Por el camino de Ingapirca
olí el alcohol de borrachera
en la muerte del indio


Al conductor lo aprecié más instruido de lo habitual, resultó ser un maestro con título; la estrechez del sueldo y su abundante familia le obligaron a tomar el volante del taxi que contratamos y a ceder el oficio de enseñar a unos más modestos. La carretera, a ratos lisa y por momentos a saltos sobre cascajos, rompe la monotonía de las subidas, bajadas, vueltas y contravueltas del trayecto. En un tramo empinado, observé una desmembrada fila de indígenas y noté que el primero sostenía en alto una pequeña cruz blanca. Después de rebasar la curva abierta a la derecha, hice detener el coche; de pie, pegado al auto, distinguí que aquello era el entierro de un niño fallecido a poco de nacido y quedé sorprendido por la veloz carrera que emprendieron hacia mí, atraídos -deduje- por los disparos fotográficos en los que deseé apresar el cariño expuesto a la hora del pesar ¿Alguien consideró a la vez sofocadas las conmociones de amor y dolor?; por lo que a mí respecta, guardo, con exquisito celo en el recuerdo, secuencias en las que ambos sentimientos naturales aparecen encadenados en el tiempo. Completamente rodeados por el cortejo fúnebre -gesticulante y vociferante-, no me avine a entender el malentendido, ni siquiera lo que exigían. El sosiego del chófer vino a tranquilizar el ambiente del interior; ¡mágica razón la de unos escasos
sucres!, se consiguió, de esta forma, dar paz a aquellos que agitaban su penuria afuera. Por el cristal trasero, reconocí estupefacto el ataúd del mismo color del aspa cristiana anillado en el brazo de una hembra que alongaba su robustez tendida en el maletero del vehículo. Los parientes del difunto y sus íntimos principiaron con la embriaguez colectiva cuando el turno de perecer les tocó cerca -tres días atrás- y necesitan dinero para continuar expansivos por el alcohol -festejan así el viaje de un alma pulcra, nos explicó el que maneja metido a guía. Nos contó también, a su modo mestizo, algo de la ceremonia del Cinco: al quinto de la muerte del adulto, el rito ordena lavar en el río las ropas del finado. "Limpian su espíritu de faltas y vicios", dijo; el sudor -excrecencia retenida en el tejido- no parece constituir únicamente un pedazo del soplo ido que moró en el cuerpo ahora putrefacto ¿será idéntica la esencia aquí manifestada?, la relación de identidad primitiva se conservó de antiguo con fuerza.
     La luz intensa, al dorso del mediodía, permite contemplar con nitidez la mayestática sencillez de la fortaleza Inca edificada en una colina -recinto pétreo de Atahualpa, hermano de Huáscar, bravo guerrero y jefe. En el comienzo de la tarde, Ingapirca envuelve el ocre de su construcción tallada en el azul orgulloso de julio. A la diestra y más al fondo del valle desde donde divisamos la fantástica panorámica, seguimos el descenso zigzagueante del Camino del Inca. Un asno cabalgado por un indio -a ritmo lento de asno- y repleto con provisiones aventaja a nuestro automóvil aparcado -¡cómo soporta el animal tanto bulto encima!-; el resplandor omnipresente revienta en la lúcida palidez gris de la ruta polvorienta ¿con la desaforada refulgencia, es concebible que la bestia vea por dónde anda en realidad?, ¿intuirá el rumbo gracias al hermoso pantalón claro del que lo tira por las riendas? Me gusta resbalar las yemas de mis dedos por las paredes de la piedra ajustada, presumo que hundo el tacto en la epopeya, y a eso me dediqué al allegar el paseo hasta los muros de la defensa. Sólo advertí una entalladura con más de cuatro ángulos, no me acuerdo de cuántos, pero el artista dejó bien publicado que no se atrevió a los once de Cuzco. De nuevo, las ventanas y puertas trapezoidales, las recurrencias inapelables en torno a los solsticios -justifican tal o cual hornacina- y el gesto final del cicerone local -pomposamente interrogativo, desasosegado y, me figuro, infinitamente repetido a lo largo de la jornada- por la hecatombe de un imperio. Semejantes sensaciones, amplificadas por la grandiosidad y el renombre del lugar, las experimenté en Matchu-Pitchu al tratar de indagar los impulsos singulares que mueven a las criaturas a actuar de una
determinada manera -es una ardua labor arqueológica en el terreno de sus destinos. Imagino al investigador que sostiene dispuesta en una mano la pica de la lógica -clasifica los datos y mantiene a raya las conclusiones- mientras sacude con la izquierda el frasco de zotal -desinfecta el barullo originado al costado de la inclinación patológica. Como la solución tardó un montón en acudir al estudio planteado acerca de las motivaciones, las suposiciones brotaron carentes del debido concierto y se señalaron las más variadas hipótesis que campearon por sus respetos a través de las épocas. Del otro lado del collado, se visita el Baño del Indio -a una poceta con la acequia quebrada no le llega el agua, y por ello, no es factible el remojón de antaño-; fácilmente identificamos una cara gigantesca encargada por mitad a la erosión y medio esculpida en la montaña, es el Rostro del Indio. Allá abajo, dos riachuelos torrentosos y puros se anudan.
     La cronología de las proezas, apoyada en el pasado, consiente que se la examine hoy porque la furia aprisionada ya tuvo oportunidad de soltar su ímpetu por el agujero rasgado en el vestido del viento. En todo período, el ensañamiento que estuvo constantemente condenado -sin recurso- al desgarramiento ¿por desgracia no gravó con escuchar en demasiadas ocasiones el gemido de una vida?, ¿no cargó asimismo con auscultar el silencio tras la detonación descargada? La violencia cometida siempre sucedió desmedida, cierto, aunque en la confusión de argumentos abastecida por los inocentes y culpables -si la mediocre simplificación se esgrime- ¿vale la pena emplear la tregua en pretender averiguar quiénes fueron los responsables?, particularmente prefiero el trabajo de los hombres empeñados en delimitar el daño perpetrado; el objetivo, lo fío en comenzar decididamente y cuanto antes con las tareas adecuadas de reparación. Llevaré inmergidas las impresiones del espléndido espectáculo -humano, paisajístico e histórico- de esta fecha en el dominio de la memoria prohibido al olvido. En el acontecimiento extendido ¿podré sujetar el vuelo del pensamiento que asume el sentido de lo acaecido?