Canto entre vivos colores
a una inocencia moribunda


La identidad de las mujeres otavaleñas se filtra a través de la diversidad de las brillantes hebras que bordan sus diáfanas camisas holgadas, del azul hondo del atuendo faldero con que tapan sus piernas y en el trapo de idéntico tono donde atan el calor del sol para que no ardan sus cabelleras. Todo en ellas es alineamiento y proporción. El ornamento se reúne en sus deliciosos aretes de plata y en la espléndida extravagancia de decenas de collares ajustados por cuentas de vidrio con que modelan a la luz su cuello -en cada vuelta las bolitas amarillas hilvanadas aumentan su tamaño. En sus espaldas portan la más preciosa carga cuando paren sus bebés, y es que la fecundidad es asunto de su sexo; el mando social, en cambio, lo ostentan los varones en sus parloteos sin fin. Van tocados con un alado sombrero claro y duro, el pequeño pantalón blanco que cae por debajo de las rodillas no alcanza las alpargatas -descuidan el ancho empeine del pie- y sobre la blusa de lino se tiran el poncho que deja exenta la garganta -reconocí unos, a cuadros por una banda y de añil por la otra, que son mis favoritos. No dudaré más de que los mercados fomentan las relaciones pacíficas entre los poblaciones colindantes, y aquí en Otavalo hay calma.
     La sensibilidad de los artesanos de esta región se declara en sus tapices y chombas, y en la conjunción de líneas geometrizantes ocupadas por un colorido desbordante. La picardía sensual brota en el estilo peculiar de su cerámica erótica de múltiples cuerpos conexionados por sus genitales. La expresión directa de la alegría de los sentidos confirma a los individuos como el agente creador, y el ambiente es entonces el resultado inequívoco de la sensación pregonada. Allí, en rodeos y más rodeos por aquella feria, se asiste en la tranquilidad del bullicio a sus presunciones armónicas en un maridaje bien avenido entre personalidad y cultura. El turista se recrea en las antiguallas amontonadas de fábulas menudas y en la excitación por el macabrismo de las tzantzas -cabezas reducidas por los jívaros, aquí imitadas- en percepciones que promueven lo intuitivo del arte y del mito. El fruto de los esfuerzos de los comerciantes incrementa el desconcierto aparente en los acuerdos y desacuerdos de la compra, porque a causa del regateo, la probabilidad desaloja a la certeza en la mirada desconfiada de los indecisos que compiten por detrás de la intensidad de la corriente. El pensamiento se detiene en la contemplación de los vínculos entre los objetos y en su unidad subyacente. Reparo en que el sedimento de mis emociones se torna sintético y logra solidez en la horma cronológica ¿No me estaré gastando en los hechos?, ¿en qué manuscrito localizo el esquema de los principios del precepto por los que se guían los gustos?
     A Luis Julián Cotacachi Lema nos lo topamos por casualidad al adentrarnos en Peguche -al otro lado de la carretera panamericana. Demandó nuestra atención para averiguar si deseábamos visitar la cascada que alivia el lago de San Pablo. Compuso nuestra compañía desde aquel rato, ofreció su sonrisa abierta y nosotros la confianza ¿cómo olvidar a este hombre simple que como fenómeno singular ya es suficientemente interesante por sí mismo?; me entona el no figurármelo sujeto a normas estrictas, libre y manifiesto, parecido a como nos solaza el placer del baño en aquel cortinaje líquido, subidos a la gran roca; y es que la afinidad no nace del contacto mojado, sino de la integración de la búsqueda y de lo hallado. Nos percatamos de su nobleza ¿qué importan las excepciones?, lo que empuja con vigor son las tendencias sobre los añicos de los incumplimientos de la amarga disposición preferente. Presiento que si quiero disfrutar de esta belleza de perfección en bondad adámica retirada a la dicha sin escondites, he de abarcar completamente su magnitud ¡cuánta torpeza debe atribuirse al peso muerto del desprecio por el conocimiento de este trozo del género humano!
