En Anaconda, la selva amazónica tomó asiento
en medio de las aguas del Napo


En las afueras del último pueblo en que por esta latitud de la Amazonía es posible atinar, la noche salió a recibir nuestro cansado periplo que comenzó en Quito. El conductor -de ciudad- equivocó el término de la pista y traspasó un puente de madera en extrema fragilidad para aquel transporte -al día siguiente, vimos la pasarela echada a lo largo de su queja antigua frente a los dormitorios, brinda su función a la unión de los límites del río Misahualli. Desde el mostrador de la recepción a las habitaciones, hemos de bordear el elevado pretil del torrente y recorrer en silencio la intensa dedicación al sonido mágico de los miles de formas que manifiestan su presencia. Por la mañana temprano, paseamos en la balconada hirviente de exhalación fría -es niebla que asciende arrancada de aquella avalancha al encuentro del Napo-; subidos a una camioneta y sentados en el equipaje, abandonamos el Hotel Auca con los estómagos calientes. Nunca he sostenido que la cualidad primitiva de lo salvaje aclare el porqué del temor a distinguir sus tonalidades, porque en este estilo de argumentar echo en falta siempre una mayor profundidad en la manera de pensar. De la otra vez que erré por estos lugares, guardé la necesidad de un calzado alto e impermeable; en el mercado compramos las botas mientras el chófer sació la sed energética de su vehículo. No es tarea fácil omitir de la memoria los veinte kilómetros que nos separan del poblado de Misahualli, el boscaje se anuncia con un atrevimiento que no cede terreno a los que deseamos penetrarlo -la naturaleza, como la hembra descubierta, exhibe sus intimidades únicamente a quien se entrega. Cuando rastreo y escudriño en el llanto de mis sensaciones doloridas por el quebranto y el olvido, huelo aquella distancia pasajera ofrecida al perfume de los lirios que entallan el camino y recuento la duración del trayecto con el ocre de la carretera y el verde que ciñe a su cintura el rodaje hasta la incesante de masa líquida. En la circunstancia en que previamente disfruté de estos parajes, el guía esperado no aguardó mi llegada a Tena, ni tan siquiera le acerté en Misahualli, porque el mensaje que debía preceder al viajero fue de correr más lento que el mío.
     Al final del caserío, el caudal del Napo, arreglado en frontera, divide a la vida urbana de la vegetación exuberante y reúne a los propietarios con sus embarcaciones en la playa. Hace rato que cavilo sobre el sentido global del mecanismo esencial que vulnera a la quietud, y es que ya no me preocupa tanto el origen del movimiento, sino su significado. Este flujo que escapa al abrazo del Marañón jamás lo estimé un obstáculo, desde la anterior oportunidad en que reconocí su color pardo supuso exclusivamente una consideración. En el maridaje de turbulencia, ambos cursos inmolan sus nombres en el lecho revuelto de  tierra, y es allí donde la vena de fango se renombra Amazonas; los brasileños dicen que el inmenso mar dulce nace más al Este, en Manaos; los colombianos defienden que su copiosidad lame la margen de Leticia; todos requieren su honor y yo creo con sinceridad que su magnificencia pertenece a quien contenga la mirada preparada para emocionarse con su vastedad. Resulta algo tediosa la negociación con los canoeros después de cumplimentar con la aduana de selva; medio hundidos los pies en la orilla -ahí el suelo descuida su firmeza por el baño- la exposición de nuestras querencias es rápida, pero sus exigencias económicas demoran la marcha -enojosa prueba de voluntades en la oleada de sospechas puesta en presuroso ejercicio que trata de desnudar la grieta, la debilidad y la torcedura del alma en el oponente ¿No están eternamente fijadas en esos sitios perdidos las causas seminales por el mero placer de afirmarse en el atajo a la conciencia de sí mismas? Cuando vine solo, el soldado del registro concretó con decisión de gobierno la canoa y el barquero -entre la instancia del agente y el regateo hay una diferencia de posicionamiento estructural: la primera acción corresponde a una orden y la segunda a una discusión. Era una tarde hermosa de un mes de septiembre, en los cuarenta y cinco minutos corriente abajo para alcanzar a la isla Anaconda, admiré en repetidas ocasiones el rostro de aquel mestizo que dirige el enorme tronco de árbol vaciado; presentí su soledad junto a la mía y recosté mi indefensión -revelada en la grandiosidad del follaje y el agua- en la bondad de aquel hombre, porque a pesar de que navego abstraído en el torbellino de mi devenir y de que lo advertí demasiado distinto, logró conmoverme. Estas impresiones despejaron de mi mente el miedo por los negros resentimientos que el recelo empercha en el corazón de unos contra otros. La calma distraída en las riberas lujuriantes y el desplazamiento de la abundancia acuosa desbocada fueron los asideros de mis pensamientos serenados en la confianza ¿No disfrazan las normas habituales la creencia en el ser humano al teñirla con su aparente racionalidad?
     Mandamos detener el cayuco en el amarradero. Me apetecía contemplar de nuevo aquellas cabañas y los senderos por donde divagué dos años antes embebido en mis lecturas de historia; sujeté por entonces muy fuerte el asombro encendido ante la desbordante diversidad que se nota en las especies ¿No hallé acaso tendida a su lado la heterogeneidad en los modos de la gente?, la observé constantemente trabada a los pliegues de la multiplicidad de sus cometidos. De la pluralidad de estas imágenes, mi espíritu ha asumido, con la maceración de las fechas y el trillo de la reflexión, la simplicidad conceptual que se decanta perezosamente hacia la síntesis. Don José, tiempo atrás, me contó de tres mujeres Patas Rojas que huyeron hace ya más de cuatro decenios de su tribu temible; recuerdo, del encanto atado a su voz pausada -de piel cobriza con sangre española- la leyenda de Dayuma -la Auca que desertó de su raza reside aún en Misahualli. Fuera del recinto guarecido en el que concluyó su narración, las tinieblas se habían apoderado de la espesura; nadie anda cuando el oscuro ha convocado la algarabía inconfundible de los infinitos animales extraños que chillan su existencia.