En la misión amazónica de Miazal,
la trascendencia de la creencia
escapa a la frontera temporal y
al límite de la visión


Es complicado telefonear a Macas; de veras no logré la comunicación en mi intento por adquirir el pasaje de regreso a Quito. Por tal razón y en previsión de retorno, compré un boleto del vuelo que parte de Cuenca y va a la capital; muy a mi pesar, confié en la caprichosa opción, aunque sopesé las doce horas del viaje por la carretera -me figuro en dolencia batida y aterrada a la grupa de la encrespación de su firme endiablado- trazada de la ciudad fronteriza de la selva a aquella que sienta su historia no lejos de Ingapirca. Próximo a agotarse el trayecto por aire, mi sensibilidad quedó complacida con la panorámica majestuosa del volcán Sangay; lo consideré apenas unos minutos y agradecí a la enorme mole cómo deja ver su magnífica belleza omnipresente -éxito del presente. La desmesurada montaña abriga sus sienes con las canas de nieve y refugia la embocadura de su violencia interna durmiente en la ligera espuma efervescente de las nubes -sostengo que no avisté con semejante evidencia un aviso tan seguro de lo inmediato del aterrizaje.
     Enseguida encontramos a Juan Arcos en el Servicio Aéreo Misional y le describimos explícitamente nuestros deseos de trato humano con los indios de esa región de la amazonía. Mientras aguardamos la mejoría meteorológica, su respuesta afirmativa de la primera aproximación se deshizo en forma similar a la dilución del edulcorante en el café que bebí a solas -sus hijos lo desanimaron, y yo ignoro las verdaderas causas; no en vano a los estrechos argumentos que exponían los juzgué además de tibios, peregrinos. No tuve más remedio que rodear al personaje. Recordé a la monja de hábito blanco en el asiento de al lado del avión con quien trabé conversación -le ayudé a subir su equipaje de mano-; me insistió en el Padre Adriano Barale "la autoridad apropiada para recabar su favor". Este religioso inteligente auscultó con atención nuestro interés -no me dio la impresión de que midiera las creencias particulares- y habló con agilidad del quehacer que lleva a cabo en la zona ecuatorial su orden -fundada por Dom Bosco. Aquella tarde se apartó de su ocupación ordinaria y nos mostró las avionetas con que consigue transportar almas y enseres por los puestos evangelizadores del interior; absortos en sus explicaciones, visitamos los talleres y laboratorios en los que él y sus colaboradores reparan y acondicionan la amplia diversidad de los componentes mecánicos y electrónicos que precisan -su ánimo en todo momento lo noté franco. Le dijo algo a su gente y justo para cuando el viejo Arcos reservó su salida -al día siguiente- anudó nuestra cita en el hangar. En la terraza de la emisora didáctica La Voz de Upano -enclavada al borde del pueblo- sentí grato el contemplar, de pie en la atalaya y con la anochecida, la afluencia torrentosa de donde asume su denominación la labor salesiana. Admiré la eficacia, el gusto delicado y la pulcritud minuciosa característica de los que obran con la oración una práctica. Barale nos invitó a cenar en su compañía y con más sacerdotes de la congregación: Barruecos -salmantino de origen y con más de cuarenta años predicando la Buena Nueva- platicó en la comida sobre las costumbres y la mitología de los Shuar, y escuché a un cura de edad más avanzada intervenir quedamente en esporádicas aclaraciones durante la sobremesa -desatendí el nombre del anciano, pero cargué conmigo la imagen de su andar despacioso.
      Transcurrió lenta la espera por el apaciguamiento de la llovizna. Ya embestida la mañana, el piloto Paul Cruz reconoció un claro oportuno y en la mitad de la travesía sobrevoló el Cutucú. Distingo las copas de los gigantescos árboles sucederse unas a las otras en el inmenso mar entrechocado de oleaje verde; la vegetación lujuriante por poco omite el suelo al dominio de los pájaros -el color ocre únicamente defiende su espacio en la roca dura. No admití entonces que el grandioso engendro vegetal fuera espontáneo, ni sospecho ahora que la profusión maravillosa deviniese fortuita de alguna errática virtud plástica. En plena espesura tomamos tierra y barro en una pista cubierta de hierba; cooperamos a desembarcar y a acarrear en carretillas hasta la ribera el avituallamiento con destino a Miazal; luego, en una canoa, corriente arriba, unos muchachos de por allí remolcaron los fardos y alcanzaron la misión. Resulta fácil retener con afecto la charla y la escolta del piadoso Juan Arcos en la caminata de mediodía hacia su casa, camino de su trabajo -él construyó esta embajada católica y un montón más ¿Echaré en el olvido el puente colgante que suspendió hace más de una década a su modo y manera entre las orillas del Tsuirim?, ¿podré desmemoriar acaso el cimbreo que produjeron nuestros pasos por la estructura al atravesar el espíritu del río en su altura?
     Después de almorzar nos condujeron dos jóvenes jívaros, en una áspera marcha, a las fuentes calientes. En tres ocasiones cruzamos los meandros del mismo cauce; cada vez, las botas de goma se llenaron de agua, y vertimos el líquido afuera en la margen de enfrente ¿No sería ilícito por mi parte callar al oír que niegan la procedencia orgánica de las conchas fósiles marinas con las que personalmente me topé en la cordillera de los Andes?, conservo uno de esos moluscos petrificados en mi escritorio y desvisto en él a los juegos del pensamiento con que el desconocimiento confundió al adecuado entendimiento del genio que mueve a los antojos de la naturaleza. La muerte y descomposición de la substancia surgen continuamente y por cualquier sitio; cierto que no me cansa la mirada, en cambio, sí estimo que la consciencia se resiente de lo que parece despilfarro de existencia por la permanencia ¿La repetición incansable de sucumbir y erigirse con iguales materiales -significados vueltos significantes- será quizá la apariencia que la eternidad elige a los ojos de los hombres? Incluso lo minúsculo aquí es vasto, por ello prefiguro como posibilidad de abordar su realidad el dividir en aspectos parciales su resistencia a entregarse. A lo largo de un buen rato, de la cascada termal y ferruginosa obtuvimos el descanso perdido en la ruta de venida asidos a un tronco tumbado, oblicuo y reseco por el mucho hervor y hierro disuelto caído encima. Hoy, montado en la perspectiva del tiempo y de la mente, me alegra evocar la misteriosa y prudente curiosidad que advertí concurrente en los silencios de la tímida guardia; la supuse desarrollada desde que experimentaron la necesidad de armarse de cara a la batalla por la vida.