     Para que madure el tino se precisa ejercitarlo, y Luis no tuvo más remedio desde que su padre perdió la razón y los sueños por malvivir reventado en una fábrica de mantas en horas de faena sin límites y despanzurrado por la derrota alimentaria de su volátil paga. Hoy deambula medio loco de alcohol, desgajado de los sentimientos extraviados de unos hijos que abandonó y de su esposa, con quien compartió la casucha donde alumbró a sus cuatro vástagos. El desequilibrio entre la abundante reproducción y la apretada producción los encadena irremisiblemente a su indigencia. Tanto dolor se lee obviamente en el tic histérico con que guiña rítmicamente la hembra paridora su ojo derecho. A la izquierda de la entrada vi siempre un caldero en el que hierve una masa semilíquida y parduzca -chicha, supongo. Las esteras de totora machacada a piedra reservan la cocina del que acierta a pasar por delante de la vivienda ¡Fantástico planteamiento teórico del aprendizaje que por su mera naturaleza es expansivo, acumulativo y por ende evolutivo!, se requiere además enseñanza metódica, volumen en el estómago y sosiego para que el cerebro conforme lo estudiado como el agua que, al adoptar el perfil de la vasija, ayudó a racionalizar la ignorancia del alfarero. Pero esta gente ha llorado en exceso la negligencia y el etnocidio ¿cómo defenderán sus costumbres?, sufrieron la ridiculización de sus creencias y la minusculización de sus trascendencias y de su organización ¿a nadie se le ocurrió que sus modos les conferían serias ventajas de supervivencia? Cuando pierden su carácter utilitario al rebasar su período de rendimiento animal, ya no son más que elementos decorativos en el lenguaje descarnado y actual de la estética grotesca arrinconada en las aceras de tierra que circundan sus casas de adobe.
     La primera vez que conversamos con Cotacachi, mostraba sin recato su entusiasmo por su nueva actividad en el cuartel, le adiestraron para sentarse a la mesa y manejar los cubiertos -su familia únicamente lo habituó a la cuchara. Espontáneamente comía saciándose con lo que atinaba a trinchar y cortar al borde de la laguna de Cuicocha. Me regocijaba admirar sus facciones encendidas de ilusión por su descubrimiento del goce mientras girábamos en una barca alrededor de la isla que emerge de aquellas profundidades. Las cuestiones fundamentales están muy cerca del corazón y toman asiento en el vientre. Fue su día más feliz, comentó al despedirnos. No han transcurrido más de tres meses y su temple persiste aunque se agota en el entorno en el que está inmergido, el ánimo independiente afronta aún el despotismo de los que ordenan y se rebela a la autosumisión que complace a la fuente de mentiras donde se alberga el poder ¡Maquinaria infernal en la que se muele la bancarrota de su mente imaginativa!, la incomprensión y el paternalismo constituyen la máscara más eficaz para encubrir la mediocridad y dar rienda suelta a la mezquindad.
     La retórica reflexiva con la que se aspira a simular una franqueza a menudo es un espantajo de retales, conformado por quejumbrosas tristezas zurcidas a los juicios descompuestos por las desesperanzas. Se doma al salvaje con la promesa de más tarde -¿cuándo y cómo?- transigir con su dispensa. En innumerables ocasiones, este proceder no fue más que una falacia, porque el conjunto de respuestas que le permite la educación recibida es enormemente restringido. Consigue correlacionar los acontecimientos, pero no llega a explicarse los porqués -le supedita su atmósfera repleta de desolación. Alguien ha de informar al indio de progenitor desquiciado de que la comprensión de la extraña estructura entraña ineludiblemente el entendimiento de su función; si procura sobrevivir en ella, ha de apechugar con su ímpetu persuasivo y usarla con el buen sentido del gobierno ¿No será acaso un error irreparable traerlo al quicio de su evidencia?, ¿adivinará nuestro rostro aturdido -atiborrado de silencios- ante el interrogatorio por su ignominia? ¡Qué agria sátira la de echar la culpa del atraso a la despreocupación del indígena!, pero si no atienden a su previsión por falta de recursos, y de aquello que elaboran, poco encalla en su provecho. Suspendido entre la comisión y la omisión apenas cabe el desaliño de su indiferencia. Indiscutiblemente, la miopía es un padecimiento conveniente para esquivar la responsabilidad de una realidad embarazosa. Es más sencillo ubicar los propios prejuicios en las oquedades y sobresalientes óseos de su semblante, en la boca desmedida y en los labios gruesos, pero es de sobra público que las cualidades inadecuadas no son algo que se lleve en la sangre.
