El intenso azul del cielo de Quito
vuelve rito el cobre de una raza


El tráfico aminora su fluidez cerca del teatro Sucre, porque las vías públicas se angostan  al venir del Ejido. Pierden gastadas la linealidad sostenida en lo más moderno de la ciudad, y es que la cordura del urbanismo rinde su fatiga a un futuro que tenazmente altera su faz. Quito por allí toma la silla del descanso en la leyenda, y bebe de la magia asida a la ocasiones pretéritas de cuando las charlas embebidas y sin premura. Se entregaban entonces las espalda a los enormes portalones en las caminatas por curvas, estrecheces, ascensos empinados y rampas torcidas. Decidido, detengo el coche y subo a la plaza; me apetece ver a la gente de hablar locuaz con sus verborreas de remedios repentinos para toda clase de enfermedades, oír al cantor ciego que a ratos manosea el saxofón y mantiene amarrado al cinturón, con una cuerda, el carrito que abarca sus insuficientes haberes y escasas limosnas. Me gusta la fachada blanca del edificio que recluye el escenario en el que he contemplado a hermosas bailarinas correr por su danza; recuerdo el goce de seguir con los ojos y el ánimo a las parejas folclóricas en sus evoluciones según sus costumbres vistosas -aquí la sangre cruzada no es delito, sino música y ritmo. Anduve con la indiada sorteando a los buses cogidos al abordaje por el gentío, apresados por luces variopintas y parpadeantes, atiborrados de adornos que se me antojan extravagantes ¿cómo voy a olvidar las resignadas pinturas que rechazan con tesón el deterioro de los años, agarradas a las puertas y a sus armaduras delanteras, laterales y traseras? La cicatería del tiempo regaló cicatrices abiertas a una autenticidad dañada por un pasado que engulle su misma cronología.
     Es fácil acercarse a la Plaza de la Independencia, son inconfundibles la arcada, la Casa de Gobierno y la Catedral. La formulación histórica del mando y del destino de este pueblo paseó sus argumentaciones y la aventura de sus sueños implorando al Todopoderoso y ordenando a sus semejantes ¿no parecen, desde los preludios de la memoria, aliadas las rogativas y las prerrogativas?, ni las unas ni las otras se rigieron jamás por sus fueros ¿ello no lo descifraron los grandes hombres al desenmascarar la afirmación diáfana dormida en el zigzag más apartado de la posibilidad?, una tupida malla invisible ensoga el aparente contrasentido de lo defendible que se discute en palacio y lo inabordable que es motivo de súplica en el santuario. La fantástica erupción demográfica que abarrota el embaldosado ha sobrepasado la obra colonial, incorporó a lo adquirido las tradiciones, y el resultado es un estrafalario y maravilloso desatino que acude a la mística de la expiación, siempre que el barómetro de la confianza en la justicia indica la persistencia de huracanes de ansias, que para estos paisanos es viento habitual -ímpetu de vida en el reflejo de la muerte. Sin embargo, no distingo en sus rostros los rasgos de los asesinos de la coherencia, la relatividad de sus pautas los ubica en un perfil desigual; pero, en cualquier caso, subsisten enlazados a la unidad psíquica de la humanidad. En cada nivel del sistema, opera un acuerdo de relación ceñido a su verdad inherente -es la salvaguarda de la organización cerrada que excluye los pactos, guardianes del equilibrio, en los otros segmentos de la estructura.
