía vertical una considerable parte de las normas que las sustentan? ¿y las interminables llanuras tendidas al sol e impasibles a los milenios? Estoy seguro de que al volver a oír de la vastedad desnuda muchas de sus imágenes que dibujaron las épocas sacudirán su traje de olvido y acudirán a mi conciencia ¿En realidad, la fingida quietud absoluta resulta de un movimiento descansado con que logra la creación su perfección en el cambio perenne?, los soberbios semblantes siguen a su modo el ritmo de los períodos: inclinan los estratos mostrando impúdicamente sus vetas vívidas a la vista.
     Evidencio que las emociones que toco surgen de las raíces de las creencias y costumbres. Indudablemente, mi cultura acomoda la manera en que percibo tales reliquias. La fe en la dilatada fuga de un pueblo, luego su apatía y detrás las juergas en la ausencia prolongada del Nacido de las Aguas me forzaron a callar del hombre; el temor por la magnificencia del descenso con las Tablas en la mano, la hostilidad de los Idólatras del Becerro, la vergüenza de los arrepentidos y la culpabilidad y aflicción a causa de la ira del otrora niño varado en los juncos. Largamente medité la censura que echan a mis espaldas y lo lamento sobremanera, al constatar el trato blando que se dispensa a los embusteros -talo la debilidad que ocasionan en mi ánimo las mentiras. Aseguro que los obstáculos no frenan mis ímpetus, únicamente los estorban y en la perspectiva del vuelo de mi entendimiento los divisé allá abajo; admito que con frecuencia me aturdieron los elogios y es que noté, al apagarse la voz lisonjera, un poso de fracaso -nunca conseguí ceñir las nubes que me proponían, demasiado arduo el empeño, no es meta de criaturas humanas ¿De qué acusar en una noche como ésta a las estrellas?, ¿de la escasa luz que proyectan?, desde sus tremendas atalayas las miradas que nos arrojan son susurros de benevolencia. Lo sé, el tiempo da la razón a quien mantuvo la cabeza, pero no le devuelve los años de disgusto.
     Confieso -y este valle es un excelente reclinatorio- que me entusiasma el hoy íntimo sitio de exilio, su persuasiva belleza y el prodigio acontecido. Admiré el robusto símbolo viviente -fortaleza que defiende de los ciclos un colosal diálogo con Dios- construido en las faldas de la esbeltez épica escalada por el extraordinario conductor del alma de una raza. Apoyado en la explanada exterior me fijé en que el ciprés se alza por encima de los melocotoneros, naranjos, limoneros, el árbol de las ciruelas, las parras y los olivos; el manantial repone de arriba, aunque el jardín debe su fertilidad a los monjes que abrieron pozos y fabricaron reposos que detuvieran la lluvia. Complací la mañana en recorrer estancia a estancia aquella memoria vieja de siglos en la que jamás soñé dormir y el sonido lo escuché en el silencio, en las huellas de las pisadas en el polvo y en el viento de fuego que atenúa su aliento en las bóvedas; la sintaxis la reconocí en la idea que se impuso escriturar en los órdenes arquitectónicos y el vocabulario lo distinguí en el significado de los elementos que lo integran ¿y su suma?, ¿no conforma acaso la estructura de una maravillosa frase?
     En mis viajes observé a personas de edad avanzada que decidieron no esperar la muerte en sus hogares, sino ir a cualquier lado, y si viene al caso aceptarla allí. Por mí mismo no la provoco -ella prevé el momento y el camino-, simplemente desengancho de mí lo habitual; para llegarme aquí, dejé atrás el fresco refugio de mi patio regado de plantas y dormido en una continua pausa -mi sello propio y la relación casi carnal con las flores de la mujer que acompaña mi soledad adecuaron el ornato central de la casa que ahora evoco. Y, sin embargo, dentro de la hoguera en que ardo no alcanzo a examinar las lenguas de las llamas, con el talante de la experiencia conjeturaré la altura que lamieron del monto de las cenizas. Quiero pensar en un futuro donde la lucha de todos contra todos no disponga de ninguna oportunidad -la calma en la que pienso no permite que se inflamen las venas de la pasión de unos frente a otros. ¿Es preciso afirmar más rotundamente que en lo que redacto, además de conservar, compongo los recuerdos?