En Miazal vi a la estética
tomar asiento junto al cante,
los juegos y el vapor enervante


Del carisma de Juan Arcos informa su oficio de decidor de las cosas que agradan y desagradan a Dios; guarda el sello de lo bello instaurado en la época en que sus ancestros instituyeron las leyes e inauguraron sus ceremonias y salvaguarda nuestra estancia de la sospecha que infunden los extranjeros. Al fijar la atención en lo profundo de su expresión oral, me interesó más hondamente este diácono; disfruté por la tensión mesurada de sus conjeturas centradas en la ascendencia antropológica -misterios del cuerpo- y entretuve la respuesta acerca de las observaciones del drama en la bondad como meta -problemas del alma. A las entrañas del hombre vino a instalarse, desde un fondo de leyenda, la oscuridad de su origen, y a partir de la penosa hora en que eso ocurrió, su explicación entraña habladurías refractarias al entendimiento asentado en planos cronológicos más próximos. Obtuve en la afable mirada de aquel religioso la materia prima disponible con la que construyo un descanso a mis interrogaciones carentes de sosiego. Reconozco que estoy en deuda infinita con el clarividente de los fundamentos no sabidos; retengo su estampa de aquella mañana, ambos sentados junto a la puerta de la iglesia en un estrecho banco de tabla -lo recuerdo más en el tono de inspiración que en su papel de guía. Me dio la impresión de que su visión placentera y serena en torno a los hechos y asuntos de esta vida la alcanzó cuando cruzó con equilibrio la trama de su creencia en el crucificado, por encima de la urdimbre de su condición humana aceptada. Su existencia la descubrí semejante a una magnífica relación de resistencias -nudos con nudos y red sobre red-, sometida a la exigencia de que su tejido esencial persista ¿No es en la oquedad del mortero donde realiza su acción pertinente el majadero?
     La excursión al campo de aviación distrajo la tarde. En el camino, un grupo de muchachos se encaramó a los árboles y recogieron un extraño fruto en forma de habichuela gigante -las wabas fueron el dulce de un almuerzo sin postre ¿Qué oculta unión invocan la madera y la carne?, se presiente en el ambiente la traza de una fuerza común, de parentesco remoto. No atino con la causa del fenómeno, opino que el ímpetu primitivo impide quizá la caída del trepador al subirse a la copa, ¿al registrar su excitación contenida en la ascensión no vislumbré una paz sencilla?, ¿qué importa entonces la razón de la cuestión? El invisible cordón que mantiene unida a la persona con el vegetal admite lo particular de cada uno y así, la armonía del conjunto queda preservada. Lastimosamente con la evolución, el pasaje natural que obró, ya en el tiempo en que todavía no se contaba el tiempo, en medio de la biótica y el individuo, se quebró en frontera; aún continúan las raíces, el tronco, las ramas y las hojas con la digestión de lo inorgánico que muda de este modo su desorden a concierto.
     Todos tomaron chicha en la cabaña de un shuar amigo ¿No escuché en el ruido de los sorbos sordos que el líquido fermentado constituye un atajo directo a los dioses en la fe de sus anteriores?, por el mito es posible circular del cosmos inteligible al de los entes intangibles; pero si los bebedores, una vez que les haya pasado el efecto del alcohol y de la juventud, tratan de ajustar lo sobrenatural a la estructura de su lógica, la repugnancia del mundo suprasensible por el estilo de mis prójimos se obstina, para no soltarse de su enigma, en el atolladero de las contradicciones, en la confusión por el embrollo y en la sombra. Las sonrisas de los adolescentes encierran un significado, declaran algo más que diversión; innegablemente, la gracia resulta un componente de la oportunidad -es la cita de la sugestión en el fuego de los vapores enervantes. La invitación del maestro complicado en la libación deja notar el ansia por comprar su tranquilidad de nuestra secreta complicidad -calma perdida por una conducta comprometida. Sufre luego sentimientos de vergüenza y escrúpulos frente a la honra del evangelizador, y es que se juzga desorientado por el maldito callado que compartió con unos de afuera.
     Los domingos acuden al panteón de los muertos -situado al otro extremo del comedor-; reparo en ellos mientras se alejan en tal dirección dentro de un cautela que, imagino, es el proceder del diálogo entre las dos clases de presencia, ¿tienen sus visitas el sentido de soldar los espíritus jóvenes, contemporáneos de la luz, con los dueños de la tierra, extintos bajo tierra? Sobrecoge el reposo inquieto a que convidan los finados ¿no proclaman en sus gritos sofocados que correspondieron al eslabón necesario de las generaciones sucesivas? En el cementerio deambulo en mitad de los difuntos con un cierto desconcierto y turbación ¿percibí acaso temor ante el esfuerzo de los resentidos por atraer a los activos hacia sí? Las entidades de los despojos, tumbados boca arriba en sus tumbas, marcharon confundidas en el tropel de los desaparecidos al rincón del más allá en el país de los occisos.
     Al irse el atardecer con sus últimos rojos, puse el cuidado detrás del verde que rodea la misión y ausculté unos cánticos en alabanza a la virgen cristiana. Parece seguirse la vieja regla de que los lugares sagrados se sitúen en la maleza ¿danzarán por allí las ánimas?, pensé -salvo de su energía conozco poco. Al aproximarnos al coro por la vereda de selva, la monotonía rítmica se hizo más nítida y me pregunté ¿la finalidad de su medida ha sido siempre estética?; en algún momento, supongo que debió de ser la magia, porque al oír el don del son -y no sólo en esta ocasión- gozo de una exaltación que se me antoja muy antigua. La componenda de la voz con el mudo silencio predispone a la sintonía de lo sensible con lo ininteligible ¿Es una ilusión?, mi emoción asistió de cualquier manera satisfecha.