Distraje en el Marriott la efervescencia del zoco


La negociación se parapeta en las desconfianzas recíprocas, ambas partes temen cejar con demasiada rapidez -la necesidad desvelada conlleva generalmente abuso- y nunca debe desplomarse por excesivamente tediosa -la cuerda que ata los intereses suele ceder al tenso aguanta y rebaja. En semejante liturgia del comercio, tan característica de Khan el-Khalili, cada uno pretende forjarse una opinión del otro, y a ninguno le apetece romper el equilibrio que procuran ¡Cuánta biología denuncia el espiarse mutuamente los esguinces de sus voluntades! En occidente, la costumbre no tasa los actos iniciales y le concede el peso de la importancia al último: el anónimo cambio de provecho. Los zocos que visité en Damasco y Túnez, y más aún en el que desgrano ahora las horas, gozan de la magia del aparente desorden en la profusión de sus productos: plata, oro, transparencias sopladas, babuchas, tapices ¿Quién no adquiere en el del Cairo al menos un escarabajo?, ¿y si fuera cierta la buena fortuna que les atribuyen? La pluralidad en las formas y los ademanes de los empleados incitan a la compra ¿Y las estrechas callejuelas?, ahogadas por gentes que ora advierten una joya puesta a precio sobrado, ora una baratija que les llama la atención por determinada extravagancia sorprendente ¿Y el raso azul que a trozos dejan colar los toldos que cubren, de acera a acera, los muestrarios?, la medialuz en los pasajes que tuercen y bifurcan su trazado insiste sobre los colores de las especies expuestas en los quiciales del sinfín de tiendas, ¡cómo me evocaron sus olores y sabores los mercados de India!, azafrán, pimentón, cardamomo.
     De entre aquellos que deleitan sus días con el café turco o de entre los que escogen paladear el té, algunos lo disfrutan en el atajo a la confusión; a mi ritmo -blando en los santuarios del hechizo- los miré tranquilamente cosechando sus descansos en unos anchos bancos y acomodados en sillas dueñas del primer lugar disponible. A los que desean andar de largo les toca sortear un tupido enjambre compuesto por mobiliario variopinto y por público diverso, ¿no tomaron para sí una ruta común?; un poco más allá comienza el Fishawi, ¡qué suerte el que todos lo admitan llanamente!, a nadie, absolutamente a nadie, distinguí molesto por ello; ¿cabe errar por ahí delante y no dedicar siquiera un rato a entrar? Observé que construyeron el salón en la marcha longitudinal de los soportales con la práctica de tapiar un trecho -abundan en las entrañas del laberinto que, a modo de venas menores, recorre una entidad enorme y tumbada... ¿calificaría de orgánico a tal gigante de piedra? Los considerables espejos que multiplican por infinito las medianas medidas del local casi esconden sus bajas paredes interiores, ¿unas lunas enfrentadas no amplifican la perspectiva repitiendo una profundidad?, ¿y las que adornan los muros laterales?, entrenan las pupilas a nuevos ángulos de visión. Así me complací en la sensación ilusoria de una airosa compañía de bar sentada junto a mí: el árabe que vestía blanco traje europeo en una mesa distante -ajeno a mi apreciación- seguía el ritual de la tradición y vaciaba apaciblemente su infusión; descubrí además por reflexión oblicua una de esas hermosas pipas de agua con las que consumen su peculiar mezcla de tabaco y miel -oculta desde mi posición a la ojeada directa. La claridad tamizada del exterior que abre su camino por los arcos retarda hasta su adaptación a la penumbra su valoración del encanto encerrado en las fronteras ilimitadas. Trataré de no olvidar el ambiente hinchado por el humo dulzón, los recargados marcos del noble maderamen que rodea los cristales de una cara, el vaho perfumado que vuela en los aromas hervidos, las tenues lamparillas suspendidas del techo y la fascinante paz egipcia que sorben lentamente ayudados por sus esencias, charlas y silencios amigables. Muchos extranjeros no descartan la secreta seguridad de encontrarse con Naguib Mahfouz; sin embargo, sólo unos cuantos alcanzan a saber que en las madrugadas cumple con su cita habitual -después del rezo, lo escuché de un viejo librero en Luxor- y confieso que a mí mismo me hubiese agradado reconocer su semblante.
     Al doblar un par de esquinas, cualquiera termina por toparse con el perorar castellano de Mohamet; predominan en su acento la nasalidad y los giros catalanes y él hace que le nombren Jordi. Resulta un personaje aprendido en la picardía de una vida -sacando dinero a los turistas, preferentemente españoles-; no obstante, recibió sus enseñanzas en una Universidad; la osadía de pelear descaradamente con el bolsillo de los demás la forzó el corto sueldo asignado a la cultura -tremenda paradoja en una tierra que acunó civilizaciones. Al lado de su diminuto establecimiento avanzamos más de una tarde sujetos a los asientos que ocupamos, decididos a no permitir a la riada humana -rumbos carentes de destinos- que arrastre nuestro querer continuar asidos al cruce de vías. El tránsito incesante contrasta con las evoluciones perezosas en las volutas de los fumadores; elogié la sociabilidad que manifiestan en el préstamo del chupador de las narguiles al hombre inmediato en el círculo; y maldije a la multitud que parece contradecir con sus prisas el capricho despacioso del gusto, justo antes de la borra que reposa en el fondo de la taza. Con el placer del fin de la tertulia metido en los huesos nos acercamos al Hotel Marriott -en su orígenes el palacio albergó a La de Montijo durante las ceremonias de la inauguración del Canal de Suez. El fantástico lujo oriental del que oí hablar y jamás imaginé lo reunieron aquí en sus maravillosas estancias suntuosamente decoradas; las arañas de luz con cuerpo de vidrio proporcionan un tono resplandeciente y también unas que colgaron de sus talles avisos de metal trabajado ¿Lo difícil?, no detenerse -y yo no resistí la admiración- en la fachada principal, una grandiosa pérgola dorada de fundición no traiciona en nada a la elegancia de líneas del Islam; acepto que aquietó mi ánimo de llegada y preparó mi sensibilidad a lo que su fastuosidad revela insolencia adentro.