Recreé el tiempo de atrás en la isla del Napo y
sigo al de ahora hasta Jaguar


La otra vez que vine a Anaconda conocí a unas misioneras evangélicas de Ambato -disfrutaban de su descanso-; decían con buena voluntad de la esperanza asida a la hermandad de los humanos, y las recuerdo alargando las sobremesas con sus pláticas de Dios -nunca supe con certeza el parentesco de la divinidad con la ración. Si existe tal concurso ¿cómo es que no se nota su presencia en las mesas abarrotadas?, ¿y cuando los hambrientos la invocan, por qué avisto fragilidad en el sustento? Estas hembras maduradas con sermones, canto y la persuasión de siempre, aducen sus credenciales con un entusiasmo juvenil -no me es posible tomar literalmente sus mensajes en consideración; prescribo a mi juicio racionalización, así evito la confrontación al descubrir sus habilidades por subir la cuerda de los argumentos con el estilo de los ilusionistas -luego desaparecen trepando sigilosamente por ella. Me nombran "el profesor" porque sujeté mi libro de historia casi siempre abierto -ahorra escuchar los sinsentidos de la escolta encontrada, y la espera entre acciones se llena de diálogos con la inteligencia del autor favorito. De todos modos, en la soledad de estos sitios alejados, distingo con nitidez al idealismo y al materialismo girar en sentidos opuestos ¡qué apetito de expansión por la exaltación en la locura de los símbolos!, y ¡qué empuje irresistible produce la reducción del pensamiento ensombrecido por lo inmediato corruptible! -los escombros ocasionados por el choque de ambas rotaciones sepultan la oportunidad del equilibrio. Ahora que estoy de nuevo aquí, recreo la memoria desvestida de los ojos de la ansiedad por la búsqueda, y es que los hechos urdidos en la premura por desenmascarar respuestas tornaron apacible el gesto; la isla también está más desierta -una inundada ahogó a los monos que entretenían la vida y la vista jugando. Retengo en mi gratitud a Rafael, él guió una de mis preliminares caminatas de selva; inmergido en el manto verde chupé savia de las lianas, corté paja toquilla con la que fabrican esos preciosos sombreros panamá, impulsé con viento aprisionado en la boca cerbatanas sin veneno, visité a una mujer que masca yuca -¡mmm...!, fermenta la chicha-, con su machete partí por la mitad un hormiguero que él quema a la puerta de su choza -¡chsss...!, así ahuyenta a los mosquitos- y probé el sabor del cacao recién partido; este individuo de sangre cruzada me recomendó amar aquello íntegramente. Experimento algo parecido a una llamada ritual en el menester de retornar, creo que resalta frente al entendimiento las distintas elecciones que he escogido mientras el sistema trascendente ha permanecido indiferente ante la incertidumbre y al recoger lo tanteado sobre lo que custodio en mi mente, detengo la ronda de aflicción que me induce a olvidar mi evolución ¿no se habrá de repetir por tanto la misma pesadumbre? Regresamos junto al resto del pasaje que aguarda en la canoa atada en la orilla y fuimos con los demás aguas abajo, más abajo, sorteando rápidos, bajas y remolinos.
     Aproximadamente una hora después de abandonar la breve ensenada, montada en la margen izquierda divisamos la primera construcción de obra desde Misahualli. La recepción de la hospedería Jaguar hace en los momentos precisos de comedor y sala de reunión; defendió mi cansancio la admiración por el arte de Guayasamín amarrado a las paredes y convertido en útil de asiento y sostén de viandas en los ratos indicados para engullir la nutrición. Leandro, el cicerone de la floresta, nos condujo por meandros remansados a un brujo de misterios desvaídos, en realidad no me importó demasiado su escasa autenticidad; en cualquier caso, mantiene las infinitas relaciones litúrgicas que cuidó constantemente la magia. Al volver, en la ribera de enfrente del hotelito, un semejante mío encaramado en lo alto de un árbol desprende toronjas de una rama que extiende su brazo a la corriente, la afluencia remolca semihundidos a los grandes y redondos frutos amarillos hacia su compañera, la observé sentada en un cayuco pequeño fijado por un extremo al borde que mira de cara al curso y aguanta la
postura oblicua ¡qué rastro tan remoto como el hombre!, son recolectores que se sirven de las fuerzas de gravitación y de arrastre. Enmudecí durante largos minutos solazándome en la pareja -sencilla muestra de cooperación. No quiero omitir a estos personajes del paisaje; infiero que el motivo de su esencial colaboración es un compromiso en favor de la persistencia en su drama -elemental y ancestral- porque el apuro alimentario es de la antigüedad del tiempo. Y no deseo ahorcar tampoco la estética composición del movimiento en el abastecimiento, pues no violenta mi percepción ¿Es factible que a los adoradores de lo próximo no les baste la plástica de esta lógica para apoyar la viabilidad auténtica del desarrollo de sus conceptos?
     Al filo del atardecer, la alianza distendida del sol y la criatura queda invertida cuando el astro aprovecha la coincidencia del negror y deserta. Los términos polares de la diaria discusión no degeneran a formas de pendencia por causa de la tranquilidad con que la magnífica bola lunar viaja su oro por el oscuro límite contrario del río de barro ¿No señala esta placidez además la abundancia líquida renovada?, ¿morada de las almas? Al igual que la música, estas sensaciones pueden ser aprehendidas, aunque no traducidas a otros medios de expresión que el propio, y es que al hablar de ellas logro únicamente esbozar sus contornos. A esa cita avanzada en la bóveda nocturna, las luciérnagas acuden en concisos y huidizos centelleos; los sonidos de la espesura actúan sobre el espíritu y los sentidos en el lugar común del miedo atávico -ahí, guardamos el asombro. En estos instantes de plenitud, lamento de veras no consentir a mis detractores el consuelo de mi desgracia ¿no adivinan acaso que es la necesidad y no la explicación la que lleva a comprender?, las aclaraciones informan de la adecuación, pero no demuestran la validez de las razones; el aprieto, en cambio, desnuda el recorrido porque el andar es urgente. El desconsuelo de donde llega mi conciencia plantea la carencia de significación hallada y deja caer, a la manera de un gajo seco, su pasado de espejo desleído.