Los pescadores de oro
en el barro de orillas del Napo


En la medianoche rociada de luz lunar, sentado en la terraza de la hostería Jaguar, a mitad del viaje de Misahualli al Coca, racionalizo las apreciaciones cualitativas y relaciono el empirismo -ambos anduvieron sujetos a mi atención en la jornada-; el talante cuantitativo del conocimiento emerge puntualmente a la superficie ondulando en su absoluta complejidad. En ésta, como en otras muchas oportunidades, noto la falta de eslabones intermedios entre las principales etapas de mi entendimiento, pero afirmo sonoramente que el camino recorrido no es una ilusión de la mente -en realidad es un hecho. Supuse innumerables las sombras y gritos brujos en la noche, envueltos en páginas arrancadas del discurso de lo ignorado; abstraído en la corriente, persigo con la mirada a la verdad zambullida en juegos de escondite bajo los reflejos periféricos, mientras mi espíritu se abandona a su espontaneidad creadora tendida de la lógica al favor estético. Vuelve entonces la causa al brote intuitivo en el que floreció por una senda pavimentada de sublimaciones despedazadas. Esto es una parada y no una llegada -aliento entre dos esfuerzos- en el interludio del saber y el comprender; cuelgo complacido en estos parajes mis cavilaciones respetuosas con la experiencia y, adrede, prescindo de una especulación desbordada en mis pensamientos.
      Por la mañana, después del desayuno, seguimos el consejo del curso. Se ven palafitos en los claros del boscaje junto al río; son descansos del verde que impregna el ambiente del suelo; desde la altura, el señorío de los árboles ojea el pigmento tierra del agua y husmea el viso mar del cielo. El interés común vincula fuertemente a los participantes de un grupo indígena que andan sobre cayados en la margen derecha, agachados desplazan su rudos pies a la manera simiesca entretenidos en la pesca del oro. Se percibe la oceánica desproporción del fin que pretenden domar respecto de los medios de que disponen ¿en qué otra ayuda distinta de la labor a oscuras de la superstición están prácticos?, trabajan sin pausa con la trivialidad del barro para que surja lo valioso. Mi fantasía, estimulada por el deseo de contemplar la sensación de un triunfo en sus ojos, se dejó seducir por el fondo dudoso de la batea, la omnipresencia vegetal y el residuo amarillo de los preciosos añicos ¿No fue acaso el llanto de un niño en su cuna de paño rojo, a modo de hamaca aguantada por un trípode de madera en la ribera, el que proporcionó la esencia de profunda humanidad a su silencio de buscadores? Ciertamente, estoy más del lado de la observación y prospección de la existencia que del de la intención de descubrir de veras quién soy. Me siento plenamente compensado cuando -en estos momentos- gozo de la congruencia simbólica inherente a la coordinación que subyace en la plasticidad de la alteración individual en pos del objetivo del conjunto; la motivación de sus actos no disputó el espacio adecuado a mi conmoción por la cohesión del conjunto y el empleo distribuido de sus artefactos. Estos moradores de la espesura aguardan promesas de ventajas que nunca recalarán por ahí, ni siquiera en sus ocasiones más inseguras. Sea como se quiera, el hábito deliberado de anteojeras no ha contribuido más que a atormentar la parálisis de su estado -la beneficencia deficiente de ética se opone a la orientación que debiera ser-; emocional e intelectivamente prefiero proseguir en el mundo de mis propósitos y actitudes ¿Alguien enterado del costo sufrido vestirá su mano con un anillo de felicidad preparado con el carácter del color del sol? El libertinaje económico del mejor postor que arriba a esos lugares no es más que un instrumento embestido contra el recolector del metal codiciado, patrocina en todo caso al espíritu de ofensiva del acaudalado; este particularismo del toma y daca no resiste el ataque que viene del flanco de la justicia ¿puede en cambio quedar vencido por la eficacia? ¿Qué posibilidades hay de sustituir los males de este tipo de comercio por otros que no sean aún peores?
     El canoaje continúa en el rumbo de la afluencia, fueron tres largas horas de viento, frío y lluvia hasta El Coca. Por detrás del almuerzo nos acercamos a la Isla de los Monos. La arena movediza no facilitó el desembarco -vagábamos pesadamente hundidos, ocultas las rodillas. El nombre del ex-capitán de barco fluvial con que apenas hace un rato charlamos nos franqueó la subida al Flotel Orellana -una especie de hotel de lujo flotante que a precio de dólares navega al Lago Agrio. Departimos con la oficialidad unos tragos en el elegante bar de cubierta -me encanta disfrutar de las reglas que quebrantan las reglas- y curioseamos la ligereza con que la gente bien pasea protegida por la selva. Agarrado a la barandilla, me resultó admirable advertir a lo lejos cómo un nativo que orillea logra con el remo transferir, de forma tan simple, parte de su energía al caudal -fruto sensible de la adaptación tecnoeconómica del útil y de la trasmisión de los aciertos. Presiento la infinita variedad de mensajes que impresiona el buen sentido ¿no procederán quizá estos recados de un código finito que se diversifica al manifestarse? Presumo que la dirección del trayecto que ha de agotarse va de la materialidad múltiple a la conceptualización.
     En un afán por reducir la apariencia del sinsentido humano, persisto en instalar lo acaecido dentro de una estructura, convencido de que este principio de ordenamiento trae consigo el provecho de una mayor capacitación para aprender más rápidamente. Parece que no importa demasiado el método manejado en la construcción de la organización seleccionada -las factibles son incalculables- aunque use incluso un criterio arbitrario. La heterogeneidad de sistemas que se revelan a diario por el examen permite, en los alrededores de la ambigüedad -propiedad de la reflexión- el protagonismo que acaba por cerrar la precariedad de sus aspectos locales en una agrupación más amplia. Desde el mismo instante de la elección del arreglo que aprisiona el azar en su entramado y rechaza la indiferencia, comienza a discernir el hombre que se arriesga por los gigantescos desiertos de lo que desconoce. No olvido jamás que preciso de la serena quietud de otros; de ellos obtengo mi ración de sosiego.