Probé los sombreros de toquilla
en Azogues y Sigsig, y
bebí al paso el fuerte trago en Paute


En el comienzo del día, el café tinto a la manera ecuatoriana acaba por mudar la somnolencia en vigilia. La distancia que separa Cuenca de Azogues la recuerdo entretenida en rescatar el sabor de la infusión negra y estimulante -recorrí ese tiempo absorto en mis íntimos silencios de viaje por la mañana. La remota riqueza del mercurio yace agotada en el borde de la historia del pequeño vecindario. En sus calles se apretuja desorientado un gentío pobre y de inequívocos rasgos que deambula a la búsqueda del minúsculo comercio; apalabran con atormentados enseres desbaratados hasta la saciedad ¿no reparé en ellos mientras adquirían, faltos de dinero, escasas viandas? En esta localidad famosa por la manufactura de sombreros, los hombres se interesan por la reparación de sus panamás apurados por verse de nuevo hormeados porque tienen demasiado uso encima y no soportan más abuso. Por cualquier parte y en particular alrededor de la plaza del mercado, se encuentran habitaciones abiertas a la acera en las que unas manos diestras desagravian del gasto dado al tocado de paja y condonan los años robados al deterioro; ultiman su labor con una pasta de olor azufrado, macilenta y viscosa que proporciona la rigidez adecuada. Las obras restauradas cuelgan ordenadamente de las paredes a la espera de que sus dueños abonen el trabajo realizado. Se me
antojaron naturales embutidos en los nichos cerrados de aquel paredón; sus cráneos, que aparecían escapados del muro en el rincón de penumbras, permanecían tapados por la prenda ideada para el sol y la lluvia. No he llegado a resolver la incertidumbre de si esta pieza del vestido es decoración o protección, ¿o acaso es un adorno que guarece? Le compré a uno de allí, de andadura perezosa por la edad, una suerte de látigo con mango de madera recia ornado con aretes de latón, la larga extensión del cuero trenzado se sujeta amarrado a un extremo del palo y de la otra punta, también de la igual piel curada del animal, se mantiene la empuñadura ceñida a la muñeca -con el chicote se defienden de los perros y lo emplean en sus peleas.
     En las afueras de Paute percibí el aroma en la dirección que preparan el trago -fermentación del guarapo. Recuento en la evocación el pisar esponjoso de mi aproximación sobre el vegetal estrujado -inolvidable-; sentado en la cima de la montaña de caña sentí irrompible el perfume dulzón de la destilación. La máquina exprimidora aprisiona en un abrazo redondo y potente a la vara de azúcar y a su carne, exhausta de jugos, la dejan entongada a la intemperie. Adentré mi curiosidad por el desorden del trapiche y, acallado, erré en las sombras de la claridad echada y del humo engomado en los tabiques. En el interior, un grifo gotea incesantemente alcohol -aliviadero del serpentín- a la vez que el fuego del alambique pone en constante fuga ascendente los vapores etílicos; no reconocí antes la inmediatez de los patentes ardores -el dolor y el tedio los hallaron y entregaron al espíritu- y sus calores -muy antiguos con que de siempre se abrigó el cuerpo. De pie junto a la poceta de la melaza, gusté el aguafuerte en breves sorbos retenidos en continuo movimiento rápido de la dentadura al paladar y a la embocadura de la garganta, pero ocurrió en el vórtice del remolino agitado por la lengua, en mitad de la boca, donde experimenté con lucidez su rotundidad ¡Qué razonables son los principios y sensatas las técnicas empleadas en la obtención del líquido áspero!, en cambio, ¡cómo torna absurda e irracional la conducta de quién desmesuró su ingestión!; los ebrios de bajo precio se entusiasman en sus combates de burda obscenidad al galope de ilusiones por las hembras que nunca quisieron recibir sus efusiones.
     En Chordeleg, la magnífica elaboración de la plata atrapó en sus filigranas el ejercicio de la imaginación de los orfebres ¿examiné con anterioridad tal profusión de exquisitez dedicada al embellecimiento del rostro femenino reunida en tamaña variedad de objetos?, con certidumbre no me viene a la memoria el lugar. Sin apenas resquicio por el que ataque el descuido, no puedo ni podré jamás apartar de mi mente los hermosos colgantes que descubrí atados por detrás del puente de la nuca en la delicada mujer de Saraguro ¡Qué blandas son la mayoría de las necesidades humanas!, calculé al observar a unos extranjeros volcados en las vitrinas engullendo los preciosismos expuestos ¡Qué le va a ser fácil a un pueblo bastarse a sí mismo!, no sólo significa producir aquello que le permita ganar la carencia de lo que no acierta a ejecutar, sino quizá deba determinar las evidencias de sus auténticas urgencias; ¿no toma el éxito su alivio del logro por evitar las que más profundamente esclavizan?, con seguridad son las más abundantes y prescindibles. Abdón Calderón, capataz agrícola, tratante en joyas y taxista, nos acercó a Sigsig. En este sitio todo el mundo vive de los atavíos de la sesera en hechura dura -con su exiguo perímetro se consigue el encaje justo en la liviana testa del indio. Charlamos de importes y fábrica en la atardecida con los viejos y renombrados maestros de esa artesanía. Y fue cuando la tarde se recogía en la noche, el momento en que distinguí desde lo alto el hálito de la tierra distraído en su superficie con los juegos de los colores del ocaso y pensé ¿de verdad existe tan marcada diferencia entre lo animado y lo inanimado como insinúa la práctica? La estrella cercana no deshizo su marcha, mi ánimo preguntado no dispuso de la ocasión y no notó la disparidad; el astro hundió lentamente su espesor dorado, y el oscuro, compañero del caos, quedó atrás flotando por arriba de las cabezas cubiertas con el atuendo blanco de aquellos que nacieron envueltos en su tez de bronce ¿El regio espectáculo reiterado de perecer y renacer la luz no sugiere a las miradas deseosas de esperanzas el capricho de la perdurabilidad de sus almas del lado de la muerte?