En Saraguro,
sujeto a los colgantes de plata,
el recuerdo no permitió el acuerdo


Próximos a la frontera peruana alcanzamos el valle de Vilcabamba, en aquel lugar apartado tomó refugio, desde siempre en el Nuevo Continente, un clima suave y templado -contrasta con la llovizna y el frío que soltamos al norte, en Loja. Llaman a este paraíso de calma el Shangri-La de América. La placentera naturaleza serena el termómetro y deja en paz al barómetro; no obstante, la auténtica fiadora del ambiente general de aquel sosiego recreado es la amplia sintonía establecida por los moradores con su nervio vital ¿por fortuna, no arregló precisamente esta tranquila armonía la bonanza de la existencia prolongada por allá de lo habitual en otros sitios? En Vilcabamba abundan semejantes míos de edad avanzada; sus cuerpos maltrechos, más que llamas vacilantes, los reconocí un magnífico signo de energía capaz de estirar el saludable desacuerdo entre el individuo y el estigma de su muerte ¿El viejo, para durar la dilatada caminata de sus años, no ha vencido acaso completamente los tropiezos y ataques que han puesto con frecuencia su aliento en peligro?, la potencia que lo ha cuidado en la antesala de la extinción ha vuelto recio su temple ante las adversidades, y las contradicciones que ha debido resolver entre las prohibiciones y obligaciones me mueven, cada vez que medito sobre ellas, a una extensa suerte de consideraciones y reflexiones. En los ratos de silencio me pregunto, cuando tengo delante a un anciano, si efectivamente su estancia en este mundo se trata menos de un ansia por quedarse que de un enredo en el temor atroz de llevar a cabo solo -sin compañeros de infortunio y de ruta- el gran viaje ¡Qué escaso respeto guardan estos centenarios a la exigencia lógica del cese de sus permanencias!, mastican, con la lentitud peculiar de su grado, el olvido, y notan, como poco a poco perece el consciente de lo que han llorado y amado reabsorbido en el aire ¿Quién sabe en realidad lo que cavilan?, la extrema longevidad los coloca fuera de su momento y obtienen la pinta de un finado arrimado al dominio de los que aún respiran; paralelamente, la antigüedad confiere a sus imágenes caducadas de estaciones la impresión de una criatura que, apoyada en la época de otras, no acaba de atravesar definitivamente el confín de la expiración ¿Qué les turba?, apenas ayer y no más allá de anteayer, actuaron a su modo y manera, hoy aguardan en un amago de sospecha su término. Con la decrepitud física se quiebra la memoria, ¿en la evocación que se desvanece no se inaugura el tránsito de quién es el hombre a lo que es ciertamente? Sin exclusión llega la ocasión de abandonar en antipatía con lo finito del tiempo el ámbito luminoso, soportan la marcha sufriendo el peso enojoso de sus huesos y se duelen de descubrir a la piel plegada en forma de envoltorio sobre su organismo encogido, ¡qué tristes se alejan hacia el infinito sin reflejos! A lo peor separo excesivamente, por culpa de mi ángulo de mira, los aspectos de los hechos y deshechos ¿no serán más inmediatos de lo que opino a la primera observación?, o ¿coincidirán en los ojos cansados de aquellos que se apenan del paso de los días sentados sobre el estrecho límite? Distinguí en los alrededores de la iglesia a personas con sobrada tierra encima, pero ni uno sólo de verdad cree fácil rehusar sin tormento a aquello que hace a la vida grata y merecedora de ser vivida en este paraje espléndido.
     El olor a indio es demasiado fuerte y penetrante, se presentó desde que el autobús renunció en el sur a Loja -era conocida a mi olfato su ropa impregnada de humo, desde una noche que soñé entre La Paz y Potosí, pero ese peregrinaje ya lo contaré en otra coyuntura. De pie, junto al asiento que ocupo, una saraguro aguanta su carga envuelta en la manta de atractivos colores atada a la espalda; soy, lo confieso, devoto de la sonrisa discreta y honda de las de su raza; no permitiré que aquel afable rostro se deshoje en mi recuerdo ¿qué sentido tiene poner en el descuido a su pequeña cabeza, ceñida por un sombrero negro y obstinada en sostener la larga cabellera de igual oscuro que el rebozo sujetado por el tupo de metal blanco? Me agradaron intensamente sus preciosos pendientes de plata -recapacité en la española que amo lejos de allí- y procuré la compra sin siquiera tener en cuenta el precio alto que la oriunda desposada dispuso al objeto preciado -argumento de desánimo para el ánimo-; podía pagar mucho más de lo pedido y comencé a elevar la oferta, pero tras unos instantes en los que aflojé el deseo incontrolado, desistí de la violencia que la situación había creado: la tensión aguda entre la fidelidad y la posibilidad ayuda a mayorar su desazón. Logré amputar oportunamente la parte gangrenosa de mis ambiciones inafectas, pensé conseguir salvar su coherencia herida, y probablemente me granjeé su simpatía, pero no estoy seguro de haber ganado su confianza. Sufrí intolerable para mi conciencia la averiguación del valor, si consumé el esfuerzo por aceptar el juego en el ajuste de voluntades fue con el afán de escuchar en el ser humano la vibración de sus cuerdas más profundas porque, desde el instinto, rechazo categóricamente tal tipo de aproximación cuando presiento el pesar removido y advierto a la angustia resuelta inteligiblemente en las facciones de enfrente. Aunque padeció el naufragio de sus sentimientos enloquecidos por la necesidad, mantuvo a flote su entereza porque sabe, primitivamente, que por penosas que sean las consecuencias de su firmeza, son sólo eso, consecuencias ¿He de insistir en la confesión de que habría intentado la adquisición de los aretes con más dinero?, innegable, pero no hasta el punto de quebrar una resistencia -en nuestro entorno mareado por la copiosa variedad de vanidades, ¡hay tan poca! La razón de su querencia posesiva parece evidente pero, con todo, no es quizá la única motivación, ni a pesar de las apariencias es la más pegada a la intimidad de Rosa Delia Quispe. Conviene abdicar, cuanto antes, de las simplificaciones abusivas porque inducen con su ligereza a asunciones equívocas que tergiversan y traicionan el verdadero significado ¿De dónde proviene su convicción?, el conjunto de aquellos enormes colgantes unidos por detrás de la nuca con una gruesa cadena de exacta nobleza perteneció desde su hechura a la línea femenina del linaje de Rosa Delia ¿quién sabe desde qué fondo de los períodos andaron hermoseando sus seseras con estos abalorios?; las almas de su madre, abuela, bisabuela, tatarabuela... se hallan vinculadas al adorno en una relación de identidad, ¿no constituyen el genio que ha preexistido a la mujer india?, sus espíritus la tutelarán muy de cerca mientras los conserve suspendidos de sus lóbulos auditivos -supongo, hasta el fin de su hálito. El carácter dulce de Rosa no camufla el magnetismo particular que impone a su personalidad manifestar su decisión a favor de la sensibilidad, su tesón no carece de valentía y belleza. La hembra de Saraguro quiere retener su estimado tesoro para cuando entierren sus restos, entonces la propiedad pasará a los miembros jóvenes de su familia; es el proceder que encuentra adecuado para proteger la imperceptible conexión entre la presencia ocurrida y la que está en devenir montada sobre los seres de su misma sangre.