El paisaje de las horas arde cada tarde
en las columnas de la Habana


De madrugada, aterricé por primera vez en el aeropuerto José Martí; desde esa tempranura, la persona encargada del protocolo con las universidades extranjeras aguardó la solución de los trámites fronterizos y resolvió el oportuno alojamiento en el hotel Vedado. No advertí que la sensual sonrisa de aquella mujer riñera con su carácter profesional al acordar para el lunes celebrar la entrevista con los miembros directivos de la Facultad de Matemáticas y Cibernética. Como era feriado y solamente llevaba anotado el teléfono de trabajo del único individuo que conocía en el país, caí en la cuenta de que no disponía absolutamente de nadie con quien entretener la jornada. Descendí decidido por La Rampa, pues en el cruce de calles avisté la línea mojada del horizonte, y acerqué rápido mi curiosidad a la erección que conmemora la explosión del acorazado Maine -ocurrió mientras permaneció fondeado en el ocaso del siglo pasado "para proteger, en caso de necesidad, las vidas y los bienes de los ciudadanos americanos". Casi al término del conflicto motivado por españoles y cubanos, el suceso horrible sirvió de excusa a la precoz intervención estadounidense en 1898 ¿acaso no actuaron en el instante en que oyeron quejarse a los contendientes extenuados?, ¡con qué oscuro pretexto se apoderaron de los despojos del Imperio Español!, ¿no estaban ya
los platillos de la balanza decantados del lado de los mambises? Fácil botín de una guerra que se liquidó en tres meses con la firma del Tratado de París -al acto donde se previó la independencia, ni siquiera invitaron a los rebeldes caribeños. Los norteamericanos que se marcharon en 1902 regresaron en 1906 con un favor legal bajo el hombro -la Enmienda yanqui del senador Platt-; en 1909 permiten de nuevo el poder en manos de la República, aunque retornan en 1917 y se quedan hasta 1920. Hacia la mitad de esa década, un ciclón cebó sobre el arte que reúne las reliquias del desastre hundido en la bahía su espantosa violencia ¿Rubricarán, de una plumazo, Dios y el Diablo en la isla del sol un pacto? Después del intento fallido de playa Girón en 1961, ya hartos de tanto escarnio, los revolucionarios arrancaron con coraje del monumento los bustos de los presidentes McKinley y Roosevelt y también descolgaron la figura de Wood -segundo gobernador militar gringo que mandó en Cuba. En la Casa de los Capitanes Generales, aprecié algunas de estas tallas dispuestas en forma singular -trofeos del enojo- y consideré particular la perspectiva derribada de la enorme ala del águila humillada al suelo de la estancia -entendí que se obtuvo por fundición de los bronces del Maine-; ¿soltar de esta guisa la rabia no es quizá una manera antojadiza y por demás chocante de despejar la historia? Al observar la mañana extender el domingo malecón adelante, caminé despacioso en dirección a la parte vieja y aspiré profundo el olor a risco batido que preña de salitre el aire -al concluir la semana, los vehículos no se ofuscan pronto por recorrer la avenida. Pasé lento por delante del parque dedicado a Maceo y distinguí de cerca y con miramiento cómo el Titán de Bronce mantiene a raya su soberbio corcel clavado al basamento. Protegí a intervalos del calor la andadura en los soportales sustentados por las columnas más hermosas que he visto nunca; ¿no vine a esta tierra, envuelta en luz que quema, porque en la que vivo hallé difícil traer del brazo a mis pensamientos del caos al orden?, ¿por qué demonios acarreo mi soledad esquivando su irrefrenable claridad?, no lo sé con certeza. A pesar de que logré mitigar la experiencia de opacidades muertas con que la ruindad enloquecida de unos trató de arruinar mi voluntad creadora, perseguí el amparo de los pórticos en el trayecto y contuve mi aliento en el abrazo del Paseo del Prado con el espacio de aquel sinfín de aguas tan azul al mediodía. Indiscutiblemente, si presentir a Debussy en Lecuona abonó mi salud espiritual ¿por qué no se me dejó sentir la furia de su sinfonía de notas líquidas instalada en el mar?, siempre que lo admiré, contemplé su ánimo apaciguado igual que ahora. Allí, junto a la esfinge del poeta ajusticiado -a Zenea lo fusilaron sus poemas en la época colonial-, imaginé las anécdotas menudas contadas en torno a la desnuda esculpida en mármol; al parecer existió la rutina entre los jóvenes de tiznar su pubis blanco por cuestión de relajo latino, y así de paso dieron ocasión al municipio de faenar con secreto en tal limpieza -fijé la atención y debe de ser cierto, porque lo noté algo gastado. La picardía habanera no aparenta tener límites; en el último viaje, alguien detalló el empeño de unos avispados por desmontar un león, de la pareja que custodia el principio del Paseo, con la intención de procurarse la substancia de su hechura; afortunadamente, la acción avalada por el descaro la detuvo el celo de la ciudadanía, que salvó la fiera de la refundición, y es que el metal guardián tuvo con anterioridad la traza del cañón. No resistí la tentación de continuar un trecho más a lo largo de la espléndida vía peatonal flanqueada de preciosas farolas y umbrosa por la fuerza vegetal levantada de sus laureles. Giré a la izquierda e interné mis pasos por las callejuelas huidizas de la ciudad antigua ¿no es verdad que orientan sus rumbos curvos y consiguen sortear el astro de brasas?; no cabe dudarlo, la estrechez y la sombra del tiempo componen la atmósfera ambigua de sus recovecos que por momentos opiné íntima y recogida, y a ratos me distrajo su algarabía. El griterío de las hembras -su estilo natural en el hablar- me resultó escandaloso al oírlo enseguida a la vuelta, pero al identificar que pera es su costumbre de pronunciar espera, que transporte lo dicen tranporte y que cuando mencionan puelto se refieren al puerto, el modo de su lenguaje lo juzgué entonces gracioso. Descubrí por fin la Catedral, ¡con qué entusiasmo se adueñó de mí la belleza de aquel sueño barroco apostado en su fachada!, me sorprendieron ligeramente sus hornacinas exteriores vacías de santos y vírgenes. Y en los terceros edificios que miran al sitio que asedian, ¿no fui atrapado por la suave tonalidad del azulhabana pendiente de sus ventanales? Los magníficos vitrales cierran los arcos y doman la voluminosa ola de fuego que fatiga la plaza a la hora en que el día de fiesta se tumba al sol de siesta ¿Olvidaré la alzada de sus artísticas bóvedas que regalan reposo fresco al viandante? Doblé por un lateral del recinto para almorzar en "La Bodeguita de Enmedio"; probé el congrí -mezcla de arroz y frijoles- en la parada obligada de Hemmingway; Guillén, Allende y otros tomaron sus mojitos -ron, limón, hierba buena, mucho azúcar y hielo-, en este bar de encuentros.