Vi el Cristo cobrizo
no lejos de Ingapirca


Recuerdo el despertar lluvioso. El paseo que abrimos en el quicial del hotel Conquistador -cierto que el nombre me gustaba bien poco-, nos condujo por calles preñadas de hermosas casas hasta la plaza de Calderón -sólo las admiré así de bellas aquí, en la Cuenca ecuatoriana. En el interior semioscuro del gran templo, grupos de mestizos sientan sus esperanzas junto a sus retablos preferidos; allí rezan fervientes e imploran la concesión de sus súplicas. El hecho de contemplar ideas talladas sin advertir sus espíritus divinos no impide a los necesitados del consuelo creerles presentes. Parece explícito y a la vez simple que fundan su fe en lo que presienten y temen, pero... ¿precisan esclarecerlas? ¿Qué quería aquel individuo del tono del cobre cubierto de rosarios, escapularios y repletas sus manos de estampas benditas y reliquias?, me acerqué con discreción y cuidado; lo consideré en su papel de autoridad oratoria, medio brujo y de solemnidad prestada -los demás copiaban con esmerado celo la regularidad que imponía, sugerentemente, su monodia oral repetitiva ¡Enfermo afectado por la peligrosa demencia de la intercesión! En el lance de desprenderse de su apariencia, casi daría por seguro que perdería la voluntad sobrehumana ganada. Al fondo, en el altar principal, cuelga de lo alto un enorme Cristo pintado de ceniza; ¿el Dios clavado enfundado en la piel cogida del indio? -la primera ocasión produce turbación. La veneración de la efigie del increado eterno se extiende a los trozos de madera que la soportan ¿por qué no se enjuicia siempre con igual frescura el pigmento cruzado? Recogido en la profundidad meditante cavilé, bastante rato, en torno al concepto que las criaturas perciben y no terminan de distinguir con nitidez -el demasiado arrebato y lo abrumadoramente magnífico obnubila ¿Quién sería yo, en realidad, tras la desgracia de que se soltaran de las alas del entendimiento mis sentimientos y pensamientos? Aunque mi ánimo es incorregiblemente refractario a una singularidad tan desconcertante -tal cual, la opino vaga y forzada-, agradezco hondamente al artista que dispuso y expuso a Jesús en aquella expresión plástica. La acucia nacida de la imaginación que ansía ver ha quedado extraordinariamente solucionada en la escultura gigantesca y de viso acertado -hiere, certera, a la comprensión ¿Qué importancia tiene el material empleado en la obra?, ¿no deviene en cualidad inmaterial a la mirada del que ruega? Fuera de la iglesia, alguien de hablar y discurrir distinto hizo hincapié en la pretensión que atribuye al colosal símbolo de penetrar por sorpresa en el alma indígena -lo supone asunto de contrabando. Lo digo con asiduidad e insisto ahora, que cuando las fiebres logran dominar los argumentos, las contradicciones no consiguen camuflar sus excrementos. Si este tipo de hombre no encuentra lo que busca, comenta de sus residuos con el talante adecuado a los hallazgos consolidados ¿y los huecos donde se anida la duda? ¿Estoy efectivamente obligado a confiar en esas difamaciones que cifran sus alocuciones en las inmediaciones de una verdad reducida?, tomaría de antemano las debidas precauciones ¿y en caso de extravío?, ¿en qué rincón resguardaré del frío y del tiempo mi íntimo colorido y sus matices?
     Más entrada la mañana, la banda del ejército ocupa durante horas las voluminosas puertas de la Catedral; ameniza con los acordes pegadizos de la Lambada y terceras composiciones modernas la jornada dedicada a la votación pueril. Se aspira a inculcar el particular hábito democrático en este país con sobrados sobresaltos yuxtapuestos a su historia. En el lateral de al lado, la masa orquestal de la policía interpreta cadencias más añejas. Hoy, mientras revivo y escribo todo esto, de la parte de la memoria que reservo a las canciones tarareadas en la infancia, brota la musiquilla y el titulo de "Caballo viejo". Los niños no poseen aún los criterios suficientes y eligen de broma a sus mandatarios, usan las urnas -juguetes a su edad- divertidos por unos soldados que por las circunstancias no custodian el sistema -andan entretenidos en rancias melodías-; los del otro cuerpo tampoco vigilan a revolucionarios y narcotraficantes en este mediodía -observan preocupados la medida en el ritmo y la armonía del conjunto.
     ¿Con qué normas descifro lo que ocurre?, ¿por las de adivinación?, ¿o errado me sirvo de un atajo y de un tajo intento desmembrar lo auténtico del amasijo ignorado?, hay que ser experto navegante de coraje en el aguaje de las razones y astuto comerciante de locura en la bravura de las pasiones. A pesar de tasarse más destacados, me interesa más cómo obtener unas conclusiones que los propios resultados, porque en el camino formé el método y además noté que el fruto es frecuentemente un espejismo -se desvanece en el mismo minuto de alcanzarlo. Obviamente, media una formidable distancia entre la experiencia adquirida a pie de los modos y maneras en que degusto estos lugares y a su gente y las sensaciones que perduran después del período calmo de decantación y maduración. En cambio, están menos alejadas las impresiones de la vocación por ordenarlas y estructurarlas, sujeta a las hojas de mis alegatos.
     Si fuese capaz de renunciar a la afición por el análisis y permitiera que la exaltación sustituyera a la lógica que mutila la sensibilidad, estimo que llegaría a recabar la vinculación emotiva con lo que ambiciono aprehender. El rugido del trueno en mitad de la tormenta desatada en la noche resuena semejante al crujido de la superficie curva que desde épocas remotas mantiene el cielo. El cansancio del día me exculpa de seguir asido a las reflexiones relativas a las diferentes tinturas sostenidas en la convicción religiosa y en las figuras desarrolladas por el genio humano. Sucede entonces el sueño en que deseo abandonar la vigilia y susurra en mis oídos el engaño en pos del descanso "nada de lo que acontece en las tinieblas del mundo y en las sombras de la mente es cuestión de tu incumbencia".