Cairo: marcha fúnebre


En la mañana mitad levantada en que me allegué a las titánicas noticias de Keops, Kefrén y Micerino, observé el escándalo de luz que ahuyenta a los espectros más ancianos; busqué y no hallé asilo, ¿incluso a las penumbras recientes no les molesta un sol que injuria? Soportando el calor de los demonios con caras triangulares, admiré la íntima mezcla de reglas sublimes y eficacias simbólicas, ¿conviene ceder a la pretensión de separar ambas incumbencias? La lógica de lo descomunal porfía con el argumento que gobierna el rumbo de la razón -resuelvo a medias el conflicto por el flanco de la contradicción permanente que significa el hombre. Alquilamos un par de caballos, además de un guía con su cabalgadura, bordeamos los tres monstruos de piedra -piedra aupada a la piedra- y echamos un vistazo al ojo de la Esfinge que ningún amanecer obligara a parpadear; sorprende el que, con más de cuatro mil años, las vigilias a oscuras del mito con cuerpo de león no lograran mudar la expresión de su imperturbable naturaleza muda, y que el mismo astro diario del mundo de los marchitos aún renuncie al Este sin sufrir siquiera un remedo de expiración. No acerté a desnudar un pensamiento del enigma con la cabeza de mujer, ¿cansancio o indiferencia frente a la gloria y vanidades?, ¿o desgana asida a sus pupilas eternas por dolencias acaecidas y repetidas?, guardo una impresión, sonríe.
     El fracaso del suelo ardiente lo constituye la corriente fresca que franquea el país de Sur a Norte -el desierto en Egipto define con nitidez sus dos fachadas. Alrededor de los aledaños del cauce la dilatada moratoria hostil ocasiona regocijo y alborozo en savia y sangre -las anchas zanjas abiertas defienden al vegetal y a la gente del constante asalto de una infinita levedad amarilla. Subsistir: pasa cerca de una apuesta permanente por la obtención del sustento dentro de cada sistema particular, y próximo al desarrollo de una tecnología adecuada capaz de saciar -en absoluto alimentación propia y adaptación al entorno marchan ajenas. Parece claro que el ritual, los credos y el arte actúan a modo de fijador que mantiene bien peinados los cabellos; ¿el trote de las bestias que montamos no lo trazó el límite verde?; en casa de las texturas adversas de nacimiento, cualquier improvisación resulta un instrumento demasiado frágil y probablemente tangencial con la extinción.
     ¡Abousir genial!, apenas la voz del silencio orillea los mágicos ritmos horarios alojas en sombras de noche rúbricas dueñas que suscriben tus magníficos poemas de demencia tallada -algo más arruinados que los honores que visité primero. Miré hacia atrás y volví a recuperar las siluetas inconfundibles a una historia escrita en Giza, porque el derecho de tiempos concedió a sus aristas cortar con líneas oblicuas un trozo del firmamento, y los cielos -residencias de estrellas, lo comprenden mis prójimos-, citan a los fenómenos que sujetan la reflexión por detrás del plano inmediato. Mi respiración la experimenté fatigada, y es que no me conformé jamás, en esas circunstancias ni después, con que la juventud me ocurriera tan temprano y el período otoñal -recobrado de una generosa siesta- me sucediera tan tarde.
     Junto a la trama del memorial obrado en Saqqara concluyó el último trecho de nuestro galope y comenzó la derrota del disco de oro, ¿no aconteció el que escuchara un rumor de la edad precursora a lo imaginado? Contemplé lo explícito y toqué con los dedos su fuga a lo implícito a través de lo indescifrable y formidable; la dimensión del individuo mide un transcurso laxo, aunque su ubicación al lado de la preponderante referencia emigra rápidamente al carácter no humano. Recordé entonces que la epopeya napoleónica prendió antorchas faraónicas en tinieblas mamelucas; no obstante, sus huellas, como las de las caravanas de camellos que recorrieron durante siglos y siglos la tierra vacía, hay que rastrearlas por el momento en el aire ¿Y luego?, la herida en el alma dobló la rodilla del gigante; una caída de tamaña envergadura despierta a los que nunca soñaron con sus horizontes: a todos, y a mí ahora, les alcanzan las fiebres por descubrirlos. Admitimos con frecuencia que siempre existió la dulzura -fragancia de entrañas nobles-, ¿no la situamos acaso generalmente en Oriente?
     En la Ciudad de los Muertos, los hogares edificados sobre las sepulturas testimonian una remota continuidad entre la cotidianidad social y la soledad de los que abandonaron sus afanes ambiciosos. Los pilares de las construcciones cruzan el bullicio de los habitantes que hierven en la supervivencia y descienden a los feudos de aquellos que colocaron deseos por delante de anhelos contemporáneos -innumerables crónicas menudas y leyendas un poco menos pequeñas de los esclavos blancos convertidos en emires y príncipes facultan la arquitectura. Tomé un café, ¿quién sabrá encima de qué cadáver anónimo?, y más allá de la terraza examiné la entrada a un mercado. Rotundamente, a la pobreza le estorbó la máscara y reconocí su miseria en una abulia de hembras que rocía con agua el polvo corrompido -los niños moldean sus fantasías en semejante lodo. Subimos a la torre de la mezquita del Sultán de Barquq, apoyado en las columnas que rematan sus avisos más altos reparé en la retícula urbanística -animales y personas circulan con idéntica prioridad- y seguí la agitación que esconden los muros de sus patios. Los domicilios disponen de alumbrado eléctrico, el teléfono público lo distinguí por un rótulo que lo anuncia -invento que transmite el habla en un espacio destinado a los que perdieron con la vida tal licencia- y alargué la andadura por la escuela que habilitaron en una tumba de ostentosidad evaporada. El panorama desolador ataca directamente a la decencia; en el barrio dramático encontraron refugio los damnificados del Canal de Suez tras la guerra de 1967. La sentencia del Texto de las Pirámides "No, no te vas estando muerto, estarás vivo cuando te sientes en el trono de los dioses" la releí al regresar al hotel en el sentido de "vete, desgraciado, a morar con los difuntos, hoy no tienes más que este sitio en esta parte del río". No consigo evitarlo y tampoco quiero ocultarlo: me conmueve que el protagonismo del eco de la época antigua y la algarabía de la moderna provengan de un único pueblo -ayer encaminado a lo monumental y en el presente agudamente sumido en una extremada somnolencia creadora.