     A la izquierda queda la iglesia colosal cuando se quiere mayor intimidad con esta reliquia que es Patrimonio del mundo. En la calle García Moreno -el presidente que se propuso convertir esta nación en un protectorado francés- no resisto la atracción barroca de la Compañía de Jesús ¿es factible sobrevolar con el pensamiento lo acaecido por encima de tanto poder al llegar de Independencia?; en la otra esquina, el Banco Central del Ecuador, y en medio, el pasaje del Algodón que guía al sitio colosal. Al alcanzar San Francisco, lo absoluto emerge en un revoltijo, ondulando en una marea creciente de referencias; la fuerza de su tremenda explosión, desesperantemente esencial, se debe al apremio por manipular la voluntad divina. La traen a participar de un diálogo en el que imponen sus apuros, y ponen sin titubeos la creencia al servicio de sus expectativas por el
compromiso de unas plegarias incesantes. Los métodos intuitivos con que acometo el amasijo que deambula con sus intereses en el vasto recinto, degeneran hasta la esclerosis por la formidable confusión que crea la multiplicidad de contornos, colores y agitación -a una raza así no le cabe renunciar al placer de existir ¿Es decoroso continuar afianzando el derrumbamiento de la norma única de insistencia con lenguajes tan dispares?, el intento de esbozar los sentimientos que flotan es un cometido demasiado ambicioso y exasperante -respiro una espiritualidad inmediata a la plasticidad sensual. La pasión que me impulsa a asociar las experiencias que dispongo y redispongo a tandas, provoca el éxito; pero he de cuidarme de la pura casualidad, a pesar de que el azar deja a menudo menudas señas de búsqueda. Aquí y allá se aprestan ruedas humanas alrededor de sujetos mesiánicos -en esos corros, los que sufren más la acucia de doctrina se sitúan a menor distancia del orador, los periféricos abandonan periódicamente el círculo y otros ocupan sus puestos. La comunicación emotiva del acento que emplean viste de movilidad la expresión de sus torpes fanatismos, que despiertan los anhelos de los desafortunados por una revancha apagada en un giro desquiciado de locura colectiva ¡Cuánta cantidad de agua amontonan en sus molinos! -norias renqueantes por un exceso de pesadumbres oxidadas. La inclinación a integrar grupos es una herencia prehumana, amortaja en el codo a codo la originalidad de cada cual por un positivismo utilitario, el propenso se absorbe gregario en un ambiente que lo configura por la emulación que suscita el apiñamiento y el control que practican sobre él los otros. Los borrachos de Dios tropezaron con la manera que sospecharon adecuada para pregonar el contenido de la angustia: yuxtaponer los problemas de forma a las obsesiones de fondo; sus especulaciones tienen la vehemencia de las deidades arrinconadas y la violencia de los fusiles contra las flechas. No explican, recalcan una y otra vez en sus discursos el atentado a la lógica que es la bondad infinita de los cielos mudada a azufre y fuego por la impiedad de las bocas amargas ¡qué impudicia de hambre e insumisión! Reclaman el retorno del misterio religioso y para ellos el ministerio de la interpretación y de la mediación de las almas que aspiran a la gloria con el mensaje superior a cuestas ¡Cómo les encanta dominar el lugar común intuitivo de la barbarie en su clientela de miserables, bestial y desatada! De la similitud de sus anatemas brota una innegable rivalidad, y ese antagonismo se nota en las exhortaciones autoritarias de esos profetas hendidos por el desasosiego en la demanda de acólitos, aunque ciertamente no consiguen producir estallidos de adhesión o de ira.
     Muy poco sé de la sinrazón en que me atrapó la sorpresa súbita de aquel desgarramiento sangriento de glóbulos oculares al que se lanzaron dos mujeres en mitad de la muchedumbre que escoltaba a la efigie del retrato, embestidas en una pelea feroz, fue un remolino atroz en la vorágine de rezos y de cirios sofocados. La procesión toca a su término al resolver la multitud la contienda binaria, entre el templo y el inmenso espacio de luz, a favor de la unción y depone para después la algarabía -¡qué fascinante resulta el punto de concordia de lo supuestamente opuesto! Me llamó la atención, al igual que en mi infancia, la extremada escisión del sacerdote de la congregación que lo acompaña, la diferenciación de su representación activa de la de aquellos que convienen reducidos a respondedores del ruego -son algo más que espectadores: coro ¿Está el hombre designado eternamente a ser hombre o proviene de un dios destituido en épocas remotas? El imaginero no pesó el candor en la escultura de la madre y el niño como el predicador modula el temor en sus simbologías horripilantes del infierno: las balanzas no son idénticas; ¿estima que el devoto precisa más dolor que amor para mitigar su ardor? La repetición de las oraciones y la aliteración de la letanía promueven en el final del rito la cadencia que domestica los ingredientes disruptivos, queda así fomentado el hábito de cooperación de los fieles al aliviarse su zozobra consternada. El recogimiento está adentro y el acontecimiento porfía afuera ¿será necesario que, para que la paz se conserve, ésta haya de marchar, a propósito, a través de su antitético para fijar la frontera de la contradicción? -nunca, y dentro de ese nunca incluyo al hoy, la convicción reemplazará a la sensibilidad.
