En las vísperas del sosiego,
la codicia de los estados
trajo a Cuba el fuego de las armas


Tanto gustó en Europa el tabaco cultivado en la Habana por los propios aborígenes, que su nombre ya fue el de habanos. Cristóbal Colón escribió de los indios que se pasean con un tizón en la mano y fray Bartolomé de las Casas anotó cómo lo llaman los nativos: tabaco. Pero es evidente que Cuba no es sólo un estanco. En 1762, Inglaterra mandó a la marina a asediar y a conquistar su capital ¿acaso no eran conocedores los británicos de la importancia estratégica de esta ciudad? Como Francia y España habían declarado la guerra a su país por el Pacto de Familia, el anglosajón hizo un disparo certero de los que hieren brusco porque van directos al corazón. La corona española recuperó con posterioridad su margarita más occidental, pero desde entonces nada fue igual: el monopolio del comercio entretanto se rompió, y ya los cubanos mercaron con las posesiones inglesas cercanas y con los Estados de la Unión. Los observadores del Norte destacados en el Congreso Anfictiónico, 1826, aclaran ante los altos dignatarios de su nación la trascendencia geopolítica de Cuba para cuando llegue a abrirse un canal en el istmo americano. En la época del combate mambí por la independencia, el gobierno de Gran Bretaña dictó no auspiciar el desmembramiento de la Dominación Hispana, pero tampoco reprimirlo ¿no vengaron así la ayuda que los castellanos brindaron a la rebeldía de sus predios perdidos hacía ya más de un siglo? ¡Qué amarga lección de historia recibió por entonces y a causa de su singularidad la isla inquieta!: el emergente imperialismo yanqui asumió sin pestañear su papel de relevo en el lecho de agonía en que moría aquel colonialismo europeo decadente. Jamás admitió al Castillo del Morro como una soberana fortaleza plantada en la principal azucarera del mundo ¿no le pareció quizá más conveniente tratar a la impetuosa construcción militar como a un fuerte instalado junto a la desembocadura del Mississippi? El Imperio Católico siempre consideró a Cuba uno de los pasajes más valiosos para el tránsito de las naves abarrotadas con las riquezas del reino; asimismo la estimó como posición privilegiada de refugio y depósito de los fabulosos caudales que se importaron a España de América. Lo sé, a esta visión diacrónica le vendría bien una adecuada contemplación sincrónica; por eso, dejo constancia ahora de las impresiones que provocó en mi alma un trozo de la Habanavieja.
     La esquina de la Plaza de Armas donde detengo el caminar sostiene como un gozne de apertura izquierda la perspectiva solemne redactada en la fachada de la Casa de los Capitanes; en el costado de enfrente, admiro la robustez del Castillo de la Fuerza -sobre su torre de vela, el artista fundió la delicada efigie de la Giraldilla-; del lado derecho, apreso la serena apostura del Templete -allí se conmemora anualmente la Asamblea que estableció a la sombra de una ceiba desaparecida la Habana definitiva- y a mi andar contenido concurren, de forma geométrica, el empedrado más viejo y tosco, la calle enmaderada y el pavimento ulterior de adoquín -lastre de barcos según oí. En el claustro de Los Capitanes Generales, la estatua del Almirante centró inmediatamente mi referencia cuando agoté en círculos el espacio que honra la memoria de Céspedes -primer Presidente en Armas de la patria insurrecta. Seguí entonces con la mirada la fuga ascendente de las dos palmeras reales fijadas por detrás del trabajo de mármol dedicado a Colón y fui capaz de alcanzar toda la alzada vegetal porque sus penachos mantuvieron oculto el sol de tarde. Durante el vagabundeo en que entretuve el final de la diurnidad advertí sorprendido cómo les agrada a las quinceañeras vestir de gala la primavera de sus vidas ¿no las descubrí apreciando sus recargados trajes reflejados en los espejos venecianos del salón Rojo y también en el Dorado? Me encantó la ingenuidad atrapada en el contento de sus madres por tomarles fotografías en poses características de reinas. La percepción nocturna de la alineación soportada por los faroles eléctricos suspendidos en las galerías recogió de las arcadas superiores, a la manera de homenaje al día ido, la fantasía del equilibrio atemporal prendida en la magnífica piedra iluminada. A esa hora oscura, subí a la habitación donde reconocí los despojos del monumento al Maine; clavado en la pared pude leer de Martí: "... el que cometió el delito de aprender a ser esclavo ha de saber que debe continuar siéndolo todavía mucho tiempo después..." -¡magistral conceptualización de la condición trastornada!, exclamé delante del hallazgo de un presentimiento mío alegado por el poeta. Al abandonar la Casona, amarré la reflexión alrededor del buen tamaño de unas campanas que en el pórtico y de pie vigilan la entrada ¿En cuántas ocasiones tañeron a rebato para convocar la persecución a los cautivos huidos mientras colgaron su hechura en los ingenios de la caña? Resulta ocioso insistir en que la viabilidad productiva de esta tierra tuvo, en el período en que fue provincia ultramarina, sus raíces en la explotación más brutal inventada por el hombre contra el hombre: la esclavitud. Humboldt denunció rotundamente el aspecto más inhumano de esa fea dolencia de la humanidad en su "Ensayo político de la isla de Cuba"; esta obra fue calificada de enormemente peligrosa porque expone, sin lugar a duda, el empuje inmenso que representan las gentes de color y el terrible estado en que el geógrafo las encontró. Desde la primitiva oportunidad en que sentí el grito mudo de las grandes estancias vacías de ideales montado a la grupa del sigilo lento de la cobardía cómplice, juro que adquirí conciencia de la figura infinita en los corredores desiertos que marcan la existencia del hombre preocupado por el hombre. Cada vez que he visto a la descendencia de aquella ignominia pudrirse aún en América, experimento una vergüenza profunda de pertenecer por pura biología al género humano. Y divulgo, porque así lo quiero, que por debajo de mis ansias no ocurre ninguna otra cosa escondida, sino más ansias ¿No fue mientras retuve el proceder sujeto a la razón únicamente cuando sólo comprendí lo creado?, luego acerté a soltar el fardo de las sutilezas del entendimiento y entonces la pasión de vivir aproximó del brazo a la misma creación; no es posible disimular más: la lógica nos orienta como criaturas, pero es el ardor quien lleva a cabo la revelación de que los ancestros del hombre hay que buscarlos en la vecindad de los dioses.