     El desenfado colmado de inocencia con que pregunta y contesta a nuestras curiosidades ha abrumado su ingenuidad hinchada de humo -principia la andadura de residuo vestigial. Se experimenta una cierta nostalgia al comprobar que los músculos del pescuezo comienzan a cesar en el afán de mantenerlo erguido y un enloquecedor enjambre de ideas sin dirección revolotea en el interior de su cráneo. Su condición lo condena a la doctrina de la desesperación con su trilogía de miseria, de desdicha y fracaso -el hambre se esparce por la pobreza y en la ausencia de horizontes. Se extingue el juego llano, su brío lentamente se avinagra y se arrisca en el envilecimiento a escasos pasos de doblegarlo la opresión. No se recordará a este joven, en adelante, más que en las coplas poéticas y en los cuentos de viejas, la mayor parte de él será una ruina sin gracia que no arroja energía alguna, salvo un estremecimiento. Se endurecen los nervios de los empleadores que retienen bajos los salarios y amplían la jornada de trabajo, la variedad de las ansias escurre de la preocupación principal ¿Qué más intentará satisfacer nuestro amigo, de trenza larga y negra, que no sea su gana y el descanso de la extenuante tarea en el telar? La cera blanda de su candidez se impresiona cuando oye anécdotas de algunos que viajaron acariciando su música a la monumental Europa ¿qué sabe él de esas gramáticas deterioradas en los remolinos del decir engañoso, en los caudales desfallecidos y en las trabas del desaliento?, no distingue que esa fanfarria no es sino disfraz carnavalesco de delirios ahogados en las manos de la peor parcialidad. Conservan su orgullo y se pudren en la penuria al regresar, pero no hasta el extremo de revelar las patrañas de sus protagonismos.
     Necesito volar por encima de esta historia. Queda atrás el personaje sustentado en su perspectiva a la que rindo un homenaje ajeno a panegíricos que no hacen sino obstaculizar el panorama de mis semejantes inermes al destrozo. En cualquier caso, me fatiga disimular una especie de ligera embriaguez que siento por estas cosas queridas que noto próximas a torcer el rumbo. He sido testigo circunstancial de la degradación de algunos de los valores más hermosos. Es formidablemente difícil disculpar este estado basándose en aquel argumento, henchido de maldad, de biologizar la marcha de los pueblos. La lucha por la existencia y el triunfo de los más aptos capitanearon situaciones globales de auténtico derrumbe moral ¿Será posible traspasar la cancela de la interpretación e iniciar la transformación?, las arenas de la nesciencia cegaron constantemente a la equidad ¿Se pueden cubrir más de absurdo los sesudos discursos de libertad junto a tal cantidad de seres incapaces de saldar su elección?, ¡qué espantosa es la omnipresencia de la estupidez! El progreso inexcusable que no se resuelve oportunamente estallará la armazón que refrenda desde demasiado tiempo las diferencias y divergencias ¿de qué lianas colgarán entonces las etiquetas desvestidas de significado? Si la robustez resiste al embate, encamina a la firma, sobre las homologías, de la componenda entre el punto de vista trasnochado y la perturbación que se coló montando el desahogo, justo en la mitad del camino trazado desde el orden al desorden; por el contrario, si prevalece la orgía de las hipótesis falsas que se aparean a exigua distancia de la observación rigurosa, no ha de sorprender luego que los amantes de la soberanía, envueltos en el ciclo agitado, desaten los grilletes que atascaron las épocas del sigilo ofuscado.
     Cuando paseo por los templos donde la indiada ora, considero asegurado el misterio; en sus caras embrutecidas y en su trajinar sumiso, se aprecia que la lucidez no acudió, ni hubo cita. Rastrean la conciliación de la
incertidumbre con la protección de la plegaria. Conjeturan que el soplo que les acerca a las fuerzas y substancias esenciales en su dilatada espera han de abonarlo con paciencia, aflicción y desconsuelo. El desgraciado que soba la cruz redonda a la salida de la iglesia del Jordán clama el milagro, pero la venta y la porfía están afuera; es una oración de años, de llantos, de cantos silentes y de desencantos gimientes ¿por qué ese empeño tenaz en trasladar el campo de la discusión doméstica a las esferas celestes? Adoro esa esperanza quebrada y respeto a ese madero de término abatido ¿no retorna el caos al caos?, ¿quién se atreve a inaugurar el reinado de la verdad absoluta? ¡Qué desdeñosos con el cosmos vegetan los peregrinos desorientados de las ideologías!, ¿la infinidad de leyes que rigen el menor movimiento en el universo no les afecta?, entre los inmoderados traficantes que no anhelan sino asirse al éxito del momento ¿no conmueve la persona serena que atesora incansablemente su vida, pendiente exclusivamente de su mundo íntimo? Me abstengo de opinar al exponer lo que advierto, pero estoy seguro de que con ello no evito los gestos que traducen mi criterio: las concepciones se desvelan tanto por la acción como por la inacción, tanto por la discreción como por la palabra ¿No es mejor la posición confesada que la refugiada en el habla críptica? A pesar de las implicaciones fatales del espíritu -maloliente por el temor en la fermentación de la crueldad y la venganza- que amoldan mi experiencia, insisto, por una firme convicción, en la inclinación magnífica de la criatura en pos de la tolerancia. Perduran un montón de turbaciones en el aire que forcejean con la escritura, el atardecer ha de rescatarlas en el ensueño y barrerlas por el viento.