     Fui testigo de la arrogancia intolerable con la que unos extranjeros analizaban la fe, el fervor y el arrastre de las piernas que soportan aquellos cuerpos al encuentro de nada ¿esas muecas despectivas no indican a las claras que ha de entrar aún bastante materia en sus pequeñas cabezotas?, ¿conjeturan acaso que si hubiesen nacido donde los indios Ticuna conversarían, con la elegancia apropiada, de la última novelería del Norte?, ¿no se dan cuenta de que a aquellos a los que consideran distintos no les urgen sus perdones? Es de risa su disgusto ramplón cuando chismorrean de sus padeceres de tristeza ante la penuria que visitan en sus vacaciones ¿admiten por casualidad que las calamidades correspondientes en su entorno habitual fueron desterradas?, desde luego, arguyen que fueron por lo menos suavizadas, y es que con frecuencia sus tolerancias son mayores con análogos errores si éstos habitan próximos a sus hogares.
     El hermetismo y el escapismo son el molde que adopta la ola de la consideración al romper en los acantilados -exhalación pútrida- de la incomprensión. La realidad elaborada desempeña su influencia en la conciencia y modifica el talante con que la perceptibilidad interviene en el modo de colegir lo que está ocurriendo. Es un constante hallazgo de conexiones entre el individuo y su ámbito -constituido de actos, circunstancias y otros individuos que se vinculan con él. Probablemente, las vueltas y revueltas de las ideas y la mezcolanza de pensamientos que se empujan unos a otros hagan lenta la eficacia de avance en el raciocinio, pero si se condena el proceso perece arruinada la perspectiva; mírese como se mire, lo evidente es que en estos ejercicios del conocimiento no se extingue la esperanza, porque los rastrojos absurdos de los juicios equivocados permanecen varados en el litoral del instinto.
     Es seguro que con el progreso de mi armonía soy menos adicto a calcular las lejanías que recorro. Me preocupa más y más enfrentar la cuestión del objetivo sobre las dos primordiales direcciones en que presumo se expande el entendimiento: la diversidad y la complejidad. Por la comparación de los hechos y el descubrimiento de las reglas, trato de examinar a oscuras las causas de las cosas cuya importancia en principio no acierto a evaluar; pretendo así entrever el andamio que mantiene la generalización con la valentía de completar el trayecto. No obstante, me prevengo de que no obtendré unas posiciones definitivas en torno a nuestro sentido en el cosmos -es difícil averiguar las dosis respectivas de las tendencias refractarias-, pero la preciosa carga de los nuevos conceptos y categorías engorda en mi mentalidad. Ni mucho menos persigo concluir la comprensión de nuestra identidad ¿cómo lograrlo?, ¿hurgando en nudos de pies desnudos?, sí pruebo en cambio, a transmitir la impresión que tengo acerca del fenómeno.
     En la radio del taxi que nos devuelve al hotel, rascando chasquidos eléctricos mal avenidos, escuchamos a Beethoven. La magnificencia del Concierto Nº 5 no socava la evanescencia que se asienta en esa hora en que la tarde permite su volumen a la noche junto a los poros horadados en el suelo por la aflicción de los pasos mestizos. El auto huye endemoniado de aquel rincón retorcido y arrugado por los siglos, la prisa del conductor no inquieta la medida del genio de la estética sonora -al límite de la carrera aguardamos en el vehículo a que se agotase el Emperador. Constato en una intuición fulgurante cómo el nervio y el hervor de las paradojas, recostadas al borde de la penetración más profunda de lo que sucede, gana al talento por el lado de la certeza.