Historia de una guerra entre indios
que Juanito Arcos evitó


En la madrugada aguardo al próximo día con la esperanza de que la lluvia torrencial niegue definitivamente su desplome. La vigilia pasada dilató su andadura en el fondo de la choza, y por sus múltiples aberturas una porción apreciable de la fauna selvática visitó mi soledad ¿Cómo expresar, sin desnaturalizar en exceso, la desazón que experimenté en razón del repiqueteo metálico de la techumbre a lo largo de las horas sostenido por el diluvio en el linde hemisferial?, en la memoria conté la caída inagotable en el derrumbe del cielo a la herrumbre. Quedaron por supuesto en el camastro un montón de respuestas inconclusas, además de un puñado de preguntas inabordables, y de otras ni intenté su formulación; pensé que situar la indiscreción más detrás del límite de lo que es tolerado concebir está fuera de lugar y no cabe argüir siquiera el afán por remontar el flujo de lo sabido -en los páramos del conocimiento no existe ni el cauce de los milenios.
     La mitad de aquella mañana mojada invita a la conversación y mi apetito por penetrar en sus historias incitó a Juanito Arcos a relatar el incidente en que jugó hace muchos años un papel decisivo. Un shuar peruano traspasó la frontera e inmoló a uno ecuatoriano, cortó su cabeza y de regreso la llevó consigo a su tribu. Quien posee la tzantza logra transformar al que fue su rival en servidor y consejero, e incluso llega a obligar al fallecido, aunque éste continúe sorbiendo odio, a instituirse en su protector -no en vano al homicida le permiten disponer de la fuerza mística de su víctima. El símbolo es una cumbre de siglos alcanzada por el discernimiento, faculta al drama circular a través de la materia que representa a lo intangible, pero el sujeto ha de tener cuidado -corre un riesgo: la cima es la locura que lo transporta sobradamente lejos. El herido de muerte reclama ahora la costumbre de la revancha que el clan del ofendido lleva adelante contra el parentesco del culpable ¿por qué vía satisfacer si no la cólera del abatido?, no importa el costo de la refriega, porque lo peor se sufriría en caso de incumplirse el compromiso -y ojalá que al desaparecido únicamente le baste el gesto y no se juzgue zaherido ¡Hierve la sangre!, se cabalga en el deseo de infligir una pena igual a la desgracia padecida; cadáver sobre cadáver, la rueda demoníaca que comienza con la injuria calma su sed de dolor ajeno en el perjuicio ocasionado y colma su desencanto en el llanto al costado de la venganza. Es un defecto del espíritu que pulso tan fatigosamente monótono como profundamente repulsivo ¿Sorprende que me halle confundido en presencia de la tremenda necedad despabilada que vicia de piojos la esencia del hombre? El misionero consiguió un mensajero con quien acarrear los buenos regalos y esmerados recados que ablandan y recaban la magnanimidad del jefe enemigo y así evitar más óbitos en el combate que se avecina; su inteligencia le dictó que por allí, allá, también más allá y aquí mismo la furia se relaja por la lisonja, y cede condescendiente parte del vigor de su autoridad en horma de generosidad pagada de vanidad. Cuando restituyeron el trofeo, los ánimos guerreros amainaron y se disipó el peligro de la batalla -al parecer el ímpetu del difunto no lo disfrutan ya sus contrarios. El poderío y en su compañía el sosiego retornaron a la gente del occiso ¿y entonces, a causa de qué la tristeza?, ¿acaso el finado no vivirá siempre embebido en el conjunto de su raza?, el individuo es demasiado general y no sucumbe en la efigie del cráneo reducido. Mientras oigo la narración que el religioso ordena al referir, sigo su modo de hablar fijado en los trazos de su rostro sereno y propenso al ademán reposado; confieso que persigo con mayor intensidad a la incisión que la impresión golpea directamente en mi imaginación.
     Por la tarde asistimos al rezo en la pequeña iglesia al estilo de los jívaros, ¿no acabará por apartar de su origen a los indios el pormenorizado protocolo del culto? El sagrario es un petate indígena, lleva encima un hermoso adorno trenzado con el plumaje del tucán; a más altura, el cura enganchó un cuadro pintado con uno de ellos resucitado ¿no se diluirán sus glorias ancestrales en el paralelismo con la nueva enseñanza?, de cualquier forma, su destino permanecerá inmergido en el inmenso asombro verde. En la cena sirvieron unos pescados de agua dulce nombrados bocachica; las muchachas los cogen con la mano, machacan con una piedra la raíz del barbasco en una roca dura y el veneno que atonta a los peces se disuelve en el río. El grácil movimiento de las púberes en estos y distintos quehaceres, y la frescura de la que me apercibí en sus carreras lúdicas confirman efectivamente el goce rítmico de sus naturalezas.
     Viene a mi consciente la campana del comedor, reconstruyo en la evocación su volumen moldeado en figura de copa grande con la embocadura abajo; su pie trastornado en anilladura y vuelto para arriba lo recuerdo atado a un colgajo de amarre en la ventana -en su interior exclusivamente aire y badajo ¿Y el alma?, ¿no está dentro?, revolotea por todas partes desvelando al viento el tañido desgajado de su constitución a manera de gemido emitido por el metal percutido. Algo semejante a la propiedad de una alegría sensual llega en el momento en el que pierde su significancia la medida pronta del tiempo; el placer del sentir puro hacia el final del atardecer se debe a la belleza que encierran los magníficos ciclos de postrera exposición del mundo emergido a la luz. Durante unos instantes percibo que mi yo detenido en la piel vuela desenvuelto del lado de la periferia del cuerpo, tras el sonido impalpable que acontece al citar el oscuro a su negro en la selva. Admiré, en esos minutos de tránsito, la personalidad del Ser extendida en la orilla del crepúsculo. Al rendirse la pausa mágica se echa la noche, y el astro que refleja la hoguera celeste en una tierra en tinieblas pasea su claridad y su don de fecundidad, ¿no señala por fortuna la luna a las hembras sus períodos de fertilidad? ¿Los episodios terminados de contar en el rocío amazónico no imponen avanzar quizá más rápidamente a las estrellas que sobrevuelan el océano vegetal?